- Grandes marcas compiten con el esfuerzo de vender el “Conchita”
Mayda Isabel Meléndez [email protected]
Con cada sorbo de humeante café orgánico producido en su finca “El Lucero”, en Masaya, doña Esther Mendioroz de Sánchez se remonta a los tiempos de su niñez, tiempos aquellos en que aún la hacienda San José no se había desmembrado y ella, con sus colochos dorados al viento, corría en compañía de sus hermanos.
Ahora son otros tiempos. Ahora cuida lo más que puede el terruño por sentimentalismo, pero también porque aún cuando la producción de café enfrenta una terrible crisis debido a la caída de los precios internacionales, no se atreve a deshacerse de la propiedad pensando en sus trabajadores, los cuales llevan faenando allí cuatro décadas.
“Uno no puede ser tan egoísta de pensar sólo en uno. Es duro ver cuántas necesidades pasa la gente del campo, se me encoge el corazón. Cuando llego, llevo cosas para hacer una sopa y me siento con ellos a comer y platicar, porque no sólo se trata de darles un salario, sino también sentimientos”.
VENDER PARA INVERTIR
En varias ocasiones, durante sus tiempos noveles, le tocó invertir su salario para el mantenimiento de la propiedad. Pero los tiempos cambiaron y ya retirada del diario trajín que la vida profesional requiere, sintió la necesidad de buscar otros ingresos para el mantenimiento de la plantación que tan buenos recuerdos le trae.
Aunque desde hace más de una década vende café molido a sus amistades, no fue sino hasta hace unos seis meses que comenzó a empacar el producto en presentación de una libra.
Así nació el “Café Conchita” —nombrado así porque la finca está en La Concepción, Masaya— y así empezó el empeño de comercializar el café para obtener ingresos que le ayuden a mantener en pie los cafetos de la plantación.
Pero nada. El intento de hacer “una empresa seria” no ha dado los frutos que se requieren y visiblemente triste, doña Esther reconoce que es sumamente difícil competir con las marcas ya establecidas en el mercado.
Perseverante en su propósito, ha visitado supermercados, hoteles e instituciones y en todas ha recibido las mismas respuestas: prefieren marcas reconocidas o tienen sus dudas sobre la calidad del café producido en el Pacífico.
ESFUERZO CONTINÚA
Doña Esther asegura que los niveles de venta andan entre las 200 y 300 libras mensuales, pero esto le facilita vender un café recién tostado. “No me gusta tostar cantidades, para que se mantenga fresco, generalmente tostamos según los pedidos”.
Parte de sus planes para incrementar las ventas, es, antes que finalice el año, tener una nueva presentación: sobrecitos para beber una taza de café. El siguiente paso será buscar una alianza estratégica con alguna empresa que ya tenga establecida su ruta de distribución para llevar su producto a las pulperías. Por último está lanzar un nuevo empaque, siempre de una libra.
“Tengo mis raíces y mis recuerdos en el café”, asegura. Y es que la pequeña finca cafetalera que ahora posee ha pertenecido a la familia por espacio de un siglo. Antes era parte de un todo: la hacienda San José, que pertenecía a sus abuelos maternos. Con la muerte de éstos, la propiedad se desmembró en tantas fincas como hermanos eran. Ella decidió nombrar “El Lucero” a la suya.
Pero resulta que su niñez no es la única etapa que le trae gratos recuerdos de la hacienda San José: en la propiedad colindante conoció al que hoy es su esposo, que ahora es dueño de la finca “Las Mercedes”, con el que procreó cinco hijos.
Con una sonrisa que denota un poco de timidez asegura que “allí lo conocí a él”. Doña Esther dice que algún día la propiedad quedará completamente en manos de sus vástagos, pero mientras esto no suceda, continuará haciendo todo cuanto pueda porque “El Lucero” continúe resplandeciendo.