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El viaje comenzó a eso de las 8 a.m., cuando Juan Lorenzo Holmann, Fabio Robelo, el capitán Ernesto Mora, el marinero Víctor Cortéz y yo zarpamos de San Juan del Sur en la embarcación “Minni-Winni”, y nos dirigimos al área de pesca conocida como Las Cocineras, una península deshabitada que termina en varios islotes, a 25 millas náuticas al sur y a un poco más de una hora a velocidad de crucero.
El tiempo estaba calmo, un poco entre nubes pasajeras, y desde el principio comentamos que el agua estaba perfectamente azul. En este momento surgen en la mente las ilusiones de un gran día de pesca, que lo hace a uno soñar y transportarse a otro lugar que a uno mentalmente lo desconecta, dando una sensación de tranquilidad.
El bote se desplazó a 22 nudos, y con las condiciones atmosféricas, hizo el viaje agradable, aunque poco tiempo antes de llegar, justo en el área conocida como El Codo —un cabo que en su punta tiene una piedra sólida de colores que van de negros a grises oscuros, de origen volcánico—, las condiciones del mar cambiaron a olas de mayor tamaño, provocadas por el choque de corrientes.
Al llegar, los pájaros estaban activos y revoloteando en la superficie, comiendo sardinas, y bajo ellos, un cardumen de atunes cola amarilla estaba remolineando. Tiramos las cuerdas al agua, y acto seguido el carrete de Juan Lorenzo empezó a chillar, empezando así la acción del día… en menos de una hora, ya entre todos habíamos sacado seis, que por el tamaño teníamos la caja a más de la mitad de capacidad.
Acordamos que nos moveríamos a otro tipo de pesca, y es así como tiramos carnadas para trolling, buscando un pez vela. Al poco tiempo, y no tan largo de la mancha de atunes, un dorado apareció a una gran velocidad rayando un circulo en la calma y transparente superficie del agua, y como una bala se tiró sobre el bally hoo de la caña Penn 16 con cuerda de 20 libras que llevaba Fabio Robelo C., iniciando una pelea que entre corridas de varias yardas y saltos espectaculares duró como 35 minutos.
El dorado, haciendo alardes de energía y todavía lleno de vida, se le escapó tres veces al gancho accionado por Víctor, posiblemente porque la tensión de la cuerda era de sólo 5.5 libras, y contrario a la condición de su pescador, que se notaba visiblemente cansado y sudando. “Ésta sí fue una pelea linda, ya me tenía cansado”, exclamó.
Continuamos cerca de las piedras, allí agarramos un atuncito negro, mucho más pequeño que los que habíamos pescado, y lo armamos como carnada viva en la 80. Las condiciones estaban óptimas para un animal grande y lo anduvimos paseando por un buen tiempo, hasta que se encuevó, por lo que tuvimos que reventar la cuerda (algún pez lo agarró y después lo soltó, matándolo en el acto). Continuamos troleando, le dimos varias vueltas a las islas, y como a las doce del día cambiamos de área y nos dirigimos mar adentro, empezando a una profundidad de unos 240 pies, con la expectativa de encontrar más dorados, o un pez vela y cualquier otra cosa que saliera.
Cambiamos a carnadas más grandes con sólo Bally Hoo, armados en Hawaian Eyes, y también decidí poner en la caña 80, un artificial grande para marlin. La velocidad del bote se mantuvo a 7 nudos y medio, lo que con lo calmo del mar hacía que las carnadas funcionaran bien. Fabio y yo nos subimos al puente del bote, y estábamos comentando al compás de una cerveza, que si se acercaba algo al Kona artificial que venía en el cañón sería algo grande, porque la acción que venía haciendo era espectacular.
Pocos minutos habían pasado cuando tres dorados cayeron simultáneamente sobre las líneas, entre ellas la que traía el Kona artificial. Los dorados eran pequeños. Los sacamos, calculamos que andaban por entre las seis y las ocho libras, y seguimos pescando. Regresamos al puente, y habían pasado como quince minutos cuando instintivamente, chequeando los señuelos, sentí que algo en el de atrás no estaba correcto. Me quedé viéndolo, y teniendo una mejor visión divisé una gran mancha negra que venía detrás del señuelo.
¡Es un Marlin!
Pensé que era un pez vela, pero cuando comenzó a sacar la gran aleta y seguidamente el pico, “¡es un marlin el que viene”!, grité. El animal venía siguiendo al artificial, se puso un poco de lado y lo atacó. Salté casi sin pasar por los peldaños de las escaleras a agarrar la caña, al momento en que la chicharra del carrete comenzó a sonar de una manera fuerte y sostenida. Me costó sacarla del portacañas del bote para colocármela en el del cinturón de pelea. El señuelo se le había clavado en el pico. La cuerda del Penn 80, siguió saliendo a gran velocidad, le soqué el breque y el marlin empezó su furiosa lucha por soltarse del anzuelo.
Era la 1 p.m. casi exacta. Pasaron como tres a cinco minutos halando casi la mitad del carrete, a unas catorce libras de presión. De pronto, la cuerda dejó de salir y el carrete de chirriar. Me entró una gran preocupación y reaccioné, “¡Adelante, capitán, que viene para acá!”, grité, al mismo tiempo que enrollaba la cuerda con la doble velocidad, apoyándome en el transom del bote. Al minuto pude respirar nuevamente, al recuperar la presión en la cuerda, pero con un gran susto al ver saltar un enorme marlin frente al “Minni-Winni”, un Bertram 28.
De nuevo vi cómo la cuerda siguió desenrollándose del carrete y profundizándose en las oscuras y azules aguas. La profundidad según el sonar era de 340 pies. No había razón de desesperarse, el animal estaba pegado y nos preparamos para una batalla campal. “Víctor, traeme el arnés que esto va para largo, pero lo voy a sacar de pie”, dije, ante la ausencia de una silla de pelea especial. Esto, obviamente, fue dicho subestimando al animal, ya que a la hora me tuve que sentar en una de las sillas de pesca que andábamos, y desde ahí, con el portacañas que tiene instalado, continué con la pelea.
¿Cuánto pesa?
“Saquen la cámara”, dije, y Juan Lorenzo y Fabio comenzaron a tomar fotos y a filmar. Sabíamos que el pez era grande, y comenzamos con los pronósticos. “Ese marlin anda mas de las 500 libras”, vaticinó el capitán Ernesto Mora, alguien que dentro de nuestra experiencia ha pegado bien cerca con los estimados de peso de los pescados. Juan Lorenzo y Fabio no podían creer lo que estaba pasando, y también comenzaron a hacer sus cálculos.
“Yo no lo vi muy bien, sólo el remolino”, “yo sí lo vi y era un monstruo”, conversaban. Cuando el marlin halaba, el capitán retrocedía el bote a gran velocidad. Mucha agua entraba sobre el transom salpicando a todos los que estábamos en el área de pesca. Suerte que el mar estaba calmo y no se veía venir ninguna tormenta. La pelea continuó, pasaron unos delfines jugando, y después una tortuga que flotaba tranquila acercándose peligrosamente a la cuerda que estaba tan tensa como la de una guitarra.
Para este momento ya había subido la presión a unas 20 libras. “Apartémonos de la tortuga, capitán”, indiqué, y ésta, al percatarse que estaba cerca del bote se asustó y se sumergió nadando hacia la profundidad, con la suerte de que no tocó la cuerda.
Si lo hubiera hecho, habría sido el final. Ya ha ocurrido varias veces, y mi temor era ese. La pelea duró como 3 horas y media. Mientras tanto, Juan Lorenzo y Fabio se dedicaron a preparar un sashimi con uno de los atunes cola amarilla frescos que recién habíamos sacado. Se lo comieron entre el capitán Mora y ellos dos. Víctor no quiso y yo no pude probar bocado porque estaba en la pelea, y con el esfuerzo que estaba haciendo, me dio miedo.
El enorme marlin hizo varias corridas siempre hacia lo profundo, llevándose las tres cuartas partes del carrete, unas 600 yardas. Regresó hacia la superficie recuperando parte de la línea, pero poco a poco el pez dejó de halar. Comenzamos a hacer círculos alrededor de donde estaba sumergido para cansarlo y forzarlo a subir. Tratamos de halarlo con el bote hacia adelante y atrás, pero lo único que hacíamos era perder la línea y recuperarla después, quedando en nada. Pronto llegamos a la conclusión de que el pez había muerto. Habían pasado ya tres horas.
Comenzamos a probar maneras de subirlo, pero con ese peso muerto y la presión casi al máximo en 23 libras, teníamos el temor de que la cuerda se reventara. Todos comenzamos a idear maneras, hasta que resolvimos que poco a poco, siempre el pescador manteniendo la caña y carrete con su arnés, usando la espalda de alguien para apoyar la caña y subir el peso muerto, enrollando al mismo tiempo el carrete sin dejar que se regresara la cuerda, fuimos poco a poco, pulgada a pulgada, ganando pequeñas cantidades de línea.
Así pasaron primero Juan Lorenzo, Fabio después y Víctor por último. La última parte, ya estando cerca de la superficie fue más fácil, ya que el peso a medida que está menos profundo, disminuye. Salió la doble cuerda y después el líder, y de pronto el enorme marlin. Nos acercamos rápidamente para engancharlo con el fly gaft, una especie de enorme anzuelo amarrado con un mecate. Las voces que se oyeron eran de gran emoción y sorpresa. Alguien dijo: “¡Es enorme!” Otro exclamó: “¡Es un monstruo!” No podíamos ni siquiera acercarlo a la plataforma trasera, por lo que Fabio, en un acto intrépido en esas profundidades, se tiró al agua con una máscara de buceo para amarrarlo mejor.
La plataforma era muy pequeña para el ancho del pescado. También era muy corta para su largo, ya que se salía menos de la mitad. Eran las cuatro y media, el sol se estaba ocultando, y desde tierra se acercaban unas nubes, presagiando tormenta, la que seguramente nos iba a tocar. Nos tomó una hora poder resbalar el pescado a la plataforma para subirlo y después amarrarlo precariamente porque no alcanzaba.
Ya viéndolo bien, lo identificamos como un marlin negro, por el movimiento de sus aletas pectorales, que no se pueden mover hacia atrás. El viaje de regreso lo iniciamos como a las seis, y sabíamos que iba a tomar un poco más de lo usual, por el peso del animal y porque venía arrastrando el pico y la cola, haciéndole presión. Poco después, como a los veinte minutos, el animal se soltó y cayó al agua, reiniciando la operación de montarlo y asegurarlo en la plataforma. Finalmente, llegamos a San Juan del Sur. Ya estaba oscuro.
Una llamada de celular había alertado a nuestros familiares. Seguidamente la noticia se regó como pólvora, y muchos amigos se fueron al muelle. Los que estaban cerca del borde no podían creer lo que estaban viendo. Los flashes de las cámaras disparaban constantemente. La grúa ayudó a subir el animal y depositarlo en el concreto del muelle. Bobby Harding se fue a traer la cinta métrica, y con la ayuda de Leandro Chamorro y Martín Bárcenas, miembros de la Junta Directiva de la Asociación de Pesca Deportiva de Nicaragua, midieron el animal. Yo no podía creer lo enorme de su tamaño, y emocionado trataba de compararlo, recordando las fotos de uno anterior, un récord en Nicaragua, de 767 libras, que sacamos en el mismo lugar en 1992, y deduciendo por la altura de la aleta dorsal hasta el piso, y lo ancho y redondo del cuerpo, me di cuenta que andaban cerca.
La medida desde el pico inferior de la boca al centro de la cola fue de 10 pies y 3 pulgadas, y el diámetro mayor fue de 5 pies y 8 pulgadas. Después de tomar las medidas y usar la fórmula, el peso oficial que dio fue de 710 libras.
Tan pronto como el gentío se terminó de tomar una gran cantidad de fotos con todo el mundo ahí presente, adultos y niños, el pescado comenzó a ser destazado. Los filetes eran como de 12 pulgadas de alto. Ese día, bastante gente comió marlin en San Juan del Sur. Y nosotros nos fuimos a celebrar con un fresco steak de marlin a la parrilla.
BLACK MARLIN
-Otros nombres comunes: marlin blanco (Japón), marlin plateado (Hawaii)
-Récord actual de IGFA: 1,560 libras, Cabo Blanco, Perú, 4 de agosto de 1953.
Mandibula: curveada hacia abajo y en forma de gancho.
Aleta dorsal: retractable.
Aleta pectoral: no retractable.
Rango normal de temperatura del agua: 70° F a 86° F (21° C a 30° C).
Reproducción: marlin negro macho raramente pasa de las 300 libras.
¿Dónde buscarlo?
-Esto ocurre en las áreas tropicales de los océanos Índico y Pacífico. En las áreas tropicales la distribución es desperdigada, pero más continua en las aguas de mar abierto; es más denso en las áreas costeras y cercanas a islas. Aparece rara vez en aguas templadas.
-El marlin negro puede ser identificado rápida y positivamente, ya que es el único marlin que tiene las aletas pectorales que no se pueden plegar hacia el cuerpo sin quebrarle las articulaciones. También se distingue por la forma aereodinámica de las aletas pectorales y por unas aletas ventrales muy cortas, que nunca llegan a pasar de 12 pulgadas, sin importar el tamaño del animal.
-La línea lateral, que es raramente visible en adultos, es una fila recta y doble de porosidades. La primera aleta dorsal es proporcionalmente la más baja de todos los peces de espada, usualmente menos del 50 % de la profundidad del cuerpo. El cuerpo es lateralmente comprimido en vez de redondo, mucho más que en el marlin azul de un tamaño similar.
Multicolor
-El color del cuerpo es azul pizarra en el dorso, cambiando abruptamente a un blanco plateado debajo de la línea lateral. Cuando está cazando o saltando, el marlin negro puede mostrar rayas verticales de color azul claro a ambos costados. Variaciones ligeras de color causan que algunos especímenes tengan un brillo plateado en el cuerpo.
-Un pez altamente cotizado en la pesca deportiva, el marlin negro tiene fuerza, tamaño y persistencia de la que los pescadores sueñan. Su dieta consiste en calamar y peces pelágicos. Los métodos de pesca incluyen el trolling con carnadas enteras (macarelas, atunes, peces voladores, calamares y otros) o con señuelos artificiales. La carnada viva también es efectiva.
-Pelear un marlin negro es probablemente la prueba máxima de un pescador, su equipo y su tripulación. El marlin negro es conocido por corridas extremadamente rápidas en la superficie, seguidas de largas y profundas sumergidas.
Tomado de WWW.marlinmag.com