Los restos mortales de René Quintana (padre), fueron velados ayer en el Salón de la Fama. LA PRENSA/I. Hernández

Viejo, un abrazo

Edgard Tijerino [email protected] De pie a la orilla del ataúd de René Quintana, observando su cuerpo inerte, pensé que en el momento de la muerte, inevitablemente, nuestro pasado se convierte en el futuro… El ¿cómo nos van a recordar?, y ¿qué profundidad pueden tener esos recuerdos?, depende de las huellas que dejemos. Darío, nuestro muerto […]

Edgard Tijerino [email protected]

De pie a la orilla del ataúd de René Quintana, observando su cuerpo inerte, pensé que en el momento de la muerte, inevitablemente, nuestro pasado se convierte en el futuro… El ¿cómo nos van a recordar?, y ¿qué profundidad pueden tener esos recuerdos?, depende de las huellas que dejemos.

Darío, nuestro muerto más ilustre, ha permanecido con vida por las huellas que estuvo trazando con su talento incomparable… Su pasado brillante, le garantizó un futuro resplandeciente.

A René Quintana le decían “El Poeta”, no por lo que apunta con su afilado sentido del humor Luis Enrique Mejía Godoy, explicando que detrás de cada ¡Adiós poeta!, nos imaginamos a alguien desaliñado, despreocupado y desinhibido, sino porque René Quintana, transformó su pasión por el baloncesto, su vocación por enseñar, su empeño por sacar el máximo provecho de sus alumnos, en algo poético.

¿No es así viejo?

Lo conocí en los años 60, cuando el baloncesto femenino alcanzó su más alto nivel conquistando un título Centroamericano… Era la época en que jugadoras como Thelma Platt, Cristina Chow, Socorro Cortés, Francis Arana, Fanny Solís, Argentina Cajina, Mirta Montano, Pina Santamaría y tantas más, se juntaron para ofrecer grandes espectáculos en las canchas abiertas del Gimnasio Nacional y el Centro Juvenil, hasta lograr proyectarse con ciertos ribetes de espectacularidad.

“El Poeta” se sentía en el cielo.

René Quintana se caracterizó siempre por imponer una disciplina militar, ser exigente como un espartano, agotar trabajando las horas extras posibles y buscar con desesperación la satisfacción de funcionar eficazmente como un pulidor de diamantes.

Lo vi empleando toda su destreza y energía alrededor de Carlota Green, para muchos, la última joya de 24 kilates en nuestro baloncesto, y luego volcar su sabiduría y cobijar con su empeño a las hermanas Mallona, a Bertha Mendoza, Dolene Miller y otras figuras de una nueva generación, que lamentablemente, por falta de suficiente respaldo, no alcanzó la dimensión que René soñaba.

Fue uno de los artífices de aquel proyecto deportivo de la UCA, que provocó un gran impacto en los años 60, cuando Juan B. Arríen, el padre Manuel Otaño y Joaquín Morales, lo convirtieron en algo digno de imitar.

Y continuó cabalgando contra viento y marea, batallando con los molinos de viento, tejiendo fantasías en medio de un agobiante marco de limitaciones… Su terquedad le permitió ser todo lo útil que podía ser.

¡Qué suerte viejo!

A los casi 79 años, René Quintana se nos va de entre las manos… Fue un símbolo para nuestro baloncesto y por supuesto un ejemplo a seguir.

El jueves, frente a su cuerpo inerte pensé que hay momentos en que nuestro pasado se convierte en futuro dependiendo de las huellas que dejemos trazadas, y las del “Poeta” son lo suficientemente profundas para recordarlo siempre.

Viejo, un abrazo de quien tanto te preguntó y naturalmente, aprendió a apreciarte.  

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí