Migración del campo a la ciudad

Orlando N. Bonilla Gran parte de la población nicaragüense vive en zonas rurales, sobreviviendo la mayoría con ingresos pequeñísimos que dependen mayoritariamente de la agricultura y ganadería, ambos de bajo rendimiento. Anteriormente, los economistas daban como un hecho que el crecimiento económico del sector urbano conllevaría una mayor participación de desarrollo del segmento rural, sin […]

Orlando N. Bonilla

Gran parte de la población nicaragüense vive en zonas rurales, sobreviviendo la mayoría con ingresos pequeñísimos que dependen mayoritariamente de la agricultura y ganadería, ambos de bajo rendimiento.

Anteriormente, los economistas daban como un hecho que el crecimiento económico del sector urbano conllevaría una mayor participación de desarrollo del segmento rural, sin embargo se ha visto que la productividad acrecentada de las ciudades comerciales como el caso de Managua, ha tenido relativamente poco efecto en los niveles de vida de estos grupos rurales de bajísimos ingresos.

Los países en vías de desarrollo como Nicaragua mantienen altas tasas anuales de crecimiento demográfico, presionando económica y socialmente sobre las tierras incrementando el atractivo de la ciudad e influye considerablemente en la migración hacia éstas. Sin embargo, el empleo urbano no ha aumentado lo suficientemente rápido para absorber la gran cantidad de migrantes rurales, que en la mayoría de los casos llegan a la ciudad sin ningún oficio o experiencia que es requerida por el sector laboral del sector urbano, y en muchos casos sin idea de dónde van a vivir ya que aunque posiblemente tengan parientes o amigos que les pueden dar posada, generalmente, ésta es por escaso tiempo.

El resultado de esta migración es la creación de tugurios, cinturones de miseria, causadas por las invasiones habitacionales comúnmente llamados en Nicaragua paracaidistas. Por lo general estos migrantes encuentran propiedades vacías donde pueden construir un albergue de pésimas e inhumanas condiciones, sin servicios higiénicos, sin agua, sin luz y sin los más mínimos niveles de salubridad. En las ciudades de Nicaragua, por lo menos la mitad de la población urbana vive en condiciones ruinosas, ya sea en el centro de la ciudad o en la periferia donde se proliferan con rapidez.

En las décadas de los años ochenta y noventa se han hecho tímidos intentos de mejorar las condiciones de vivienda de la población cediendo el Gobierno terrenos y construyendo en algunos casos casas con las mínimas condiciones de vivencia. En la mayoría de los casos el Gobierno Central o municipal sólo cede los terrenos y la población construye como puede, lo que nos retrocede a las viviendas similares a la de los paracaidistas. Desafortunadamente ningún gobierno a la fecha ha establecido un plan estratégico para resolver el problema habitacional urbano, ya que sólo resuelve los problemas coyunturales del momento. Este plan debería contemplar una visión de una década por lo menos.

No hay duda que la migración del campo a las ciudades conlleva mayores problemas económicos y sociales al área urbana, así como también son perjudicadas las áreas agrícolas tan necesarias para el país, descapitalizándose del elemento humano. Sin embargo, ¿qué porvenir le espera en el campo a estas gentes con la situación actual? Creo que es humano buscar el mejoramiento personal y familiar y el embrujamiento de la ciudad es tentador, por lo menos cuando se ve desde largo. No hay duda que la migración hacia las áreas urbanas se continuará dando hoy, mañana y muy después y por lo tanto será un problema que hay que atacar de frente. ¿Qué podemos hacer?

La responsabilidad mayor recae sobre el Gobierno Central. Éste deberá idear planes estratégicos rurales que le permitan al área del campo mejorar su producción. Debemos comprender que nuestro futuro está en el campo ya que somos y seguiremos siendo por muchos años un país agrícola, agropecuario y forestal. Reorientemos nuestro presupuesto económico hacia programas que incentiven la agricultura y ganadería, programas de construcción de caminos y carreteras rurales, programas de educación hacia el campesino. Éstos deberán ser planes de mediano y largo plazo y deberán ser coherentes con la realidad que actualmente está viviendo el campesinado.

Una de las funciones del Gobierno es levantar el nivel de vida del más necesitado, por lo tanto deberá dirigir sus esfuerzos al campesinado que significa por lo menos la mitad de los nicaragüenses. El campesino lo necesitamos más en su lugar de nacimiento o residencia, ya que cualquier programa de crecimiento que involucra el área rural es el factor humano especializado en la industria agrícola el que nos va a servir, y quien está mejor preparado para llevar a cabo esta misión si no es el que ya la ha vivido.

Definitivamente se tiene que mejorar la productividad agrícola y regresar los beneficios económicos de dicho mejoramiento al mismo sector rural para su beneficio social. Tenemos que industrializar nuestra agricultura para que genere más alimentos a la población. No son los grandes centros comerciales, ni las fábricas de ropa, ni los cines, ni los bancos, ni los grandes edificios u otros similares los que nos van a suplir la comida que llegará a nuestras mesas. Tenemos que transferir mayores fondos al área rural para proyectos agrícolas, esto es esencial y no sólo como una medida provisional para contener la migración del campo a la ciudad, sino como una operación permanente que beneficie el estado económico y social no sólo del área rural sino de todo el país. El campesino tiene el derecho humano de vivir mejor de lo que hasta ahora ha vivido. Recordemos también que en un país agrícola como Nicaragua, la economía de escalas nos indica que es el resurgimiento del campo el que va a llevar en hombros el bienestar del resto de la población, especialmente los que vivimos en los centros urbanos.

El autor es Administrador de Empresas, Consultor en Negocios Internacionales.  

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