Roberto Amador Narváez
En estos días se habla de perdón y reconciliación y me parece muy cristiano. Recuerdo cuando pasé cinco navidades en las cárceles sandinistas, donde para salir y entrar las visitas nos desnudaban completamente. Mujeres y hombres eran registrados hasta en sus partes íntimas, y eso que nos concedían una visita cada 6 meses por negarnos a aceptar el llamado a la “reeducación” sandinista.
Nuestras familias eran vejadas después de caminar desde Tipitapa a la cárcel por el polvoriento camino, seguidas y acosadas por agentes del Mint (ministerio del Interior) que dirigía el ahora diputado Tomás Borge Martínez.
Jamás nos llegó el consuelo espiritual y menos el llamado que hoy se escucha al perdón y la reconciliación. Eramos parias sólo por defender un pedazo de tierra que se llama Nicaragua, por el que tanto sufrimos. Centenares quedaron insepultos y olvidados en las montañas, y para ellos en Navidad no hay siquiera una oración.
¿Es que no eran nicaragüenses? ¿Es que no eran seres humanos? ¿Es que no eran cristianos?
Reconciliémonos con los que acabaron con miles de vidas, con los que nos tiraron al exilio, con los que dejaron recientemente el país en bancarrota comprando costosísimas joyas, pagando viaje a doscientas personas de Nicaragua a Miami para participar en un compromiso matrimonial, hospedadas en el mejor hotel mientras el Casitas devoraba con su lodo las vidas de centenares.
Cerremos los ojos ante la riqueza de miembros del Consejo Supremo Electoral y no veamos la muerte de una pobre mujer aplastada en los días recientes mientras buscaba un pedazo de pan. Sí, reconciliémonos, hermanos y perdonemos esas “travesuras” que tanto dolor han dejado en nuestros corazones y olvidemos. Después de todo, perdonar es de cristianos, y más cuando es conveniente para algunos.
Ex prisionero político.