Pitahayas tamaño “king size” y entre ellas la sonrisa infantil de Karen Elizabeth, la nieta de doña Delis Quiroz.

La ruta púrpura de las Pitahayas

Mario Fulvio [email protected] ¿Por qué perder un día tan precioso? “Entotorotados” y muy dispuestos iniciamos la “Expedición hacia las Piñas y Pitahayas”. Atrás dejamos Ticuantepe y La Borgoña, más adelante comenzamos a subir la serranía que lleva hacia la meseta de La Concha. Por la izquierda contemplamos la hondonada enorme del cráter del milenario Ventarrón, […]

Mario Fulvio [email protected]

¿Por qué perder un día tan precioso? “Entotorotados” y muy dispuestos iniciamos la “Expedición hacia las Piñas y Pitahayas”.

Atrás dejamos Ticuantepe y La Borgoña, más adelante comenzamos a subir la serranía que lleva hacia la meseta de La Concha.

Por la izquierda contemplamos la hondonada enorme del cráter del milenario Ventarrón, en su centro emerge el sombrío complejo del Volcán Masaya fumando por el Santiago bocanadas de azufre que tornan grises las nubes blancas.

Tierras privadas de Vulcano, agrestes, telúricas, desierto negruzco de rudo malpais.

Al borde derecho se aprecia otro valle que está dentro de la herradura que forman la parte oriental de las sierras de Managua y las primeras cárcavas de la meseta que comienza en La Concepción y se prolonga hacia diversos lugares de Masaya y Carazo.

Un alto en el camino de Los Velásquez y San Ignacio para conversar con el campesino Leonel Aguirre y con su hijo Santos. La pitahaya es una planta parásita, y para desarrollarse necesita ser sembrada junto a un árbol de elequeme.

El elequeme le sirve de apoyo, pero no debe crecer más que la pitahaya. Los campesinos están podando las hojas y ramas que dan sombra excesiva al cactus.

Doña Delis Quiroz y don René López son productores de ese lugar. Cultivan las variedades “Orejona”, “Chocoya” y “Rosa”. “Esta tierra es privilegiada, podemos sembrar pitahaya en cualquier temporada, pero de preferencia en marzo, al año obtenemos la primera cosecha, la mejor es la del tercer año, pero sigue dando por muchos años. Hay que cultivar con guantes porque las espinas son muy enconosas y es fácil espinarse”.

Dejamos a los productores de altura, bajamos por el sendero de El Corozo hacia el Valle del Edén. El nombre es apropiado y quizás se queda corto.

Ahí los caminos bajan, suben, doblan y regresan entre intrincadas cañadas y desfiladeros. Caminamos entre lomas, ojos de agua purísima y quebradas caprichosas por donde se desboca el viento cargado de esperma vegetal destinada a fecundar el vientre de la tierra.

Ahí todo es verdor. Desde las alturas nos saludan solemnes las copas de las ceibas, los guanacastes, los guásimos y madroños. Más cercanos el verde jade nim, la acacia, el plátano, las flores blancas de las espadañas y los tigüilotes con sus racimos de nácar.

Los bordes del camino están bordados con diminutas margaritas de oro, de esas que deshojaba la Margarita Gautier de Rubén para saber si era amada o no.

Las nubes pasan en racimos grises y van diciendo adiós con sus pañuelos blancos, de repente como saetas salen del follaje y atraviesan el valle dos bulliciosas urracas mientras decenas de oropéndolas se mecen nido arriba.

Pasando entre geranios, banderas españolas, gencianas, disciplinas, jazmines y amapolas llegamos en El Chorro a la estancia de don Alfonso Flores López. Nos da nuevos consejos sobre el cultivo de la pitahaya púrpura.

Afirma que ahí vive feliz con su feliz familia.

¿Y así quien no?

Aquí está el verdadero Paraíso de Mahoma.   

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