EFE
RÍO DE JANEIRO.- José Serra escapó de la dictadura de Brasil, vivió para contar que estuvo preso en el Estadio Nacional de Santiago bajo el régimen de Augusto Pinochet, pero bastó un mosquito para poner en riesgo su mayor aventura política, en la que le lleva de la mano el presidente Fernando Henrique Cardoso.
Sobre el ministro de Salud, Jose Serra, cayeron rayos y centellas cuando en enero de este año Río de Janeiro y otras zonas de Brasil sufrieron la peor epidemia de dengue que se recuerda en el país.
Se le achacó que la proliferación del mosquito fue causa de sus recortes presupuestarios en el Ministerio. Eran las vísperas del nacimiento de su candidatura, que finalmente fue salvada por su buen amigo, compañero de exilio y presidente Cardoso.
Serra, que a sus 60 años y disputa por vez primera la presidencia de Brasil, ha necesitado de nuevo que Cardoso le eche una mano en los últimos días de la campaña para las elecciones de este domingo, en la que todavía no parece haber encontrado un lugar propio.
Es el candidato del gobierno pero juega al opositor y asegura que, de ganar, no seguirá al pie de la letra los pasos de Cardoso.
Hijo único, nacido el 19 de marzo de 1942, con sangre calabresa por los cuatro costados, Serra ha dedicado buena parte de su vida a los estudios en universidades de Brasil, Chile y Estados Unidos.
Su carrera de ingeniería la interrumpió la dictadura brasileña instaurada en 1964. Como presidente de la Unión Nacional de Estudiantes, el entonces socialista Serra estaba marcado.
Refugiado en la Embajada de Bolivia durante cuatro meses, salió a La Paz, donde dice que recuperó el español aprendido con su abuela materna, una argentina hija de italianos que había abandonado al marido y escapado a Brasil con un amante.
EL GOLPE EN CHILE
Después de la “primera y única borrachera de mi vida”, cuenta que tomó el camino de Santiago. Al poco retornó clandestino a Brasil, pero tras la detención de unos amigos volvió a poner los pies en polvorosa, rumbo a Uruguay, camino otra vez a Chile.
Se graduó de economista en Santiago y formaba parte del grupo de asesores de Salvador Allende cuando éste fue derrocado. “Comparado con el de Chile, el golpe de Brasil había sido un té de señoras”, afirma.
Entonces tenía pasaporte italiano y visado diplomático. Un mes después del golpe fue detenido en la sala de embarque del aeropuerto, cuando pretendía salir de Chile con su esposa y dos hijos, uno un bebé de tres meses.
“La policía me leyó mi ficha. ‘Aquí dice que usted es un subversivo, un agitador y un intelectual muy vivo’”, recuerda Serra que le dijeron. Llevado al Estadio Nacional, donde cientos de presos políticos encontraron la muerte, él consiguió salir libre al día siguiente, al parecer por gestiones de amigos y la mano que pudo echarle un mayor llamado Iván Lavanderos.
Serra sólo sabe que en la Embajada de Italia —donde se refugió y pasó ocho meses—, leyó unos días después en un diario que Lavanderos había sido fusilado. Un diplomático sueco le dijo que, entre otros motivos, fue por haberle liberado.
“Ricardo Lagos (presidente de Chile) acostumbra contar que yo fui el único detenido que salió del Estadio libremente. Los demás fueron asesinados, llevados a otros presidios o expatriados”, dice.
LA AMISTAD CON CARDOSO
Chile, para Serra, es una segunda patria. Allí conoció a Mónica Allende, que era bailarina del Ballet Nacional, con la que se casó y tuvo en Santiago a los dos hijos del matrimonio.
Durante unos años de estudios en Estados Unidos fraguó su amistad con Cardoso, a quien conocía desde inicios de los años 60 y que también estuvo exiliado en Chile. Retornó a Brasil en 1978, cuando se vislumbraba una apertura política.
Se dedicó a la docencia y retornó discretamente a la política al lado de Cardoso, con quien en 1990 fundó el Partido de la Social Democracia Brasileña.
En 1983 tuvo su primer cargo público como secretario de Planificación del gobierno de Sao Paulo. Al Congreso llegó como diputado en 1986, en la Constituyente. Fue reelegido en 1990 y desde 1994 es senador.
Como siempre, con Cardoso, ocupó entre 1995 y 1996 el Ministerio de Planificación y llegó en 1998 al de Salud, donde logró un poco de luz propia al desarrollar y aplicar un programa contra el sida considerado por la ONU modélico en el mundo.
Posiblemente el momento más brillante de su carrera fue cuando le ganó la batalla a las grandes multinacionales de los medicamentos, a las que por interés publico les copió las fórmulas de los costosos remedios contra el sida y los distribuyó de manera gratuita.
A principios de este año, su partido y el del Movimiento Democrático lo hicieron candidato presidencial, después de forcejeos en la maraña política oficialista.
Serra tiene fama de minucioso, obstinado, detallista, racional y antipático. Su madre, Serafina Chirico (86 años), niega que sea el tipo serio y sin gracia que pinta la prensa. Su mujer, Mónica (58 años), califica de “leyenda” la fama de hipocondríaco que le acompaña.
Su tía Carmelita aseguró que de niño siempre decía que quería ser presidente, pero él de eso no se acuerda.