El diluvio les persigue

Mientras la angustia de Matagalpa sobresale, la ira en Río Coco es casi desconocida. Las comunidades han quedado anegadas por las inundaciones y los niños ven crecer sus panzas por los parásitos Mona ThowsenEspecial para LA PRENSA “Estamos forzados a pensar en dejar nuestra comunidad y buscar otro lugar para vivir”, dice con desánimo Bernardo […]

  • Mientras la angustia de Matagalpa sobresale, la ira en Río Coco es casi desconocida. Las comunidades han quedado anegadas por las inundaciones y los niños ven crecer sus panzas por los parásitos

Mona ThowsenEspecial para LA PRENSA

“Estamos forzados a pensar en dejar nuestra comunidad y buscar otro lugar para vivir”, dice con desánimo Bernardo García Pantin mientras mira hacia distintos puntos de Andrés, su comunidad miskita en Río Coco.

Sus ojos se tornan entre azul y verde y su mirada parece oprimida por la preocupación. “Algo ha cambiado; la inundación es peor cada año, nunca había visto el agua subir tanto, ni siquiera con el Mitch (el huracán que azotó en octubre de 1998)”, comenta.

Fuera de su pequeña casa flotan largas canoas amarradas a un árbol. La única forma de moverse con los pies secos, es caminando dentro de estas casas altas, con dos y cuatro metros de alto. También se puede pasar de una casa a otra, sobre conectores de madera que permiten el traslado con botas o descalzos.

Los animales domésticos como las vacas, caballos, cerdos y aves, caminan con libertad alrededor de la comunidad escarbando en el lodo por algo de comer. Salen de las áreas bajas de las casas y buscan refugio en lugares más secos. El lodo atrae mosquitos y contribuye a empeorar la salud de la población.

“Nuestro maíz pocas veces sobrevive a más de cuatro semanas de lluvia. Ésta lo mata. Hasta nos pusimos a rezar por el arroz y frijoles, pero todo se perdió. Así es nuestra vida”, relata Bernardo.

Más del 70 por ciento de la producción fue destruida por las inundaciones. Bernardo es de los que tuvo algo de buena suerte, porque logró almacenar 10 quintales de granos en un silo dentro de su casa. Es para distribuirlo entre las diez familias que están organizadas para trabajar, pero sólo el 30 por ciento de la población tiene ese sistema.

Bernardo teme por el futuro: “¿Adónde nos podemos mover? No tenemos recursos. Otras tierras están sembradas de minas de la guerra y trasladarse a otro lugar puede significar la entrada a una zona minada”.

La inundación no es un accidente o mala suerte. La deforestación y el cambio rápido del clima deja más y más inundaciones. En el camino entre Puerto Cabezas y Río Coco es posible ver árboles jóvenes que han sido plantados para recuperar el bosque cortado por compañías extranjeras. Sin embargo, para los nativos es difícil imaginar que la foresta pueda recuperarse del daño que le ocasionaron durante décadas.

Las comunidades piden que les dejen controlar los recursos naturales de su zona, pero el proceso de autonomía está inconcluso y falta delimitar los territorios.

La naturaleza tiene la virtud de proveer a la gente casi todo lo que necesita, desde madera, agua, lluvia, peces, animales, aves, flores y plantas.

Ha sido tradición de los miskitos nicaragüenses cultivar frijoles en territorio hondureño, para evitar que los animales domésticos se coman las plantas.

La situación de salud es peor porque carecen de medicamentos. Ellos dicen que el gobierno casi nunca les brinda atención sanitaria y los líderes políticos sólo se les acercan cuando quieren ser elegidos para tomar el poder.

Cuando hay desastres naturales y la gente se está muriendo, los gobernantes se ausentan, asegura la gente en las comunidades, donde prevalecen la diarrea, los males respiratorios, la malnutrición y los parásitos. Los niños tienen grandes “panzas” y muchos han muerto por ataques de parásitos.

“Si se sienten enfermos, la mayoría de la gente va a un curandero, como Bernardo, para que les den plantas, porque los hospitales están vacíos, tienen poco qué ofrecer”, comenta el médico Porfirio Rodríguez.

“Todavía tenemos algunos jardines con plantas medicinales y las trasplantamos a lugares más altos, porque el agua aún contamina y las vacas y los cerdos están muriendo. Peor, ahora también los niños mueren”, dice Bernardo.

Fuera de las casas, sólo se puede caminar sobre el agua y el lodo. La inundación se ha quedado.

LA SEÑAL DEL CLIMA

El Río Coco forma un borde natural con Honduras pero el clima no reconoce fronteras. Los cauces han cambiado de nuevo. La zona está llena de minas que hasta flotan en el río. Grandes palmeras también flotan en el lodo y en algunos casos sólo se ven las copas de los árboles de ceiba. El clima les está diciendo algo.

-El médico Porfirio Rodríguez confirma que la situación en Río Coco ha empeorado. Las estadísticas muestran el incremento de las temperaturas en la zona norte caribeña. El clima ha cambiado y ahora llueve más.

-“Donde el bosque ha sido cortado o erosionado, la tierra no puede absorber el agua”, explica Rodríguez. El agua sólo fluye de las montañas y arrasa con la tierra y las piedras, los ríos se llenan rápido y cada tormenta tropical se vuelve un desafío para las comunidades miskitas, porque el Río Coco se sale de sus bordes.

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