- Hace 30 años, Roberto Clemente fue víctima de una emboscada del destino
Edgard Tijerino [email protected]
“Estaba escrito”, hubiera dicho Diógenes aquel 31 de diciembre… “No vayas Roberto”, le advirtió a Clemente aquel gran short que fue José Pagán, casi al pie de la escalerilla del avión… “José, si vas a morir, morirás”, contestó el astro boricua, y subió.
Desde el 23 de diciembre, cada amanecer había sido siniestro en aquel cierre de 1972… Y ese 1 de enero, el cielo permanecía opaco, el aire frío, el ambiente triste y la tragedia continuaba golpeándonos en las narices… Saltando sobre cadáveres, zig-zaguendo entre tumbas, atrapados por las ruinas, nuestro aturdimiento sufrió otro impacto y el corazón se nos terminó de romper con la noticia de la muerte de Roberto Clemente.
Me pregunté: ¿Por qué Señor la fuerza de voluntad y el afán de colaboración de ese extraordinario ser humano revestido de un inmenso espíritu de sacrificio, se fue a pique junto con ese aparato inapropiado?
¡OH DIOS!
El viento húmedo olía a Apocalipsis, y frente al hecho frustrante, me sentí hueco, como si estuviera hecho de vidrio delgado, apenas más sólido que un fantasma… Pueden creerlo.
Después de 30 años, el recuerdo de lo escalofriante, sigue erizándonos la piel y turbando nuestros sentidos: “Desde San Juan Puerto Rico, se informa que el avión que se dirigía a Nicaragua llevando ayuda, con Roberto Clemente y otras cuatro personas, se precipitó al mar. No hay sobrevivientes”.
¡Oh Dios!… ¿Cómo diablos puede ser justo que alguien con profundo sentido de solidaridad, capaz de sacrificar posiciones cómodas de fin de año para asegurar ayuda a un país en ruinas, puede ser capturado súbitamente por la muerte?… Señor… ¿Por qué?
El probable mejor pelotero latino de todas las épocas, fue víctima de una cruel y drástica burla del destino. Su existencia fue siempre fructífera aún en el momento de su muerte. Ser útil es todo cuanto le pidió a la vida, y no hay duda, que al momento de lo definitivo, tenía el conteo a su favor.
Lo de Clemente y Nicaragua fue “amor a segunda vista”. Roberto había estado entre nosotros en 1964 como parte del impresionante line up de los Senadores de San Juan en aquella Serie Interamericana que ganó brillantemente el Cinco Estrellas. Fue cuando desde las tribunas del jardín derecho le lanzaron un garrobo que lo asustó al extremo haciéndolo palidecer.
LA PROPUESTA
Ocho años después, justo cuando Clemente acababa de aterrizar en la pista de los 3 mil hits con un doble contra John Matlack, y su proyección hacia el Salón de la Fama se consideraba un hecho, el dirigente del béisbol amateur de Puerto Rico Oswaldo Gil, le ofreció dirigir al seleccionado de la isla en el Mundial Nica.
“Hay quienes murmuran detrás de mí que ésa fue la decisión mortal para Roberto, pero no lo admito”, ha manifestado Gil en diferentes ocasiones.
Durante ese Torneo del 72, conocí a Roberto y el conoció a nuestro pueblo. Se sintió atrapado por la hospitalidad del nica, su pasión por el béisbol y las bellezas de nuestro país. Le impresionó el respeto, la admiración y la idolatría que se le tenía. En el Hotel Intercontinental se convirtió en el epicentro de la atención del publico y del periodismo. Era emotivo y rebelde por naturaleza, defensor a muerte de los peloteros latinoamericanos y un atacante implacable del racismo.
NO BROMEABA
Tuve tres discusiones con Clemente en ese mundial. La primera fue cuando se me ocurrió escribir en una de mis columnas aquí en La Prensa, que Armando Capiró había realizado un tiro desde el rincón del left-fielder capaz de ruborizar a Clemente. ¿Cómo podía imaginar que eso le molestara tanto? Esa noche mientras me acercaba a la caseta del equipo boricua, Clemente me dijo: “Oye como se te ocurrió eso de comparar mi brazo con el de Capiró? Yo tiro para sacar outs en tercera desde el rincón del jardín derecho en el inmenso estadio de los Piratas y con Pete Rose aterrizando. No hay comparación. Tenés que ser más cuidadoso”, me dijo sin pretender ocultar su incomodidad. Discutí un poco por terco y terminé dándole la razón como lo publiqué.
Luego en otra referencia desafortunada, cuando Dominicana le ganó 4-1 a Puerto Rico, titulé: Roberto Rodríguez en una noche inspirada, estaba en plan de ponchar hasta al propio Roberto Clemente. En esa ocasión, Tomás Morales me dijo en el palco de prensa que bajara al terreno porque Clemente quería decirme algo. Y esta fue la respuesta: “A Roberto Rodríguez yo le bateo a mano limpia”.
Llevaba de 2-0 con Clemente, y no pensé que se presentaría la oportunidad de evitar la barrida. En su habitación del Hotel Intercontinental, conversaba con Clemente sobre esos dos grandes pitcheres que fueron Sandy Koufax y Juan Marichal, y nos deslizamos hacia una polémica. El aseguraba que Marichal era mejor que Koufax, pero como latino no se le dimensionaba correctamente, y yo me coloqué en el otro lado de la acera argumentando a favor de Koufax. Clemente, que todo lo tomaba muy en serio, no cedió, pero yo tampoco. Considerando tener la razón, defendí mi posición, tan tercamente como él. Obviamente nos fuimos distanciando, pero sé que ese round fue mío.
ESA SENSIBILIDAD
En una visita al Hospital El Retiro, acompañando a uno de sus peloteros que fue golpeado, Clemente conoció al niño de 12 años Julio Parrales que no tenía sus dos piernas. Roberto se comprometió a responder por un trabajo que le permitiera disponer de dos piernas artificiales, pero nunca volvieron a verse y tampoco logró saber algo más del niño después del terremoto.
El sismo y su secuela de destrucción, estremeció a Clemente. En una etapa del año en que todos se entregaban al placer de las distracciones y al disfrute de la familia, Clemente lo dejó todo para colocarse al frente de un Comité de ayuda a Nicaragua.
¿Cuántos de nosotros dejaríamos a la familia un 31 de diciembre para correr riesgo en un avión inseguro y sobrecargado buscando cómo ayudar al prójimo en desgracia? ¿Que nivel de sensibilidad humana se requiere para ello? ¿Hubiera atendido alguien la grandeza espiritual de Clemente sin ese gesto y más dramáticamente aún, sin ese desenlace?
SE LO TRAGÓ EL MAR
Manny Sanguillén, un gran amigo trató de convencer a Clemente que no hiciera el viaje en un vuelo que se estuvo postergando desde la mañana del 31 de diciembre hasta las 11 y 20 de la noche. Vera Clemente regresó a casa después de haberlo dejado en la terminal aérea, sólo para observar como su sobrina levantaba el teléfono recibiendo la noticia de que el aparato se había estrellado. “Oh no… No puede ser, él está en Nicaragua”, dijo Vera. Pero más tarde no quedaron dudas. El mar lo había cobijado para siempre.
Después de tres mil hits, cuatro coronas de bateo, doce guantes de oro y catorce Juegos de Estrellas, ese pitcher implacable llamado muerte le cruzó un tercer strike al astro boricua Roberto Clemente. ¿Por qué Señor? ¿Qué es lo justo?
Fue una burla cruel del destino. El fin de una vida fructífera hasta en el último instante. El nacimiento de un recuerdo imperecedero síntesis de coraje, humildad, grandeza y amor al prójimo.
“No vayas Roberto”, le dijo Pagán, pero Clemente entró al inseguro y sobrecargado avión diciendo: “José si estás supuesto a morir, morirás”. Fue de esa injusticias que provocan que uno llore dormido.
Tres clavosTRES CLAVOS
-Roberto Clemente vivió rozando con la muerte.
-En 1954, después de terminar la temporada con el Santurce, un conductor ebrio lo impactó brutalmente en las calles de San Juan, y el accidente afectó tres discos de la espina dorsal que le impidieron hacer crecer más sus estadísticas.
-En 1968, en su hogar de Carolina, Clemente, se desprendió de unos barrotes en el balcón y rodó bruscamente por más de 50 pies rumbo hacia algo trágico, pero logró sobrevivir milagrosamente.
-En 1969 en San Diego, Clemente fue secuestrado después de comer en un restaurante. Eran cuatro los asaltantes, dos norteamericanos y dos mejicanos. Uno le puso una pistola en la boca y otro sacó un puñal… “Soy Roberto Clemente jugador de los Piratas y tendrán problemas si algo ocurre”, les dijo… No le creían, pero el anillo de Serie Mundial, salvó a Roberto de un desenlace impredecible en una zona turbulenta en manos de gente terriblemente agresiva.