René Cárdenas* [email protected]
Cuando el Museo de Béisbol del Patrimonio Hispano que representa a casi 30 millones de hispanos en los Estados Unidos, me comunicó la decisión de agregarme a su ala de narradores (el otro es Felo Ramírez, de Cuba), sentí mucho gusto, porque fui seleccionado por mi propia gente, razón por la cual me siento orgulloso.
En esos días, mi esposa Jilma estaba en Managua para completar el proceso de la devolución de mi casa que fue confiscada ilegalmente por el gobierno de Nicaragua en 1979, y a cuya entrega se habían rehusado las Administraciones subsiguientes.
Jilma, acompañada de mi sobrino, Chéster Noguera Belli, se las arreglaron para completar las mil correrías requeridas para la transacción, y finalmente logró regresar a Houston el 12 de septiembre, es decir, un día antes de mi exaltación al Salón de la Fama del Museo en el estadio de los Astros en Houston.
El día 13, fue un día de mucho nerviosismo en nuestro hogar. Jilma vino cansadísima del trajín, pero dispuesta a presenciar la ceremonia pre-juego Astros vs. Cardenales y que yo pusiera en orden todo lo que había dejado fuera de lugar en su ausencia de cuatro semanas.
En un respiro de tantas cosas que me puso a ordenar, fui a la computadora a leer LA PRENSA y a contestar mi correo electrónico. De repente sonó el teléfono, y una voz divina y angelical de una chica, preguntó dulcemente:
“¿Es usted René Cárdenas?”. Con un poco de incertidumbre por tantos llamados de mis amigos bromistas, contesté: “Sí, éste es René”.
De nuevo la voz que me llenaba el oído de encanto, dijo: “Aquí habla fulanita de tal (olvidé el nombre) de la Secretaría de la Presidencia, y don Enrique desea hablar con usted”. En ese instante trataba de imaginarme cuál de mis amigos estaba muriéndose de risa mientras aquella conversación continuaba.
Entonces pregunté a la celestial voz: “¿Don Enrique?”, dije, todavía un poco incrédulo. “Sí, Bolaños, don Enrique Bolaños”, dijo afirmativamente la criatura, a lo que respondí: “Qué lindas palabras”.
“Ay, Sr. Cárdenas, don Enrique, acaba de entrar a una reunión con unos embajadores. Déme su número celular para llamarlo más tarde”, explicó.
“Señorita, no poseo número celular alguno y a las cuatro de la tarde salgo para el estadio”, dije con mucha pena, y nos despedimos. Ahora me arrepiento de pregonar a cuatro vientos que no quiero ser esclavo del teléfono.
¿Se imagina usted el honor y lo bello que hubiera sido recibir en mi propio hogar un llamado telefónico del Presidente de Nicaragua?
Lo primero que hice al llegar al estadio fue referir la conversación a varios de mis compañeros del Palco de Prensa, y también a otras personas en el terreno antes de la ceremonia, pero no hubo alma nacida que me creyera.
* Es columnista independiente, contratado por los Astros.
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