Las otras temibles agrupaciones de irregulares son los paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia, cuyas fuerzas podrían llegar a los 8,000 hombres en todo el país.

Recuerdos del “desmadre”

Eduardo [email protected] La primera vez que llegué a Bogotá el ambiente estaba tan enrarecido como ahora. La revista Semana hablaba de cómo los colombianos se encontraban “muertos del miedo” por la ola de violencia que se estrellaba contra el país. Un manual antisecuestro era el “best seller” del momento. Al llegar a Colombia, la segunda […]

Eduardo [email protected]

La primera vez que llegué a Bogotá el ambiente estaba tan enrarecido como ahora. La revista Semana hablaba de cómo los colombianos se encontraban “muertos del miedo” por la ola de violencia que se estrellaba contra el país. Un manual antisecuestro era el “best seller” del momento. Al llegar a Colombia, la segunda noche de febrero de 2000, mi incertidumbre aumentó cuando el vuelo procedente de Managua arribó al aeropuerto Eldorado y circuló en la pista durante cuarenta y cinco minutos, sin causa conocida.

Camino al hotel, sobre la Avenida Eldorado, Bogotá lucía mal iluminada por la pálida luz amarilla del alumbrado público. Vi los moteles con sus luces de neón, los edificios de apartamentos de ladrillos rojos, el búnker de la Embajada de Estados Unidos, la ciudad dormida y cubierta por la bruma permanente. El taxi se desplazó hacia el centro de la ciudad, con sus torres de cristal como un símbolo de modernidad, para luego dirigirse sobre la carretera séptima hacia el sector de Chapinero Alto. Al llegar al Hotel “Terrazas del Este” me enteré de la razón por la que el avión se había retrasado en la pista: un grupo guerrillero había secuestrado un vuelo local, complicando el tráfico de vuelos internacionales. Los noticieros irradiaban pánico con la información.

Con el transcurso de los días fui comprendiendo que el miedo era un asunto cotidiano en Bogotá. No tome taxi en la calle, evítese el “paseo millonario” —donde uno sale sin un centavo en el bolsillo y el taxista aumenta su patrimonio—. Que no hable con extraños. No hable, mejor dicho. Son consejos cotidianos con una máxima común: “No dé papaya”, es decir, no confíe ni en su sombra… Bogotá, la ciudad que Rubén Darío consideró la “Atenas sudamericana”, vive de espaldas al conflicto, arde de actividad artística. Es tal el contraste, que en Bogotá se puede apreciar cinco siglos de pintura europea así como comprar un RPG-7 en el mercado negro de armamentos.

La desconfianza está justificada por los diferentes tipos de violencia que destrozan a Colombia. La de los narcos, los sindicatos del crimen, de la guerrilla, de la delincuencia común y los paramilitares. Desconfiar se ha convertido en un asunto de sobrevivencia. No es para menos. Colombia inició el siglo XX desangrándose por la guerra civil de los “Mil Días”, que duró tres años como su nombre lo indica. El corte de corbata, que dejaba colgando la lengua de la víctima por fuera de su cuello, es un símbolo de la época. Las guerras del coronel Aureliano Buendía, el mítico guerrero de Cien años de Soledad, están inspiradas en esta realidad histórica. Al terminar el siglo XX, Colombia continúa hundida en una espiral de violencia política.

Hay un hilo sangriento que atraviesa la historia de Colombia desde la llamada Guerra de los Mil Días (1899-1902) —que fue precedida por tres guerras civiles nacionales (1876-77, 1885-86 y 1895)— hasta la violencia del narcotráfico, la ola de narcoterrorismo de Pablo Escobar y la violencia política de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el paramilitarismo.

Entre 1946 y 1953, período conocido como “La Violencia”, los conflictos campesinos provocaron alrededor de 194,000 muertos, según el investigador Paul Oquist. Otras fuentes dan veracidad a la cifra de 300,000 muertos durante esos 21 años de violencia. Esa es la misma cantidad de muertos que, según dicen algunos, dejó la violencia de Pablo Escobar.

En Bogotá hay una expresión que sintetiza el estado de ánimo nacional: “Nos vamos de rumba mientras el país se derrumba”. La fiestas son fragorosas cada viernes en Bogotá. Alguna vez Gabriel García Márquez dijo que resulta imposible que una reunión de al menos seis colombianos o colombianas, no termine en baile. A los guerrilleros de las FARC se les podía ver bailar vallenatos en los noticieros los días de descanso en la Zona de Distensión, creada durante los diálogos de paz del gobierno de Andrés Pastrana. Si se morirá pronto, hay que vivir la vida, es el razonamiento común. También hay un ansia por aparentar que las cosas que ocurren no están fuera de la normalidad. La violencia es una sombra silenciosa que ya forma parte del paisaje. “Hemos estado peor que ahora”, me decían varios amigos en Colombia, “la era de Pablo Escobar sí fue dura”.

Pablo Escobar, después de Gabriel García Márquez, probablemente sea el colombiano más famoso en el mundo. Escobar instauró un reino de terror en Colombia gracias a sus métodos infalibles para presionar al gobierno y de pasar cuentas: hizo estallar en el aire un vuelo comercial de Avianca en un atentado contra el ex presidente César Gaviria, junto a los Extraditables mandó a matar a cuatro candidatos presidenciales en los comicios de 1989, le puso precio a la cabeza de los policías de línea, provocando una feroz competencia entre sus sicarios, voló el edificio del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), y motivó la persecución más despiadada de la historia en contra de criminal alguno.

A Pablo Escobar, Estados Unidos lo persiguió en Medellín con la Fuerza Delta, comandos especiales expertos en golpes quirúrgicos. En algún momento de la cacería hasta 17 aeronaves sobrevolaron Medellín simultáneamente para interceptar las comunicaciones del capo.

Bautizado como un “Robin Hood paisa”, Pablo Escobar corrompió con su dinero a personas de todas las esferas sociales de Colombia. En su hacienda Nápoles, se hizo construir un imperio de fábula y un zoológico privado con animales salvajes traídos desde África. Una vieja avioneta, que había transportado los primeros kilos de cocaína era el emblema que recibía a los visitantes.

En Colombia se habla de terrorismo desde hace veinte años. La primera portada de la Revista Semana, del 12 de mayo de 1982, tituló: “Terrorismo: qué hay detrás”. La década de los ochenta fue siniestra. La guerrilla urbana del Movimiento 19 de abril (M-19) llevó a cabo operaciones que estremecieron al establecimiento: se robaron la espada de Bolívar, saquearon una bodega de fusiles de un cantón militar sin que nadie se enterara, secuestraron al embajador de Estados Unidos y otros más —como al entonces embajador mexicano en Bogotá, Ricardo Galán— durante la toma de la Embajada de República Dominicana; y, finalmente, tomaron por asalto el Palacio de Justicia, en una conflagración que aún hoy estremece a todos los colombianos. Durante la toma del Palacio murieron más de cien personas, entre magistrados de la Corte Suprema de Justicia, militares y guerrilleros. “El primer recuerdo de mi infancia fue un hongo rojo que se veía desde el Palacio de Justicia”, me decía una compañera de clases en Bogotá. El asalto al Palacio de Justicia fue una versión de horror de la toma del Congreso que protagonizó el FSLN en 1978.

Eduardo Pizarro Leongómez, académico de la Universidad Nacional de Colombia, es uno de los expertos en el tema de la violencia en Colombia. Hermano del fundador y líder del M-19, Carlos Pizarro Leongómez e hijo de un Almirante de la Armada colombiana, sostiene que “hemos pasado, en escasos veinte años, de una situación preocupante de violencia a una situación angustiosa de hiperviolencia”.

Según el autor, “la violencia en Colombia se caracteriza no sólo por la multiplicidad extrema de las formas y actores responsables de la violencia, sino, además, por su retroalimentación mutua y sus altos niveles”. Pizarro se refiere a la violencia de la guerrilla, paramilitar, del narcotráfico y de la criminalidad común. Es una realidad opresiva. Lo que hace posible sobrellevarla, es la infaltable “mamadera de gallo” (jocosa tertulia) en lo que son especialistas los colombianos. Ni semejante “desmadre” se escapa.  

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