Edgard Rodríguez C. [email protected]
No puedo ocultar la admiración que me provoca la actitud de Adalid López, aunque, a la vez, lamento profundamente las dificultades que han rodeado a nuestra Selección Nacional.
A Adalid lo conocí desde sus días como pelotero del béisbol juvenil especial. Siempre taciturno, bravo en su juego, con un talento moderado, pero con las agallas que a menudo identifican a los jugadores sureños.
Después lo observé en primera división, tras la salida de Tomasito Mendoza en las paradascortas. Su juego era sobre todo defensa y mucha agresividad. Sin embargo, su carrera acabó pronto y se inició como mentor desde las ligas pequeñas.
“Dice que su sueño es llegar a dirigir el Rivas”, me dijo Martisabel Barrios, la conocida activista de esa ciudad, mientras se gestaba el retorno del equipo a la pelota superior. Debo confesar que me pareció muy joven para el reto, pero probó lo contrario.
Luego comprobé que no sólo dominaba el juego, sino que, además, lograba mantener unido al equipo e imponía autoridad sin llegar al irrespeto.
“Cuando no le gusta la actitud de un jugador, le decía a José Molina (su coach): ‘Sacalo, así no se juega esta cuestión’”, me ha dicho Pedro Torres.
Después de llevar al Rivas a la Serie Final contra la maquinaria que había armado Alex Centeno en el Norte, Adalid no pudo avanzar mucho al año siguiente, pero el año pasado, sacó al San Fernando de la tumba y casi lo clasifica ante el asombro de todos.
Fue nombrado mentor de la Selección Nacional y, de esa forma, alcanzaba un sueño desde su paso al plano direccional. Sin embargo, el clima de intrigas que reina en el equipo y en su superestructura lo han obligado a renunciar hace unas horas.
Adalid renuncia a su sueño porque no desea conseguirlo a costa de traicionar sus principios morales. Se va porque fue infructuoso su esfuerzo para establecer el respeto como elemento articulador entre los técnicos y la administración del equipo.
“Es uno de los mejores managers que yo he tenido. No necesita gritar para que lo respetemos”, me dijo Henry Roa la semana pasada. Tampoco necesita hacer intrigas para ganarse puestos. Se los gana como hombre, con honestidad y pasión por su trabajo.