Terremoto

Marlon José Navarrete Espinoza. Hace treinta años que las ilusiones de los managuas quedaron hechas escombros. El 23 de diciembre de 1972 se derrumbaron los esfuerzos y sacrificios de muchas generaciones, se cayó el orgullo de una ciudad ejemplar y en franco desarrollo con un rostro elegante, bien ordenado y bellamente adornado. El fuego calcinó […]

Marlon José Navarrete Espinoza.

Hace treinta años que las ilusiones de los managuas quedaron hechas escombros. El 23 de diciembre de 1972 se derrumbaron los esfuerzos y sacrificios de muchas generaciones, se cayó el orgullo de una ciudad ejemplar y en franco desarrollo con un rostro elegante, bien ordenado y bellamente adornado. El fuego calcinó sin piedad los restos de una ciudad en agonía y el olor a muerte sustituyó el aroma alegre y feliz de la Navidad. El llanto y los lamentos se dispersaron por toda Managua como una epidemia, desplazando las risas y celebraciones. Ese día los managuas vieron caer su confianza en la vida, muchos miles anochecieron vivos y amanecieron muertos; miles que no merecían morir fallecieron.

Es difícil determinar si fue castigo o advertencia de la Providencia Divina, lo cierto es que el terremoto del 23 de diciembre de 1972 fue el inicio de una serie de acontecimientos trágicos en nuestro país y de una cadena de desastres provocados por la naturaleza que desde entonces ha golpeado una y otra vez a nuestro pueblo. Las generaciones de estos últimos treinta años hemos visto pasar ese desfile de acontecimientos que nos han impresionado al igual que impactado con un gran daño, muchas veces irreparables y que desde el terremoto aún sentimos y palpamos las consecuencias. Lo trágico de las guerras, la insurrección del 78 y 79 contra Somoza, la dictadura sandinista en los 80, el huracán Juana, el maremoto del 92, el Mitch, “El Niño”, las sequías, las inundaciones en la Costa Atlántica y la lista puede ser muy grande.

Pero lo más importante es que el espíritu de superación del nicaragüense que se ha visto a prueba tantas veces, permanece inalterable y lleno de vida, de optimismo y de esperanza y eso fue lo único que el terremoto no pudo derrumbar. Sacudió el cuerpo pero no el alma de los managuas, lo más valioso es que permanezca la fortaleza del espíritu a la tragedia, confiar en Dios aunque haya un silencio en la oscuridad, ya que ésta antecede la luz del día, la luz de la fe que ilumina nuestras debilidades y enaltece nuestras vidas. El terremoto todavía enaltece la prueba de nuestra fe y espíritu.  

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