Rómulo Sánchez Leytón
Aunque la economía no es un asunto de profecías, ni de magia. Hay quienes se empeñan en demostrar que el mercado es el instrumento perfecto para crear riqueza. Hasta los más cínicos fueron sorprendidos por los escándalos corporativos. La “codicia contagiosa” la llamó A. Greespan. En Nicaragua, queda claro que la “mano invisible” ha sido ingrata y que el “mercado verdaderamente no ha podido crear una sociedad de mercado”. El desenvolvimiento económico del país, en los últimos doce años, es un caso típico de crecimiento, que ha incrementado las dualidades económicas, sociales, regionales y tecnológicas y; además, es importado porque no se ha fundamentado en las exportaciones ni en el esfuerzo propio. Las remesas desde el exterior han apuntalado el mismo.
Si bien es cierto, se ha generado alguna riqueza, la misma se ha concentrado en pocas manos, mientras amplios sectores continuan marginados de la prosperidad del crecimiento. En Nicaragua, por tanto hace falta, como señala el economista indio Premio Nóbel 1998, Amartya Sen, en su libro “Development as Freedom”, hacer “economía para la gente”. Es decir, que les de capacidad real de elegir en el mercado, dándoles poder adquisitivo, mostrarles el camino hacia la solidaridad y la justicia, promoviendo la generación de una economía del bienestar.
Los gobiernos de la década pasada, han carecido de compromisos con los pobres. El rezago social, la miseria, el hambre y la pobreza es un lastre que está cobrando vidas humanas. Las demandas sociales siguen insatisfechas, la delicuencia, la criminalidad crecen y, hay poca capacidad del gobierno actual de crear justicia social para los sectores empobrecidos del país. Seguimos a la zaga de los países de la región. Continuamos siendo insolventes interna y externamente. Por ser paupérrimos nos vemos obligados a depender de la comunidad internacional para mantenernos en pie. Mientras cada nicaragüense produce 480 dólares, tenemos una onerosa deuda externa per-cápita de 1,300 dólares y 800 dólares por deuda interna. La pobreza extrema flagela a 3.2 millones de nicaragüenses. La HIPC puede también hipotecarnos el futuro, si no se aprovecha la flexibilidad financiera, que nos “perdonen” 4,500 millones de dólares; si se alcanza el punto de culminación.
Necesitamos urgentemente movilizar el mercado para generar empleo y crear empleo para dinamizar el mercado. Esto es prioritario. Se trata también, de encontrar un equilibrio óptimo entre la intervención del Estado y el mercado. El panorama es sombrío, pero se pueden hacer muchas cosas si se actúa de forma inteligente y se crean y ejecutan políticas de calidad. Si se establece una estrategia de desarrollo de nación, donde se tome encuenta el desarrollo local y el desarrollo macro del país. Es necesario que el escenario sea dominado por la voluntad política, de hacer profundas reformas del Estado, para recuperar la institucionalidad y crear consenso. Cambios que permitan establecer un equilibrio social más estable. Impulsar una reforma educativa es un imperativo, en función de aumentar el valor del recurso humano técnico, que garantiza productividad y pujanza a la economía.
La estrategia de nación debe proveer más fondos para la micro, pequeña y mediana empresa en el campo y la ciudad. Debe haber imaginación para dar apertura y fomento a la innovación tecnológica que aumente la productividad y nos haga competitivos. Tenemos que ser capaces de procesar nuestros productos. El posible valor agregado se lo cedemos a otros países, desperdiciando divisas.
Son necesarias variaciones en la política fiscal y tributaria. Es menester borrar la característica recaudadora y, buscar de manera equilibrada la progresividad y la equidad. Obligar a pagar a los ricos, que escamotean los impuestos y practican una competencia desleal. Aumentar la presión tributaria, es contraproducente ya que tiene efectos recesivos. Es más aconsejable cobrar con eficiencia, los que ya se tienen. En el 2002 la economía no crecerá, producto de la recesión económica.
Los cambios no deben ser cosméticos, sino estructurales. La economía no puede seguir siendo, igual que el país, rehén de la clase política. Sólo tendremos cambios positivos en la estrategia de desarrollo, si se emprende una etapa de verdadera modernización de la economía. Si se revierte la brecha comercial y las exportaciones se convierten en motor del crecimiento; se fomentará el desarrollo. La diversificación de la producción es el mejor antídoto contra la caída de los precios. Según el reciente análisis del Dr. N. Avendaño, en los últimos 22 años, los precios internacionales se han deteriorado en un 60 por ciento. Es decir, si antes recibíamos 100 dólares por un quintal de café, hoy obtenemos apenas 40 dólares.
Si los políticos no se alejan del oportunismo y el populismo, se obstaculiza el desarrollo. El problema fundamental de Nicaragua es esencialmente político. Tampoco se reduce la pobreza, si no se genera riqueza y eso es elemental. La economía está supeditada a las decisiones políticas de partidos y personas. Se debe racionalizar el ejército de “brillantes” asesores y consultores. Los “sabios” supernumerarios, cuestan mucho al país. No se puede seguir tolerando la politiquería trivial y de compadrazgo. Los que sean necesarios, están obligados a saber, tanto de política, cómo también hacer buenas políticas (policy). La consistencia de las políticas tiene que ver con el manejo téorico y analítico de los procesos económicos y sociales. El déficit fiscal no puede reducirse con más endeudamiento externo.
Nicaragua requiere ahorrar el gasto, que no afecta la lucha contra la pobreza. Por ejemplo; reduciendo los megasalarios, sobresueldos y estipendios. Evitar la compra de vehículos de lujo, así como el uso irresponsable de los mismos; se olvida que el combustible se importa. Vehículos de uso público, deambulan por las costas o en los parqueos de centros nocturnos.
El desarrollo es incompatible con la corrupción. Porque ella hace estériles e inefectivas las políticas contra la pobreza, el desempleo, mutila los esfuerzos por la equidad, bloquea el crecimiento, socava el proceso de acumulación del país, al desviar los recursos para otros fines. La corrupción envilece la sana competencia entre los agentes económicos. No estimula la inversión externa ni interna, no promueve la moral tributaria, y sí el mercado negro.
Cualquier estrategia económica que persiga el desarrollo, tiene como principal tarea romper con el ostracismo político, eliminar de manera gradual las hipertrofias de la economía y alcanzar la estabilidad macroeconómica de las principales variables (déficit fiscal, brecha externa, endeudamiento etc.), y fundamentalmente, la del empleo. No puede pensarse que la dolarización, sea la panacea de los problemas económicos. En todo caso sería una alternativa, y sólo se convierte en un dogma, cuando se piensa que la mejor política monetaria, es la que no se tiene y por tanto, no hay que hacerla.
Aunque, el crecimiento económico, si bien es esencial y condición necesaria para la creación de empleo y reducir la pobreza, no es suficiente para el desarrollo, porque éste, no es una quimera cuantitativa sino la simbiosis de los aspectos cuantitativos y cualitativos de la economía y la sociedad.
El gobierno, la empresa privada deben afrontar con energía la crisis del empleo. El desarrollo no se alcanza sacrificando el entorno natural, ni a las personas. No se puede lograr, si las élites no practican la frugalidad, y los pobres se mueren silenciosamente. Tampoco nos conduce a puerto seguro, el conocido principio de privatizar las ganancias y socializar las pérdidas. Cuando de eso se trata, hasta los que vilipendian y desprecian al Estado, se golpean el pecho y rezan porque éste les extienda la mano.
* El autor es Economista