- Anden-Cgten asegura que los educadores padecen de angustia, entre otras enfermedades
Amalia Morales [email protected]
Mañana será el Día Mundial del Docente, y por caer sábado, no por la ocasión, Carmen Tinoco, maestra de quinto grado, tendrá el día libre.
Con 26 años de enseñar, Tinoco ni siquiera sabe que el cinco de octubre es el día internacional de los educadores desde hace varias décadas. “Sinceramente no sabía”, responde. Que ella sepa, la única vez que se reconoce su labor en el año, es el 29 de junio, Día Nacional del Maestro.
José Antonio Zepeda, secretario de la Asociación Nacional de Educadores de Nicaragua, Anden-Cgten, critica que el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes (MECD), no haga divulgación por esa efeméride aprobada por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación la Ciencia y la Cultura (Unesco).
En el país hay unos 30,000 educadores en el sistema de enseñanza básica y media, que cuenta con una matrícula de alrededor de millón y medio de estudiantes.
Según la Federación de Organizaciones Magisteriales de Centroamérica (Fomca), los maestros nacionales son los que tienen el sueldo más bajo de la región, después de Honduras, donde un maestro de primaria recibe un pago promedio de 174 dólares, contra 65 dólares (925 córdobas) de un nicaragüense.
Ya con los años de servicio, Tinoco cobra 1,400 córdobas al mes, es decir, 96 dólares al cambio actual. Con su sueldo ayuda a sus dos hijos universitarios.
Sin duda, la maestra dice que para ella la mejor época del magisterio fue con Somoza. “Ganábamos muy bien”, dice sin precisar cantidad. Afirma que la peor etapa, que aún no termina, comenzó en los años ochenta.
ENFERMEDADES
Zepeda reconoce que la situación laboral de los docentes está marcada por varios factores, entre ellos, el recargo de estudiantes, hasta 60 en algunas aulas, falta de bibliografía para preparar clases, deterioro de infraestructura, capacitaciones deficientes.
Esas dificultades laborales, unidas a sus problemas personales derivan en enfermedades tales como la pérdida de la voz, alergia, cáncer, problemas circulatorios, y en un estado de angustia, esta última no reconocida como un mal profesional en los docentes.
El dirigente asegura que la mejoría depende, en buena medida, del aumentar el presupuesto a la enseñanza.