Edgard Tijerino M. [email protected]
Mira, me dijo el abuelo… Ahí fue dónde se acabó el mundo. Yo seguí la dirección de su índice, y vi la estación: un edificio de maderas descascaradas, seguramente con olor a escombros.
Acabo de leer esas frases de García Márquez en el primer tomo de sus Memorias, y me parece que el abuelo se estaba refiriendo a nuestro Estadio Nacional… Ciertamente, ahí fue donde se acabó el mundo.
Hace unos días, ese estadio calificado como “coloso de concreto”, obra de la firma Lacayo Fiallos, cumplió 54 años de haber sido inaugurado… Y en ese largo trayecto, mientras le crecían las barbas, se le aflojaban las piernas, se le caían los dientes y sangraba por múltiples heridas, ha servido de ese escenario para todo.
Terminado antes del Mundial de 1948, después de haber atravesado por un proceso acelerado de construcción, ese estadio, hoy convertido en ruinas y llamado Denis Martínez, como si la grandeza del tirador derecho pudiese cambiarle el aspecto, es la única preocupación transformada en algo real, que hemos tenido en lo referente a instalaciones deportivas a lo largo de nuestra historia.
Si el terremoto del 72 lo hubiera dejado más inclinado que la Torre de Pisa, de igual manera, ahí estaríamos jugando y poblando sus graderías, corriendo con todos los riesgos imaginables.
Después de esa gestión realizada por el dictador Somoza García, nunca más hemos estado próximos a otra construcción de ese tipo… ¡Qué inutilidad amigos!… Nuestra generación, fue incapaz de hacer otro, mientras en Chibcha, Cuzco y Palenque, y también en Guatemala, El Salvador, Costa Rica y Honduras, se levantaban nuevos estadios, gimnasios, y diferentes instalaciones tan necesarias para el desarrollo deportivo.
Ni siquiera en los 80, cuando se apoyó tanto la actividad deportiva llegándose a organizar hasta 16 eventos internacionales en un año y elevándonos a más de 150 medallas en Juegos Centroamericanos, con atletas adiestrándose en el exterior y entrenadores viniendo a nosotros para garantizar el desarrollo, se pudo hacer una construcción parecida.
Desde la pedrada de Andrés Castro, en el strike más heroico de nuestra historia, ese estadio ha sido lo único… Es decir, que eso nos hace comparables con Macondo, o con Comala, antes que en esas ciudades tocaran por primera vez el hielo y descubrieran la magia de los espejos.
Nuestros hijos, nuestros nietos, no han visto algo diferente a ese estadio con “olor a escombros”, hasta hace poco, sin agua, atrapado entre telarañas, produciendo gemidos, usando linimentos.
Sólo fue convenientemente “maquillado” por Carlos García en 1972, pero el terremoto lo regresó a la época de Espartaco, o de Máximo.
Se cayó el Hospital “El Retiro” y nunca volvimos a ver algo parecido… El estadio quedó cojeando y así ha seguido, en harapos… Menos mal que el Teatro “Rubén Darío” sobrevivió escapando a lo fatal.
Después de 54 años, pararse a observarlo, dan ganas de llorar, preguntarnos si “ahí se acaba el mundo”, o caer de rodillas y gritar rasgándonos la piel ¡Qué inútiles hemos sido!, porque ese estadio, en ese estado, pese al esfuerzo que está desplegando Roberto Urroz, es exactamente eso, una señal inequívoca de nuestra falta de capacidad.
PARA TODO
La palabra multiuso no alcanza para describir la utilidad que ese estadio ha tenido en más de medio siglo. Ha servido para todo lo imaginable, desde antes del Ben Hur, el invento de Pedro Solórzano.
¿Qué es lo que hemos visto en ese escenario?, o mejor dicho ¿qué es lo que no hemos visto?… Circos, corridas de toros, misas, cultos, tomas de posesión, diferentes espectáculos deportivos que van desde el trompo hasta las bolas de vidrio, cuatro mundiales de béisbol, una Copa, futbol internacional, los Trotamundos de Harlem en baloncesto, grandes shows como el de Carlos Santana, las recientes presentaciones de Alejandro Fernández, Juan Gabriel y Carlos Vives y otros, eventos de motos, carreras de carros, sede del Consejo Electoral, reconcentración de fuerzas militares cuando lo de Mokoron, campo para damnificados y hasta con una cárcel detrás del jardín central cuando la Jefatura de Tránsito tenía ahí sus oficinas.
Ese estadio en ruinas, tan lleno de historias como de telarañas, ha sido, es y sigue siendo, uno de los grandes símbolos de Managua.