Víctor Ocampo
El pasado lunes me dirigía a Tipitapa en compañía de mi santa abuela, por vía de la Carretera Norte y no por Sabana Grande —cuando abren vías opcionales, deberían acondicionarlas cuando menos— y he aquí que mientras esperaba el cambio del semáforo en La Subasta, una imponente tormenta de polvo se dejó venir en las alas del viento de diciembre, coqueteando con las corazas y los parabrisas de los vehículos.
El semáforo dio el ansiado verde, y al avanzar, propiamente frente al edificio de La Subasta, una joven agente de tránsito, tal vez de 22 años, miró hacia el Este justo cuando otra tolvanera se alzaba. Al dejarla atrás, pude verla por el retrovisor, frotándose los ojos con vehemencia, carraspeando en medio de la desesperación.
Alguien debería darles unos anteojos por lo menos —comentó mi abuela— mientras en mi mente sólo podía escuchar: “¡Oh, utopía! cuánto rimas con debería”.