La Juez Gertrudis Arias junto a sus hijos Luis Enrique Munguía (21) y Mariel Vanessa Munguía (17), y su esposo Julio César Munguía.

La Señora Juez que devolvió la esperanza en la justicia

Cuando ya nadie creía en nada y la clase política lo había corrompido todo, incluso los tribunales de justicia, una mujer de rostro indígena, principios firmes y con una coyunda como carácter, demostró que hasta los más poderosos podían ser encarcelados, que no había nadie con derecho a ubicarse más allá del bien y del […]

  • Cuando ya nadie creía en nada y la clase política lo había corrompido todo, incluso los tribunales de justicia, una mujer de rostro indígena, principios firmes y con una coyunda como carácter, demostró que hasta los más poderosos podían ser encarcelados, que no había nadie con derecho a ubicarse más allá del bien
    y del mal, y que el sol de la justicia podía brillar en Nicaragua

Eduardo [email protected]

Si con algo se puede comparar el carácter de Gertrudis Arias Gutiérrez, es con “La Tajona”, ese látigo de cuero atado a un cabo de madera con que se fustiga en el campo a personas o animales. Es con ese látigo que la juez Arias castigó a los corruptos este año, cuando ya nadie creía que la justicia fuese posible en Nicaragua.

Despertó admiración por su origen de barrio, porque viene desde abajo, por su rostro de tótem indígena como surgido de una escultura precolombina, por su niñez de pies descalzos, su sinceridad al hablar, “rajatabla” como ella sola, porque es del pueblo y le hizo justicia al pueblo.

No es una santa ni nada parecido, simplemente es una mujer brava, “trozada” como ella misma se define, es decir: enérgica, montuna, peleona, que se ha ganado la vida con el sudor de su frente; y que no tiene empacho de contar que tuvo una niñez sin juguetes, casi sin escuela, vendiendo chancho con yuca, vigorón, nacatamales, guineos cuadrados, de casa en casa, huyendo de los hambrientos perros de barrio y del acoso sexual de viejos rabo-verde.

Siendo jovencita en una familia de once hermanos, trabajó en maquilas textileras en los años setenta “deshilachando pantalones, volando hilitos a los calzones”, según dice, con derecho a quince minutos para almorzar, soportando la represión de la Guardia Nacional durante las huelgas. “A mí la Guardia me culateó”, recuerda. “Entiendo las humillaciones que ahora se denuncian, porque detrás de mis huesos anduvo un supervisor y no lo denuncié porque yo era ignorante entonces”.

La juez Arias no habla, combate. Cada frase suya es un látigo lleno de humor popular, pone sal en la herida de sus enemigos o contrincantes, y es probable que por esto ella considere que su mayor defecto sea “el ser espontánea al hablar”. Pero contrario a lo que ella piensa, eso fue lo que le gustó a la gente, que no suavizaba su lenguaje, sino que arremetía de frente, sin pelos en la lengua, lo que le ha costado que Arnoldo Alemán, por ejemplo, la acusara de tener un odio personal en contra suya.

UN CASO POR CASUALIDAD

Es una mujer que admira al Che Guevara, que no se arrepiente de nada, que detesta lavar ropa, que jamás sintió miedo al abrir una causa en contra de Arnoldo Alemán, ni cuando fue a notificarle a su hacienda El Chile, sola, bajo el solazo, frente a las subametralladoras de los policías, ni cuando se vio cara a cara con él en los Juzgados y él se le tiró encima como león hambriento, como si una de las panteras del zoológico personal de Somoza se hubiera apoderado de sí, y tampoco sintió temor cuando tomaba el bus acompañada de un policía vestido de paisano, al que le pagó el pasaje y a quien alimentó mientras duró el juicio por el fraude del Canal 6 de televisión.

En aquella ocasión, Arias sustituyó a la juez titular y luego de conocer el caso, ordenó el auto de prisión contra seis involucrados en el fraude al Estado por medio de falsos pagos de publicidad a la televisora estatal y encausó a ocho ex funcionarios más. La mayoría de ellos ahora sonríen libres fuera de la cárcel y otros, nueve meses después, continúan prófugos, tales como David Robleto, Esteban Duque Estrada y los mexicanos Alejandro López Toledo y Ricardo Galán.

El caso cayó en manos de la juez Arias de manera fortuita, por casualidad del destino, pues ella había sustituido a la juez titular, Ileana Pérez, quien se encontraba atendiendo una auditoría por la pérdida del expediente de los “checazos”, un sonado caso de corrupción investigado por el diario LA PRENSA.

La juez titular a quien ella sustituyó, se encargó en este diciembre, de dictar un auto de segura y formal prisión en contra de Arnoldo Alemán, ex presidente de la República, quien fue enjuiciado finalmente por la causa que le abrió la juez Arias.

EL DIA DE NAVIDAD, UN DÍA NORMAL

El día de Navidad, Gertrudis Arias se levantó temprano como siempre y se dirigió al Juzgado Tercero de Distrito del Crimen de Managua, a desempeñar sus funciones de secretaria, levantando en una máquina de escribir las declaraciones de los testigos de cargo y descargo. Ahora viaja en los taxis de sus familiares, en prevención, pues así como le han llovido abrazos de admiración, rosas de júbilo y hasta el honor de que un asentamiento humano lleve su nombre; también ha soportado los insultos y las amenazas de fanáticos.

De modo que aquella mañana, mientras otros disfrutaban su aguinaldo a borbollones, ella estaba allí, como en una mañana cualquiera, con sus manos “martillando” las teclas, interrogando con energía y respeto a los declarantes, discutiendo con abogados que interrumpen solicitándole un expediente con urgencia, soportando la presión del juez, el hacinamiento, el torbellino humano que invade los Juzgados, el barullo de mercado persa, el desorden.

A las diez y media de la mañana, tomaba la declaración a don Justo Pastor Galo Galeano, un anciano de 79 años, de gorra ajustada y gruesos espejuelos, de brazos fuertes dorados por toda una vida bajo el sol, de manos callosas de arar la tierra, quien denunciaba que el primero de noviembre, a eso de la una y media de la tarde, había sido asaltado por varios individuos que le robaron un reloj Seiko y 820 córdobas que llevaba en una bolsa plástica dentro del bolsillo de su pantalón. Para un señor tan pobre, lo robado equivalía a un año de trabajo.

— “Se siente ofendido?”, preguntó la secretaria Arias.

— “Cómo no”, contestó, “el problema es que no puedo costear un juicio”.

— “Qué pide para ellos”, insistió la secretaria mientras tecleaba con ferocidad.

— “Que los castigue la ley, eso es lo que yo pido”, dijo el anciano.

Luego leyó al denunciante su declaración y como éste dijo no poder leer ni escribir, le solicitó estampara su huella dactilar.

Después, en el transcurso de la mañana, la doctora Arias se ocupó de otras declaraciones testificales por delitos menores, como hurtos y robos de poca monta, concentrándose en su trabajo con la misma tenacidad que se encargó de abrir la causa que hoy tiene a Arnoldo Alemán tras los barrotes de oro de su hacienda El Chile. Esa mañana trabajó con la misma parsimonia que lo ha hecho en los últimos diez años, como secretaria en el Tribunal de Apelaciones o en los Juzgados.

CON ALEMáN, CARA A CARA

El día que se enfrentó a Alemán para tomarle su primera declaración como encausado por varios delitos de corrupción en perjuicio del Estado nicaragüense, a la juez Arias se le vio tensa y digna, nerviosa y contenida. Alemán se le lanzó encima con toda su charlatanería de siempre. “Su prepotencia fue evidente”, recuerda la juez Arias, “me sentí igual que cuando lo esperé en El Chile, indignada, pero aquella vez también impotente, porque cómo es posible que una persona acusada aún tenga la osadía de levantar la voz ante la autoridad y ofenderla con arrogancia”. Y agrega: “No se ha convencido de que ya no está en el poder, pero yo nunca le bajé la mirada”.

Nadie olvidará durante largos años, aquella fotografía donde ella aparece sola y de pie, el gélido viento de las serranías de El Crucero estrellándose contra su cara, resistiendo digna y serena.

Como secretaria de Juzgado gana C$4,300 córdobas (U$291 dólares), pero a pesar de eso, rechazó una oferta de una magistratura en la Corte Suprema de Justicia y otra oferta de US$40,000 dólares, las que le hicieron para que no encausara a Alemán.

“Parecían buitres encima de mí, buscando el fallo a favor de él (Alemán)”, rememora.

Pero como toda persona, tiene aspiraciones, como el sueño inmediato de ser nombrada juez titular. Su solicitud ha sido archivada. Según ella, los magistrados liberales la han bloqueado en la Corte, negándole el voto.

Nueve meses después, mientras a Alemán, en su calidad de reo, lo cuidan más de 90 policías con un costo de 13,500 córdobas diarios para los nicaragüenses, nadie protege a la doctora Arias, aunque ella tampoco lo demanda. Esta mujer que devolvió al pueblo la fe en la justicia, se cuida sola.

“SOY SANDINISTA”

Toda su familia colaboró con la guerrilla urbana sandinista durante la insurrección contra Somoza. Su casa en el barrio Ducualí fue “comedor de seguridad” de los guerrilleros. No tomó las armas, sin embargo.

-“A mi hermano se lo llevó el Becat (Brigada Especial Contra Terrorismo), volvió gracias a que les dio un valioso anillo, pero a la novia se la llevaron y jamás apareció”, cuenta.

-Al triunfo de la revolución no perteneció a ningún órgano de seguridad ni a ningún círculo de poder. Uno de sus hermanos fue fundador de la Policía Nacional. Sí fue a alfabetizar y formó parte de los Comités de Defensa Sandinista (CDS), hizo “vigilancia revolucionaria”, y fue a los cortes de café y de algodón.

-“No me arrepiento de haber aportado a la causa revolucionaria, de haber luchado contra la dinastía somocista”, expresa.

-Se graduó de abogada gracias a cursos por encuentro, lo que aún le vale el desdén de muchos abogados.

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