Wilder Pérez [email protected]
En el cuartel de estudiantes del cuarto año del Centro Superior de Estudios Militares (CSEM), esta semana no imperó la disciplina castrense. Ahí uno encontraba zapatos tirados, uniformes sucios y maletas que naufragan entre sábanas desordenadas sobre sus camas.
Si se hubiese presentado una situación de emergencia, las órdenes que la “compañía” recibirían no serían de actuar, sino de esconderse bajo los catres. En vez de camufladas, sus vestimentas eran vistosas, por infrarrojos tenían gafas, sus botines tenían uñas bajo las suelas y sus armas eran bates de béisbol.
Desde luego, no eran militares, sino el grupo de 84 niños con sus dirigentes, que conformaron los seis equipos participantes en el XXXVI Campeonato Latinoamericano de Béisbol de Pequeñas Ligas. Ellos se hospedaron en CSEM como parte del apoyo que reciben de la institución castrense.
Entrar a ese cuartel era como ingresar al cuarto de un adolescente, con su desorden tradicional, pero multiplicado por ¡cien! Todas las camas estaban unidas para que los chavalitos que dormían en las de arriba no se cayeran. Por eso, las únicas que se diferenciaban del resto eran las de Nicaragua y El Salvador, la razón: sus maletas eran las más modestas.
LA RUTINA
Diariamente los jovencitos se despertaban antes de que el propio sol terminara de “estirarse”. Unos porque no están acostumbrados al horario de Nicaragua, otros porque vienen de “provincias”, y el resto por la bulla de los demás.
Por niños que fueran, su mente al amanecer estaba clara. Sólo pensaban en ganar el próximo encuentro. Se bañaban, desayunaban, lavaban sus ropas, entrenaban y se marchaban al campo si el juego era por la mañana.
Si el partido se daba en la tarde, aprovechaban para realizar sus juegos preferidos. Los salvadoreños jugaban al fútbol. Mientras que Nicaragua “B”, Chinandega, se la pasaba jugando “monedas” con el poco dinero que les dieron sus padres.
Otros se dedicaban a cortar frutas de los árboles o jugar cualquier otro deporte. Dado que se trata de un campo militar, únicamente podían moverse entre el cuartel, el bar y los campos deportivos.
Pero no tenían mucha experiencia en hacer amistades con extranjeros. Cada uno permaneció con el grupo de su país. Así que el momento de mayor interacción era el que le sigue a la cena.
LA BUENA HORA
Una vez que todos terminaban sus compromisos deportivos, se reunían para cenar a las 7:00 p.m. Entonces seguían divididos los seis grupos en dependencia de sus nacionalidades, pero “se volaban la barda” antes de acostarse.
Diariamente intercambiaban regalos ordenados por equipos. Platicaban, aunque sin llegar al seno de la confianza, y realizaban alguna broma u ocurrencia, algunas de las cuales llegaron a supuestas discusiones, ya que todos los equipos coincidieron en que los niños panameños son “lucidos” (presumidos), aunque éstos se defendieron diciendo que únicamente respondían a provocaciones de los venezolanos.
Lo importante es que todos se sintieron bien participando en el Latinoamericano. “Nadie se acuerda de la familia, nos sentimos bien aquí, nos gusta el país”, dijo Inmar Luna, de El Salvador.
En esto coincidieron todos los atletas, algunos de los cuales se alistaban para ir un día de éstos al cine. Todos lloraron por la derrota, pero sus lágrimas se secaron solas al sentir el calor de la gente nicaragüense.
CAOS
Los colombianos tuvieron problemas con algunos platillos nacionales. El equipito provenía de la ciudad costeña de Barranquilla, y extrañaron los mariscos. Los niños nicas, que traen el güegüense en la sangre, dijeron que a los extranjeros “no les gustan los frijoles, sólo las comidas tuanis”.
Mientras, los panameños sintieron salada el agua de la laguna de Asososca, por lo que dependieron únicamente de la que les proveyó la organización del campeonato.
Los nicaragüenses no aguantaban los desvelos. Dijeron que panameños y colombianos no los dejan dormir por la forma en que platicaban. “Ellos, en especial los panameños, no hablan, sino que gritan”, aseguraron.
La familia del tercera base colombiano Juan Pablo Rey está tan segura de que éste será una estrella del béisbol rentado, que junto a él viajan el papá y la abuelita. Lo mismo hicieron el año pasado. “Queremos apoyarlo para que alcance sus sueños, dice su papá, Carlos. El año pasado fue líder bateador del campeonato, en este 2002 está entre los mejores.