- “Una experiencia inolvidable que vale la pena repetir. El
majestuoso volcán no pudo doblegarnos.
La travesía de más de dos horas nos permitió disfrutar de la naturaleza en todo su esplendor”
Ricardo Cuadra García [email protected]
El sólo imaginarme escalando un volcán me provocaba cansancio. Desde hace muchísimo tiempo no hago ningún tipo de ejercicios y la verdad es que dudaba de mi no muy buena condición física. ¿Podré llegar a la cima?, me pregunté en más de una ocasión. La misión me parecía difícil, pero no imposible. Aún así la idea me pareció un reto y una magnífica oportunidad para disfrutar de la naturaleza.
Mi reto tenía un nombre: Volcán Telica, ese cono inclinado de más de mil metros de altura y con frecuentes erupciones observadas y comentadas desde tiempos de la conquista española hasta nuestros días.
El Volcán Telica se encuentra relativamente cerca de las vías transitadas, entre la carretera León-Chinandega y su exploración representa un verdadero desafío. Dos puntos son los que tradicionalmente se utilizan para explorar este volcán, el primero ubicado en la comunidad Cristo Rey, cerca de la entrada de Quelzaguaque, y el otro que se encuentra exactamente en la comunidad de San Jacinto.
Nos decidimos a realizar la travesía por el primero debido a que por este punto el ascenso es más radical y el acercamiento al volcán es más complicado, esto en gran parte por las secuelas del huracán Mitch, que azotó con mucha fuerza esta zona en 1998. Todos estos factores convierten el recorrido en una inolvidable experiencia.
La entrada por la comunidad de San Jacinto, pese a que presenta —en apariencia más moderado— está más distante del cráter. La ventaja de este punto es que se encuentra a orillas de la carretera, lo que facilita su acceso a diferentes tipos de vehículos, pero no se equivoquen, si quieren verdadera diversión y aventura, entrar por Cristo Rey es la mejor opción.
Nuestro viaje comenzó con los primeros rayos del día. El primer destino: León. Nos decidimos realizar el viaje por la Carretera Vieja a León por el mal estado en que se encuentra la otra ruta. Más de hora y media nos tomó llegar hasta la Ciudad Metropolitana, algunos baches en la carretera —hasta el empalme de Izapa— impiden circular a mayor velocidad.
En León esperaban por nosotros el resto del equipo que participaría de la aventura. Desayunamos rápidamente, compramos agua y todo lo necesario para prepararnos unos sándwichs para comer durante el camino, al mismo tiempo que aprovechamos para hacer un rápido recorrido por las principales calles de esta bella ciudad. Luego nos dispusimos a tomar la carretera a Chinandega.
Veinte minutos más tarde estábamos en la entrada del camino hacia la comunidad de Cristo Rey. Aquí podemos decir que comienza nuestra travesía. La vía de acceso es al inicio fácil de transitar, pero mientras más se acerca a la comunidad más lento se vuelve nuestro recorrido por lo inclinado del camino. “Estos caminos cambian según las lluvias”, nos explicó un lugareño, cuando nuestro conductor trataba de esquivar con sumo cuidado un bache.
Trescientos metros antes de llegar a la finca “La Joya Grande del Telica”, propiedad de nuestro anfitrión, Carlos Langrand, iniciamos la caminata. Un suave viento helado nos da la bienvenida. Son más de las diez de la mañana y el Sol no puede competir con la brisa. Luego de varios minutos de camino llegamos a la finca ubicada en las faldas del Telica. Los perros salen a nuestro paso en su ritual reconocimiento a los extraños. Gallinas, cerdos, cabras y caballos merodean la humilde casita, ubicada en medio de sembradíos de maíz y frijoles. Aquí, luego de ser recibidos cordialmente, realizamos nuestra primera “parada estratégica”.
Preguntamos al anfitrión los detalles de la gira, la ruta a seguir y aprovechamos para beber gaseosas y comer un poco. “¿Nos vamos don Herminio?”, le preguntó Carlos Langrand al cuidador de la finca. Robusto, a sus sesenta años, don Herminio Dávila Velásquez, es originario de Estelí, pero desde hace más de quince años vive en las faldas del Telica, donde ha visto nacer y crecer a hijos y nietos.
“Vámonos pues”, respondió, mientras se dispuso rápidamente a sacarle filo con una piedra a su inseparable machete.
Los perennes retumbos de este volcán no parecen siquiera distraer la atención de don Herminio y su numerosa familia. Ya están acostumbrados a escucharlos. También están acostumbrados a escalar el cerro diariamente para cuidar el ganado de la finca y la estación sísmica que Ineter colocó en octubre de 1993 a unos quinientos metros al este del cráter para rastrear la actividad del coloso.
En el trayecto nos encontramos con una variedad de flora y fauna. Árboles de laurel, quebracho, lechecuagos, chilamates, jaboncillo, guásimo, panamá y guayabillo, entre otros, conforman la compleja flora del lugar. A nuestro paso nos sobrevuelan decenas de chocoyos que con su canto nos hacen más agradable la caminata.
En el lugar predominan, además de chocoyos, venados, cusucos, guardatinajas, tigrillos, chachalacas y coyotes.
El aire está libre de la contaminación y mis pulmones me agradecen el haber llegado hasta allí, pese a las reservas que tenía respecto a mi condición física. En ese momento entendí que se trataba verdaderamente de un momento muy especial, el que no quise arruinar y desistí sin ningún remordimiento de encender un cigarrillo, para estar en completa comunión con la naturaleza.
Uno de los atractivos naturales de esta región es la gran variedad de mariposas que acompañan a los visitantes durante todo el trayecto. El filoso machete de don Herminio nos fue de mucha utilidad para encontrar el camino a campo traviesa, el que producto del invierno se ha perdido por el crecimiento de la vegetación.
Cuarenta y cinco minutos teníamos de caminar cuando la lluvia empezó a caer, apaciguando nuestro cansancio, pero provocándonos preocupación debido a que el equipo fotográfico podría resultar dañado. La verdad es que casi no nos mojamos debido a que las copas de los árboles nos servían como inmensos paraguas.
Llegamos hasta el Mirador los Nancites desde allí se observa una vista increíble de la ciudad de León y sus costas en el Océano Pacífico. La cima del Telica cada vez está más cerca y mi reto entra en su recta final. Ahora sólo nos queda subir la parte más inclinada y pedregosa. Nos tomamos un respiro, a lo sumo unos dos minutos y emprendimos a alcanzar nuestra meta.
Los pasos en este trayecto son lentos y se deben dar con mucho cuidado; un paso mal dado sobre una roca puede provocar la torcedura de un tobillo o una segura caída. Al acercarnos a la cima el olor a azufre es más intenso.
Buscamos la manera más fácil de ir avanzando un poco hacia arriba y caminado luego en ese nivel. Muy difícilmente se puede escalar de manera perpendicular.
Tras más de media hora de caminar en las laderas del volcán por fin llegamos a la cumbre. Un sentimiento de victoria se apoderó de mi mente; lo logré, lo logré, repetía. Una gratificante tranquilidad se vive en ese lugar, lejos de la contaminación y la destrucción del medio ambiente. La vista en este sitio impresiona al verse nítidamente alineada paralela a la costa del Pacífico la impresionante Cordillera los Maribios: San Cristóbal, Chonco, Casitas, Cerro Agüero, Santa Clara, El Cacao, Cerro Negro, Pilas, Cerro El Hoyo, Asososca y el Momotombo. Pese a no ser un volcán muy alto, el estar en su cima me ubicaba más cerca del cielo. Creo que esa es la razón de la serenidad que impera.
El cono muy inclinado del Volcán Telica es cortado por un cráter de 700 m de diámetro y 120 m de profundidad, fuente de las erupciones recientes. Con un poco de temor nos acercamos a la orilla del cráter, se puede apreciar como emanan los gases. La densidad del humo no permite ver la lava. Nos tomamos unas fotografías y descansamos alrededor de quince minutos.
El camino de regreso lo realizamos de manera perpendicular, pero en sentido contrario al que llegamos, buscando la “La Joya Grande del Telica”. El descenso fue relativamente rápido, calculo que un poco más de media hora.
Mientras bajábamos buscaba una piedra volcánica bonita para llevarme de recuerdo y regalársela a Ricardo Alfonso, mi hijo de cinco años. De nuevo en la finca aprovechamos para descansar y platicar con los lugareños. Cerca de las cinco de la tarde emprendimos el retorno a Managua.
Aunque un poco cansado me sentí satisfecho por la experiencia vivida y por tener una buena historia que contar.
Para aquellos que quieran vivir esta interesante aventura pueden comunicarse con el señor Carlos Langrand al e-mail: [email protected]