Esta niña fue una de las 2,100 menores que recibieron un juguete de parte del Banco Interamericano de Desarrollo, a través del Programa de Prevención del Uso de Drogas , en las comunidades ramas y mískitas de Rama Cay y El Bluf, en la RAAS.

Tradición rama sucumbe a la modernidad

Rama Cay es una pequeña isla pobre, situada a 20 minutos de Bluefields, en el Atlántico, donde los efectos de la modernidad amenazan con terminar una cultura ancestral, pero donde todavía hay espacio para la magia única del Caribe nicaragüense José Adán Silva [email protected] Más allá de la línea verdi-azul que se ve fija en […]

  • Rama Cay es una pequeña isla pobre, situada a 20 minutos de Bluefields, en el Atlántico, donde los efectos de la modernidad amenazan con terminar una cultura ancestral, pero donde todavía hay
    espacio para la magia única del Caribe nicaragüense

José Adán Silva [email protected]

Más allá de la línea verdi-azul que se ve fija en el horizonte marítimo de Bluefields, está un largo promontorio de isletas cubiertas de verde follaje, donde las aguas de la bahía chocan silenciosas en las costas de un mundo casi primitivo en el que la Navidad es una celebración ajena y las guirnaldas multicolores no existen.

Es la isla Rama Cay, último refugio natural de la moribunda etnia rama. Aquí la Navidad, aunque se celebra, no es una fiesta de proporciones babilónicas como las del pacífico, y está reducida a comer gratis, compartir con la comunidad unos tragos, y uno que otro rito de los pocos ramas que aún recuerdan las tradiciones de la agónica cultura indígena, que poco comparte similitudes con esta festividad cristiana.

“Somos gentes iguales, pero venimos a la Iglesia Morava, ¿por qué no hemos de celebrar la Navidad?”, responde casi ofendido el reverendo Cleveland McKay, pastor de la única iglesia de la pequeña isla Rama Cay, cuando se le pregunta si conocen los motivos de la Navidad entre su comunidad. La pregunta, quizás un poco ofensiva a juicio de McKay, se basa en la falta del mínimo ambiente navideño en la isla.

UN PEDACITO DE TIERRA

Rama Cay es una isla de unas tres manzanas de largo y ancho, donde habitan unos 2,000 indígenas de la etnia rama. Hay 110 casas de madera, palma, zinc y plástico, desperdigadas entre cocoteros y árboles de fruta de pan. Estas viviendas se construyen de materiales perecederos que consisten en cuatro postes de madera dura, sobre los que se apoya un techo muy encumbrado y bien revestido de hojas de palma o zinc metálico.

La mayoría de las viviendas y chozas están provistas de tabancos, cierta clase de desván o de rudo ático inmediatamente debajo del techo, formado por un tinglado de cañas hendidas de bambú, dispuestas entre las vigas y levantadas unos siete pies sobre el piso. En el tabanco se almacena comida, pero también se utiliza como dormitorio.

En su mayoría, cada casa cuenta con un fogón que se prepara sobre el piso, de barro plano, ligeramente levantado para evitar la humedad, con tres rajas de leña colocadas como formando una “Y” pero sin tocarse, en cuyo centro queda un espacio libre para el fuego.

Algunas de las viviendas o chozas cuentan con una pequeñísima terraza de piso de madera sin pulir, rodeada de barandas de maderas desde donde los nativos salen a ver y saludar a los foráneos. Bajo las casas hay gran presencia de perros famélicos y cerdos rechonchos.

Las habitaciones de las viviendas están divididas por lo general en dos aposentos de desigual tamaño; el más grande sirve de sala y cocina, mientras que el pequeño se usa como dormitorio. Ver los tamaños y condiciones de las viviendas, hacen que la pregunta fluya inevitable: ¿dónde alcanzan los más de 12 miembros que viven en cada familia rama?

NO TIENEN LUZ ELÉCTRICA

En cada una de estas casas, no hay lucecitas de colores, pues ni siquiera existe la energía eléctrica desde 1989, cuando la última planta eléctrica de manufactura rusa sucumbió al salitre y la falta de repuestos; los árboles navideños no los conocen, los villancicos navideños son atropellados por el candente ritmo afro-caribeño que se deja oír a través de los pocos radios de transistores que llegan de Bluefields y de Colombia y a las guirnaldas de colores parecen haberlas declarado non gratas.

El único indicio de que la Navidad ha llegado, es la presencia de una comisión del Banco Interamericano de Desarrollo que llegó a donar 200 juguetes a los niños de la comunidad. Viéndolos cómo reciben y acarician los juguetes, da la impresión de que los niños ramas jamás habían visto o tenido uno.

Uno de ellos, muy chico, como de cinco o seis años, huele e inspecciona incrédulo desde varios ángulos la patrulla policial de colores que le ha tocado por suerte. No lo puedo creer, y parece a punto de darle una mordida, pero alguien atrás lo llamó y lo sacó de la tentación.

La ausencia de los motivos navideños no es preocupación para nadie. Es más problemático el desarrollo demográfico de la etnia. Están sobrepoblados y en un territorio tan limitado y sobrecargado, no hay más que una opción: emigrar.

Eso lo sabe Carlos Johnson Omier, presidente comunal de la isla, quien reconoce que con el paso de los años, los recursos naturales se les han ido agotando, junto a la cultura de sus ancestros ramas.

De los 2,000 indios ramas que habitan la isla, sólo siete hablan aún el dialecto original de sus ancestros. “A los jóvenes les resulta más fácil el inglés”, justifica apenado Johnson Omier.

SEXO SIN REQUISITOS

Y a primera vista, reunidos ahí en la única plaza con que cuenta la isla, se nota que si los jóvenes deciden qué dialecto hablar, es porque son mayoría, y se imponen. Más de 60 por ciento de la población de isla Rama Cay son menores de 25 años, que han asimilado la cultura mestiza y el idioma inglés criollo que se habla por toda la costa.

Los niveles de promiscuidad se ven a simple vista cuando en una isla tan pequeña hay tantas jóvenes, casi niñas, con uno o dos hijos a cuestas. Una de ellas, baja de estatura y de pechos pronunciados, carga en ambos brazos dos crías oscuras de uno y dos años. Ella recién acaba de cumplir 13 años, pero “se juntó” desde los 11, y ya no por tradición indígena.

Antes, para que a un joven rama se le permitiera tomar esposa, debía probar su habilidad para cargar con las responsabilidades de la vida matrimonial, o sea, demostrar que ya era realmente un hombre.

Un consejo integrado por el líder de la comunidad, el consejo de ancianos y el reverendo al frente de la Iglesia Morava, investigaba cualquier queja en contra del pretendiente, quien tenía que cumplir ciertos requisitos (preparación de instrumentos de trabajo; destreza en la caza, la pesca y la agricultura; dietas estrictas; azotes). Si lloraba o simplemente gemía, tendría que dejar la solicitud para otra oportunidad y darle pase a otro.

Algunas veces los padres comprometían a sus hijos e hijas en matrimonio mientras eran infantes, aún en la edad de cinco a seis años, resultando que el muchacho daba a su prometida y a los padres de ésta un pequeño regalo y les ayuda ocasionalmente en el trabajo; cuando la joven llegaba a la pubertad, el joven la tomaba como esposa.

Hoy, estos requisitos no son considerados, son más primitivos: se atraen, se juntan y listo.

JONRONES DE AGUA Y FÚTBOL CON UN ZAPATO

En un espacio tan reducido, hay lugar para el deporte. Los ramas tienen un cuadro de béisbol cuyas bardas, en los tres jardines, son las costas de la bahía. Un batazo al agua es un jonrón. En temporada de béisbol, un árbitro de partido observa las jugadas desde un cayuco que también sirve para recoger las bolas que caen al agua.

Por el momento es temporada de fútbol. Sin embargo, son tan pobres, en recursos y geografía, que un partido se disputa en una cancha de baloncesto, con cinco jugadores por equipo y con un zapato para cada uno. El que tiene la suerte de tener un par de zapatos en buen estado, lo divide en dos para compartirlo con su compañero de equipo. Tienen que aprender a golpear con ambos pies, por si la suerte le destina un zapato derecho a un jugador zurdo.

En lo único que no hay innovaciones deportivas, es en el baloncesto: hay cancha, hay balones y mucho joven desocupado.

RUMBO A LA EXTINCIÓN

En un estudio de la Fundación para el Desarrollo de la Costa Atlántica de Nicaragua, los ramas fueron afectados por las actividades hostiles de los ingleses, mískitos y españoles.

A principios del siglo XIX, el dominio de los ramas había sido reducido a la zona que actualmente ocupa (Rama Cay y y Punta Gorda). Hace algunas décadas los ramas prohibían a sus miembros, hombres o mujeres, casarse con alguien que fuera extraño a la etnia, en un intento por preservarla.

Hoy, la preservación de la raza ya no importa tanto como sobrevivir. “Son duras las condiciones de vida y hay que buscar cómo sobrevivir”, cuenta Johnson Omier, el líder comunal que ve con resignación cómo el reino rama, ahora dominado por jóvenes, parte en busca de su inexorable extinción cultural.

IDENTIDAD CULTURAL

Una investigación sobre las características étnicas y culturales de las Regiones Autónomas de la Costa Atlántica de Nicaragua, realizada por la Fundación para el Desarrollo de la Costa Atlántica en abril del 2000, reveló que no existe preocupación de las etnias por preservar su identidad cultural.

Según el estudio, los jóvenes de las etnias tampoco tienen interés en integrar su desarrollo cultural a una especie de “identidad nicaragüense común”, sino que prefieren seguir siendo considerados “autónomos e independientes”.

Según el estudio, los miembros de las etnias de la Costa Atlántica tienden a mantener la unidad tribal y sobreponer sus condiciones étnicas tradicionales por encima de los valores sociales y culturales del resto del país.

De la etnia rama, según el estudio de la mencionada fundación, sólo el 10.0% se preocupa por ser considerado nicaragüense, el otro 90.0% no lo hace.

El estudio señaló también que entre las etnias de la Costa Atlántica no existe mucha conciencia sobre la importancia de la preservación de sus culturas y tradiciones, dentro del contexto de la supervivencia de los asuntos ancestrales y autóctonos.  

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