- El ex coronel de izquierda que derrocó al ex presidente Jamil Mahuad, llega al poder con mixtas promesas de justicia social, atraer inversiones y lucha contra la corrupción
Isabel ProañoReuters
Atrás quedaron los tiempos en que Lucio Gutiérrez encabezó una revuelta cívico-militar que derrocó a un presidente y su nombre era coreado en las afueras de la histórica sede del Poder Ejecutivo de Ecuador.
A cinco días de que se conmemore el tercer aniversario de la rebelión, Gutiérrez ingresó el miércoles por la puerta grande al colonial Palacio de Carondelet, con el apoyo de 2.7 millones de ecuatorianos que creyeron en sus promesas de lucha contra la corrupción y de justicia social.
Ataviado con un traje formal, alejado de su imagen de militar rebelde, Gutiérrez, de 45 años, es la encarnación de un político joven con un conjunto de reformas a cuestas, y que halagó a Wall Street con iniciativas para abrir la economía ecuatoriana y mantenerla encarrilada.
Pero, igualmente, es la imagen en la que miles de ecuatorianos sumidos en la pobreza se reflejan y en la que han cifrado las exiguas esperanzas que les quedan tras décadas de corrupción y fracasados programas económicos.
Gutiérrez, hijo de una enfermera y un comerciante que recorría con sus productos un río amazónico, alcanzó renombre en el campo militar por sus triunfos y altas calificaciones en sus casi 30 años de carrera, que terminaron con la revuelta contra el presidente Jamil Mahuad.
En contraparte, rompió la barrera militar e inició una cruzada política por la que casi nadie apostaba. Ahora tendrá que demostrar que está listo para gobernar a un país que ha vivido en la turbulencia política en los últimos años, y que sus acciones tendrán más peso que sus palabras.
“Tenemos que obedecer al pueblo, ellos nos han elegido y yo tengo que hacer lo que ellos quieren, y si no les cumplo cualquier rato puede decir: ‘Usted no está cumpliendo, queremos que salga y queremos a otra persona’”, dijo Gutiérrez recientemente en una reunión con prensa extranjera.
Gutiérrez —un amante del café cargado, el deporte, religioso e impuntual— nunca ha ocupado un cargo ejecutivo público.
SERVIR A DIOS Y AL DIABLO
El coronel de rasgos mestizos, que entrelaza su discurso populista con tintes religiosos y políticos, ascendió a la presidencia apoyado por movimientos indígenas, militares retirados, sindicatos y sectores de la izquierda radical, todos con participación en su gabinete.
Fue mediante el pacto con esas fuerzas que derrotó en dos rondas sucesivas, en octubre y noviembre, a los partidos tradicionales que se habían alternado en el poder desde 1979.
Ha prometido elevar la inversión social y presidir una lucha frontal contra la corrupción. Empero, Gutiérrez — quien ha enfrentado férreas críticas por sus cambiantes posiciones políticas— al parecer está consciente de que su suerte se definirá en el campo económico.
DESAFÍO DE MANTENER DOLARIZACIÓN
El principal reto del mandatario será preservar la buena salud de la dolarización, esquema monetario instaurado por el presidente que derrocó y que ha permitido que Ecuador crezca por tres años seguidos y reporte en 2002 la inflación más baja en tres décadas.
Gutiérrez —autodefinido como un humanista y nacionalista— tendrá en esa línea que suscribir un acuerdo con el FMI para zanjar una crisis fiscal en ciernes por efecto del crecimiento del gasto estatal y mantener al día la deuda pública, tanto interna como externa.
Pero la adopción de medidas económicas —como la eliminación de subsidios o alzas de precios de combustibles— requeridas para retomar el camino del equilibrio, podría evidenciar su voluntad real de optar por un programa económico creíble o ceder a las presiones populistas.
Mientras batalla en el campo económico, Gutiérrez quiere aprobar una reforma política para aminorar el poder del parlamento y reestructurar las cortes locales, lo que ya le ha granjeado la oposición de los partidos tradicionales, que dominan el Congreso unicameral, de 100 miembros.
A pesar de los retos que enfrentará a partir del miércoles, Gutiérrez dijo que es un hombre dispuesto a dar la guerra en varios frentes.
“A mí me eligieron para que el país cambie (…) o cambia el país o me voy del cargo”, sentenció.
«NI A LA IZQUIERDA NI A LA DERECHA»
Lucio Gutiérrez se apresuró a afirmar que “no gobernaré ni para las izquierdas ni para las derechas”, y que el combate a la corrupción será una política de Estado.
Gutiérrez prestó juramento y recibió la banda presidencial en una ceremonia en el Congreso ante 1,300 invitados, entre ellos los presidentes de Bolivia, Brasil, Colombia, Cuba, Chile, Perú y Venezuela.
Sucedió en el mando a Gustavo Noboa para un período de cuatro años. Por normas protocolares, Noboa no asistió a la ceremonia, y la banda presidencial amarilla, azul y roja, le fue terciada por Guillermo Landázuri, titular del Congreso.
“Si compartir y ser solidario (con los pobres), si combatir la corrupción, la injusticia social y la impunidad, es ser de izquierda, pues soy de izquierda”, afirmó. “Si generar riquezas e impulsar la producción, es ser de derecha, pues también soy de derecha”.
“Como política de Estado, declaro la lucha contra la corrupción, causa radical del subdesarrollo y la miseria”, afirmó.
Agregó que “las Fuerzas Armadas sólo se justifican si están al servicio de los intereses nacionales y no de la oligarquía corrupta que se ha robado nuestro dinero, nuestra vida, nuestras ilusiones, y el derecho de los ecuatorianos a tener una vida digna”. (AP)
GRITO CONTRA DEUDA
El nuevo presidente de Ecuador lanzó ayer un “grito desesperado” al mundo desarrollado para que comprendan que la deuda externa está “matando el sueño y las ilusiones” de los habitantes de esta nación andina. “Lanzamos un grito desesperado al mundo desarrollado, no podemos desarrollar nuestro país pagando por la deuda externa porcentajes de alrededor del 40 por ciento del presupuesto nacional”, dijo en su discurso de investidura como presidente. (EFE)