Ing. Ernesto A. Cuadra jr. [email protected]
En ocasiones puede parecernos que no vale la pena orar. Que el cielo está cerrado como una tapia. Que nuestras oraciones son palabras lanzadas al vacío de los espacios infinitos.
A veces decimos ¿para qué orar? ¿Hemos cansado a Dios, con nuestras impertinencias? Esa es una hora oscura que puede llegar a la vida del cristiano.
Víctor Hugo, el célebre escritor, en su inmortal novela “Los miserables”, enjuicia la figura de Napoleón, y llega un instante cuando dice: ¿Era posible que Napoleón ganara aquella batalla? ¿Fue a causa de Wellington o por culpa de Blucher? Él mismo contesta sus preguntas. ¡No, fue a causa de Dios! El excesivo peso de aquel hombre en el destino humano turbaba el equilibrio. Este individuo él solo pesaba más que el grupo universal. Por eso había sido denunciado ante lo infinito. ¿Dios se había cansado de él? ¿Es que Dios se cansa de los hombres? De ningún modo. Dios no se cansa de sus criaturas.
Sencillamente porque Dios es amor infinito. Si esperamos y tenemos fe, nuestras súplicas que hasta ahora no tienen contestación pronto recibirán respuestas. Muchas veces no estamos preparados para recibirla. A veces Dios nos hace esperar un poco, no porque Él necesite tiempo para realizar sus propósitos, sino que nosotros aún no estamos capacitados para recibir lo que él quiere concedernos.
Mientras tanto, consolémonos con este pensamiento: “como el padre se compadece de sus hijos, se compadece Dios de los que le temen”. Debemos esperar que Dios ya viene cerca de nuestra respuesta.
La paciencia, es la más bella flor en el jardín humano. La paciencia es amarga, pero su fruto es dulce.