- Hoy 20 de diciembre, se cumple un año de la salida del poder del Presidente Fernando de la Rúa en Argentina. La salida no será sencilla. Los gurúes de la economía debaten el tiempo que le llevará a la Argentina ponerse de pie y comenzar a caminar reinsertada en el mundo. Los argentinos, en tanto, quedan a la espera de una verdadera transición que les devuelva la confianza
Norma Domínguez(*)/Especial para LA PRENSA
BUENOS AIRES.- No. No se trata de una remake del film hollywoodense, sino de un repaso del año que vivimos los argentinos desde aquel 20 de diciembre cuando las cacerolas (¿con ayuda de un complot?) obligaron a huir, a bordo de un helicóptero que partió desde la azotea de la Casa Rosada, al entonces presidente Fernando de la Rúa. A los 29 muertos de aquella jornada se sumaron otros que durante los meses siguientes se cobraron distintas protestas y enfrentamientos. Y a éstos, se sumaron otras víctimas que, sin morir, hoy engrosan las filas de marginados producto de la crisis económica y política más grave la historia reciente del país.
Desde entonces, la sensación de peligro acecha y sentimos que caminamos por la cornisa imaginaria que nos limita con el precipicio, mirando de reojo —o frente a frente— a la decadencia. La Metrópolis del tango ya no es lo que era y hasta las piezas y placas de bronce de los monumentos y edificios antiguos son un botín preciado por los cacos, que destruyen el patrimonio histórico para luego venderlo por centavos a los reducidores (en los últimos diez meses desaparecieron 155 placas de monumentos). También otros elementos, otrora impensables, se tornaron atractivos con la crisis: 1,200 tapas de alcantarillas, 20 semáforos y 156,466 metros de cable telefónico, fueron sustraídos por delincuentes desde enero a la fecha, para la reventa.
Poco a poco nos fuimos familiarizando con la indigencia que puebla las calles urbanas, con los 125,000 cartoneros que deambulan por la ciudad apenas cae la noche y con la inseguridad que reina, metamorfoseándose según marchan los ritmos económicos que el gobierno impone, pasando del “robo-rally por los cajeros automáticos” (vigente mientras la gente tenía la plata en los bancos) a los “secuestros express” (boom desde que el dinero comenzó a dormir bajo los colchones hogareños) y ahora, de nuevo, a las “salideras de los bancos”, fruto de la apertura del corralito. El “corralón” —como gustan llamarlo los economistas— sigue vigente, por supuesto.
Los cortes de ruta y los piquetes se han convertido en una especie de sello de distinción local: en lo que va del año se registraron más de 2,000 cortes de rutas y vías públicas en todo el país.
Volvieron los productos nacionales, ya no porque estemos en condiciones de optar por ellos o los importados, sino porque los importados son privativos. El ajuste forzoso que imprimió la salida de la Ley de Convertibilidad (el currency board argentino, con paridad de 1 peso = 1 dólar estadounidense) evolucionó hasta hoy llevando el valor de nuestra moneda al 28 por ciento de lo que era entonces. Claro que los precios de los productos no bajaron. Ni aumentaron los salarios. Pasó que aprendimos a “ajustarnos el cinturón”, a vivir de otra manera, o a resignarnos.
Y claro, también, que esto no tiene porqué ser fatal si podemos seguir viviendo con dignidad: comiendo todos los días, mandando a nuestros hijos al colegio, pagando el alquiler o la hipoteca de la casa, cumpliendo con nuestras deudas, pagando los servicios y el seguro médico, y todas esas cosas que hacen la vida de un trabajador. Pero la fatalidad es que ya no hay tantos trabajadores (la desocupación aumentó del 16.4 por ciento en el último año al 21.5 por ciento a la fecha); la caída del poder adquisitivo ha llevado a que muchas familias no puedan cubrir la canasta básica de alimentos (desde agosto de 1993 el salario básico se mantiene en 200 pesos mensuales o 1 peso la hora y el valor de la canasta básica de pobreza de una familia tipo es hoy de 716 pesos), los padres se han visto obligados a retirar a sus hijos de colegios y universidades privadas haciendo colapsar la capacidad de la educación pública, los servicios de salud prepagados han perdido más de dos millones de afiliados en lo que va del año y gran parte de las deudas adquiridas están dolarizadas, tornándose incumplibles y haciendo que en muchos casos peligre la propiedad.
A un año de la caída de De la Rúa, podría decirse que no estamos tan mal respecto a lo que suponíamos íbamos a estar para esta época: los vaticinios auguraban un dólar a 10 ó 15 pesos para fin de 2002 (hoy está a 3.60) y los pronósticos de hiperinflación no se cumplieron. El presidente Eduardo Duhalde sigue al frente del Ejecutivo y la violencia social se cargó “apenas” dos muertos en el enfrentamiento que piqueteros y fuerzas de seguridad tuvieron el 26 de junio en el puente Pueyrredón.
Se estima que en el país hay más de 8 millones de niños pobres, de los cuales la mitad son indigentes, lo que no es producto únicamente del último año, y la desigualdad se acentuó con la drástica caída de los ingresos: según informes recientes mientras el derrumbe marca un 10 por ciento en Buenos Aires, la caída es del 24 en Tucumán y del 31.6 en Formosa.
Duhalde asumió el 5 de enero con grandes promesas, pero la crisis política e institucional sólo le permitió dedicarse a evitar el aumento de la violencia social y la disparada del dólar para impedir la hiperinflación.
En el intento, al default (cesación de pagos) declarado entre aplausos por el ex presidente interino Adolfo Rodríguez Saá se agregó el default con el Banco Mundial; varios ministros fueron reemplazados en su gabinete; se recrudeció el conflicto con la Corte Suprema de Justicia; el enfrentamiento entre Economía y el Banco Central acaba de tener su corolario con la designación al frente de la entidad del joven Alfonso Prat-Gay; el acuerdo con el FMI jamás llegó y está más lejos que nunca; y se agudizó la lucha hacia el seno del partido de gobierno, principalmente por la histórica pelea que mantiene Duhalde con el ex presidente Carlos Menem por el control del poder y del Partido Justicialista.
El temor a los estallidos para el aniversario de la caída de De la Rúa crece cada día y ya están vallando el Congreso y la Plaza de Mayo. Sin candidatos que devuelvan la esperanza a la vista, hasta ahora los posibles futuros presidente no superan el 20 por ciento de intención de voto en el mejor de los casos, y se avizora una crisis de legitimidad para quien finalmente suceda a Duhalde.
La salida no será sencilla. Los gurúes de la economía debaten el tiempo que le llevará a la Argentina ponerse de pie y comenzar a caminar reinsertada en el mundo. Los argentinos, en tanto, quedamos a la espera de una verdadera transición que nos devuelva la confianza.
EVITA, MARADONA Y HAMBRE
¿El hambre? Ahora los argentinos podemos decir “Evita”, “Maradona”, “tango”, “mate”, “corralito” y “hambre”.
En este nuevo marketing mediático las imágenes del “hambre argentino” recorren las pantallas y las portadas del mundo, complementando aquel reporte que mostró a un grupo de indigentes despedazando a una vaca, que había caído cuando un camión de hacienda se volcó accidentalmente en el medio de la ruta.
Por supuesto que también es violencia social, pero sin piqueteros y sin enfrentamientos. Un hambre que afecta desde hace mucho tiempo a vastas zonas del país, pero que sin embargo aparece como “producto” a raíz de la “publicidad” que se le otorga a una veintena de niños muertos por desnutrición en las provincias.
¡QUE SE VAYAN TODOS!
Hoy, dos de cada tres argentinos están de acuerdo con “que se vayan todos”, consigna que se imprimió en el saber popular desde el sangriento diciembre de 2001 y que reclama que todos los políticos dejen sus cargos ya. La desesperanza ha devenido en anarquía (o viceversa) y ya no quedan instituciones que puedan cooptar el respeto de los ciudadanos.
(*) Norma Domínguez es periodista argentina, editora de contenidos de Nueva Mayoría (nuevamayoria.com)