Estrés, enfermedad del siglo XX

José Leñero G.* Después de la publicidad que ha recibido la enfermedad del sida, no dejó de sorprenderme cuando leí que ella no era la enfermedad del siglo, sino que lo era el estrés, pero después de leerlo me he dado cuenta de la gran cantidad de personas que conozco que lo padecen. Parece que, […]

José Leñero G.*

Después de la publicidad que ha recibido la enfermedad del sida, no dejó de sorprenderme cuando leí que ella no era la enfermedad del siglo, sino que lo era el estrés, pero después de leerlo me he dado cuenta de la gran cantidad de personas que conozco que lo padecen.

Parece que, en esencia, esta enfermedad viene a las personas que sienten sobre ellas una cantidad de obligaciones que no pueden cumplir, lo que luego evoluciona en situaciones que sienten abrumadoramente inmanejables.

Aunque su generación no es exclusiva del trabajo en las empresas, éste es una fuente nada despreciable de la cantidad de estrés que padece la humanidad y, lo que me parece más grave, es que en gran parte, son la consecuencia del vicio de sobrestimar la rapidez con que se puede ejecutar cada trabajo.

Esto debiera hacer que los gerentes aceptaran la responsabilidad de ser muy realistas cuando fijan los plazos de entrega de cada trabajo ya que, cuando los fijan “agresivos” y la imposibilidad de cumplirlo a su término se viene encima, la gente debe trabajar un número excesivo de horas extras, que consumen sus necesarias horas de descanso y de sueño y son invadidos por la angustia y desesperanza que caracteriza al estrés.

El vicio de los “plazos agresivos” empieza por no tomar en cuenta que cuando se diseña la ejecución de cualquier proyecto, los que hacen el trabajo intelectual inicial necesitan tomarse tiempo para su conceptualización e inmersión, los cuales, si no fueron debidamente programados, van a tomar más del tiempo previsto, lo que llevará a que a los tramos finales de ejecución no les quede el tiempo indispensable.

Para tratar de cumplir esos “plazos agresivos”, que en las etapas finales se vuelven irreales, se asignan jornadas de trabajo de 10 ó 12 horas y bajo indebida presión, lo que resulta en generar stress en los trabajadores y, consecuentemente, que sus rendimientos sean menores que los normales.

Todo ese proceso degradante hace cada vez más ilusorio alcanzar el plazo fijado, aún a costa de la angustia y desesperanza de todos los que participan.

Otras veces se busca agregar personal de refuerzo para adelantar en las tareas faltantes, pero de nuevo, ese personal ingresa sin entrenamiento y quizás ni siquiera tiene la motivación mínima para realizar ese esfuerzo, lo que hace irreal esperar que la producción aumente como la suma aritmética de la productividad del personal anterior más la del de refuerzo.

Y ¿qué pasa con los gerentes estresados? Desgraciadamente todos hemos visto que en cualquier momento estallan en berrinches con abusos verbales totalmente inapropiados.

Como nadie confronta a los gerentes que se exceden en esas explosiones, lo corriente es que ellas se repitan varias veces, lo que afecta la cultura organizacional creando un ambiente que deriva en una cultura de temor que, a la larga, se convierte, a través de esos calendarios agresivos, en un estrés generalizado en la organización, extremadamente perjudicial para su productividad, efectividad, flexibilidad y capacidad de innovación.

Consultor Internacional.  

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