Angeles Bermúdez Pérez
Tras haber vivido 7 años en Washington D.C. y 21 en Europa, entre Londres, Biarritz y San Sebastián, estoy siendo testigo con estupor del comportamiento indigno de ciertos ciudadanos. Me parece lacerante y ultrajante que en la Asamblea Nacional esté sentado como presidente una persona que no fue elegida por el pueblo y que le ha hecho y le está haciendo tanto mal a Nicaragua. Si bien es cierto que sus obras no fueron palabras, su comportamiento no justifica su presencia como jefe del Legislativo: es un obstáculo para nuestro país, es un freno para la inversión, es una vergüenza para la transparencia que con tanto anhelo buscamos y ansiamos los nicaragüenses. Al paso que vamos, Nicaragua seguirá estancada y el gobierno de don Enrique, por quien votó la gran mayoría de la población de este país el pasado 4 de noviembre, no arrancará con su presencia en el Parlamento. Por eso le pregunto: ¿dónde está su dignidad? Debe renunciar de una vez por todas, y no debe escudarse en la inmunidad, que en este país se ha convertido en sinónimo de impunidad. Poder irse con la frente en alto y no con la vergüenza de ser juzgado ante los tribunales, porque si hay justicia en este mundo, él debe ser castigado y pagar todo el mal que le ha hecho a este país, es necesario que deje en paz a Nicaragua para que progrese y sea un país menos pobre, donde se creen fuentes de trabajo y la gente viva con dignidad, tranquilidad y sobre todo en democracia.