- Desde su silla de ruedas, Gustavo Ñurinda, cuida los pasos de su mamá de 107 años
El mayor sueño de Gustavo Ñurinda no es volver a caminar, como se creería al verlo encogido en una silla de ruedas, sino ver la ciudad. Vio Masaya cuando era un niño. En ese entonces podía correr como un animal silvestre por los potreros, que años más tarde se comería el asfalto y convertiría en precarias urbanizaciones. Esos brincos dados a lo largo de cuatro décadas, el tiempo que lleva postrado, Ñurinda no pudo atestiguarlos.
A los 14 años, cuando ni siquiera había tenido su primera novia, una fiebre lo atacó y le paralizó la mitad del cuerpo, de la cintura para abajo. Fue poliomielitis. No volvió a caminar. Al poco tiempo la enfermedad congeló también su brazo izquierdo. Por 40 años, no sólo se privó de seguir los cambios en la ciudad, que tiene a siete kilómetros, sino también de ver el patio con flores que rodea su vieja casa de tablas.
ABANDONA LA CAMA
Desde una de las dos camas que dominan la pieza principal de la casa, Ñurinda se bañaba con un trapo mojado y hacía sus necesidades fisiológicas. Su antiguo camastro de madera está rodeado de cachivaches domésticos que le ayudaron a conservar su humanidad. Flores marchitas, trastos, trapos amontonados, pedazos de muletas que poco le sirvieron, cuelgan y ocupan buena parte del espacio de su cama. También hay destrozos de juguetes dejados por la pareja de sobrinos que lo acompañan.
Nada de eso le estorba ahora ni le es tan imprescindible, desde que anda en silla de ruedas. Gustavo Ñurinda, quien nunca aprendió a leer, salió hace dos meses de su postración gracias a una donación que le hicieron. “Vino un muchacho que me llevó a Ticuantepe. Allí me vieron y me dieron la silla unos médicos”, dice con la voz afectada por la parálisis.
La silla se la entregaron unos médicos estadounidenses por gestión del Proyecto de Desarrollo de Área Vidas de Visión Mundial.
PAREJA DE DESVALIDOS
La tijera que está a la par de su camastro, es de su mamá, Juana Francisca Ñurinda, una anciana de 107 años, que hace menos de 15 días estuvo agónica.
Esta pareja de desvalidos se cuida uno al otro, según cuenta la sobrina y nieta de ambos, Francisca Ñurinda de 42 años, quien vive a la par y se encarga de proveerles la comida y asearlos. “Ellos no pueden hacerse sus cosas”, dice con resignación.
Ñurinda es madre de dos hijos, su esposo que vende caramelos como ambulante en el Mercado Mayoreo, es el que reporta mayor ingresos a la casa. Otra entrada económica, más modesta e inestable, la representa la venta de algunos granos básicos y frutas que deja la parcela donde viven.
A pesar de sus males, el dúo que hacen madre e hijo, procuran gastar el tiempo en labores como la tapisca de maíz. Mientras desgranan mazorcas, en el patio y a la sombra de los árboles, traban conversaciones de recuerdos.
La madre anima al hijo a que realice su viejo sueño de ir a la ciudad. Él contesta con una carcajada que quiere y que esperará su oportunidad.