- A pesar de los esfuerzos que jueces y policías hacen para administrar justicia en Nueva Guinea, los campesinos se muestran insatisfechos y piensan que no vale la pena denunciar algunos crímenes, como sucede en la Colonia San José donde han sido asesinadas al menos diez personas durante los últimos quince meses. A la pobreza se han sumado las vendetas.
Iván Olivares B.yJerónimo Duarte [email protected]
Una cosa es clara en la aislada Colonia San José: o nadie sabe nada o todos temen algo, y lo último parece más evidente.
Fundada en la década de los sesenta, Nueva Guinea está formada por una pequeña ciudad y 30 colonias con más de 180 comunidades, a las que se llega por medio de caminos en proceso de destrucción, por lo que están quedando aislados.
Ese aislamiento propicia la impunidad de los delincuentes, en una zona donde han muerto de forma violenta al menos diez personas en los últimos quince meses, en una cadena de crímenes que mantiene atemorizados a los habitantes de la Colonia San José.
Este caserío, a 38 kilómetros de la ciudad de Nueva Guinea, ha sido escenario de una orgía sangrienta que parece haber tenido su detonante en un sitio llamado Las Minas, donde un desconocido trató de matar a don Agustín Solís, pero sólo pudo herirlo en un dedo meñique y matarle su caballo.
EXPLOSIÓN DE VIOLENCIA
Hasta hace tres meses era difícil, pero posible, llegar en vehículo hasta San José.
Ahora sólo se puede llegar en bestia o a pie. Esa limitación, más el temor de la gente ante la posibilidad de ser el próximo muerto, hace que todos prefieran no hablar sobre lo que saben, tratando de esquivar a la “parca”.
Algo de información brindó un antiguo residente de la Colonia (al que llamaremos con el nombre falso de “Burton” para proteger su vida), quien se marchó para dejar de vivir en zozobra. Afirma que don Agustín Solís vivía con Vicenta Campos, a pesar de que estaba casado con doña Sofía Durón, de 44 años, quien le dio una docena de hijos que ahora tienen entre tres y 22 años de edad.
El ocho de abril del 2001, don Agustín mató de un balazo en el pecho a Vicenta, por lo que tuvo que “enmontañarse” durante dos meses, hasta que la justicia dejó de perseguirlo y corrió el rumor de que el prófugo había comprado al juez. Una vez “limpio” de toda sospecha legal, el hombre salió del escondrijo.
Que él mató a la Vicenta es algo que todos repiten en San José. Incluso doña Sofía, la esposa de Agustín, declaró ante un juez: “Ya que tiempo atrás mi marido mató a una mujer de nombre Vicenta Campos…”
“Burton” narró que “en vez de huir o esconderse, Agustín se andaba riendo por lo que le había hecho a Vicenta”, a tal punto que cuando le preguntaban qué le había ocurrido a ella, respondía irónico: “Murió del corazón”.
Ya “sin problemas con la justicia”, el hombre juró vengar pronto el ataque sufrido en Las Minas, y parece que lo hizo.
COMIENZA LA VENDETTA
Nueve semanas después de la muerte de Vicenta, Feliciano Pérez Urbina, conocido como “Chano”, apareció muerto mientras se trasladaba de la Colonia San José hacia Palmitán.
El expediente judicial indica que la muerte ocurrió a las 4:30 de la tarde del 16 de junio del 2001, cuando al menos dos desconocidos le propinaron cuatro balazos en el abdomen, en una pierna y en un brazo.
Aterrados ante esta muerte, siete testigos citados a declarar ante el juez dijeron en términos generales que no sabían nada, no habían visto nada, ni oído decir nada. Con mucho miedo, uno de ellos declaró que ni siquiera había escuchado los balazos.
William Martínez Álvarez, de 30 años, y Modesto Roque Ríos, de 47, fueron juzgados por la muerte de “Chano”. Las pocas versiones que el juez pudo recabar sugerían que el móvil del crimen fue una mujer que compartían “Chano” y Martínez Álvarez, lo que llevó a decretar la libertad de Roque Ríos, que parecía limpio, y a condenar a 15 años de prisión a Martínez Álvarez, a pesar que sus familiares consiguieron 185 firmas para respaldar la buena conducta del hombre.
Pero lo que aparentaba ser un caso cerrado, mostró de pronto que estaba lejos de haberse resuelto, porque testigos citados en distintos expedientes judiciales declararon que en dos lugares distintos, dos hombres poderosos, sin aparente conexión entre ellos, habían asegurado que pagaron para matar a “Chano”.
Uno de esos hombres era Agustín Solís, a quien “Burton” le habría escuchado decir “no me hacen falta los diez mil que pagué para que mataran a Feliciano”. La razón para mandar a matarlo era que Solís estaba convencido de que Feliciano era el que lo había emboscado en Las Minas.
Vinieron entonces diez semanas de calma en la colonia, en las que la gente mostraba su molestia en privado en contra de don Agustín. “Burton” dice que sus vecinos se preguntaban: ‘¿cuándo se irá a acabar esta peste?’, refiriéndose a Solís, hasta que llegó la mañana del 30 de agosto del 2001.
MUERTE ANUNCIADA
Sofía Durón Salgado, esposa de don Agustín, al declarar unos días después ante la justicia, dijo que la mañana del 30 de agosto su esposo esperó que pasara el camión que hace la travesía entre la Colonia San José y Nueva Guinea, para pedir al ayudante del conductor que le llevara unos postes de madera a un lugar del camino donde él estaría esperándolos.
Una vez acordado el traslado, la señora dijo que su marido salió a caballo a eso de las siete de la mañana, para esperar en el sitio donde habrían de entregarle su carga, pero él nunca llegó.
Apenas había cabalgado unos 500 metros cuando cuatro hombres le dispararon sin darle tiempo de nada, y lo mataron de 13 balazos, tres de ellos en la cabeza. Además se llevaron la escopeta que portaba. Los asesinos todavía le dieron dos puñaladas a ambos lados del pecho, tal vez para asegurarse que estaba muerto, o simplemente para saldar una deuda de sangre.
Comenzó entonces un nuevo proceso judicial para encontrar a los asesinos de don Agustín. Algunos testigos dijeron al juez que esa mañana habían visto huir a cuatro hombres de la escena del crimen, pero sólo reconocieron a dos: Santos Campos (hermano de Vicenta) y Teodoro Pineda.
Pedro Solís Durón, hijo de Agustín y doña Sofía, recordó que una semana antes del crimen, él y su padre cabalgaban hacia la colonia cuando un amigo, al que llamó “Chillo”, les contó que Bartolo, Santos y Daniel Campos (hermanos de Vicenta) le habían pagado doce mil córdobas a Teodoro Pineda para que matara a don Agustín y a su hijo.
“Chillo” dijo que sabía que Teodoro tenía listo un fusil AK con 400 proyectiles para cumplir el encargo, por lo que avisó a los dos hombres, pero la información no le sirvió mucho a don Agustín, aunque sí fue útil a las autoridades, que capturaron a Teodoro y lo enjuiciaron junto a Santos (que estaba prófugo).
Ellos eran los dos hombres que el testigo pudo reconocer.
Seis meses después, un tribunal de jurados encontró inocente a Teodoro, que obtuvo su libertad el 12 de marzo, pero condenó en ausencia a Santos, que recibió una pena de 20 años de cárcel, que deberá cumplir cuando lo capturen… si es que alguna vez lo hacen.
Aunque oficialmente “se hizo justicia”, las autoridades saben que la paz está lejos de afincarse en la Colonia San José, como demuestra el hecho de que Pedro Solís, hijo de don Agustín, escapó de un atentado contra su vida el cinco de enero de este año, muy cerca de donde atentaron la primera vez contra su padre, en Las Minas.
CRÍMENES TIENEN PRECIO
La muerte de Israel Feliciano Pérez Urbina “Chano”, acaecida el 16 de junio del 2001, no era la primera que sufría esa familia, ni sería la última.
Dos años atrás, el ocho de junio de 1999, fue asesinado Macario, hermano de Feliciano, cuando viajaba solo en un bote sobre el Río Rama.
Aunque el ciudadano Luis Urbina Medina recibió una condena de 18 años de cárcel por la comisión del crimen, dos testigos declararon en un juicio posterior que los hermanos Bayardo, Raúl, César Augusto (“Tito”) y Olman Galagarza Zavala, les habían contado que fue Candelario Galagarza, padre de los cuatro, quien había pagado para que mataran a Macario.
Esos testigos también dijeron que estos cuatro hermanos Galagarza (son quince, de los que cinco están muertos y cinco han sido perseguidos por la justicia) admitieron que ellos habían pagado para que mataran a “Chano”.
“Burton”, un testigo entrevistado por LA PRENSA, había dicho que don Agustín Solís se ufanaba de ser quien había pagado diez mil córdobas para que mataran a “Chano”.
¿CONFLICTO COMERCIAL?
El capitán Julio César Martínez Urbina, jefe policial de Nueva Guinea, cree que el origen del conflicto fue un negocio de transporte fluvial que operaban los hermanos Macario y Gumersindo Pérez Urbina.
La familia Galagarza deseaba esa ruta y ahí pudo surgir la rivalidad entre ambos clanes, lo que coincide con la declaración de otro testigo, don Santos Valdés, que contó cosas muy interesantes a la Policía y al juez.
Una vez asesinados Macario y “Chano”, los fusiles asesinos comenzaron a apuntar en dirección al tercero de los hermanos, Gumersindo. Santos Valdés, el testigo, narró que en octubre del 2001 tres de los hermanos Galagarza (Tito, Raúl y Bayardo) le visitaron en el mercado de Ciudad Rama para pedirle que aceptara quince mil córdobas por matar a cuatro personas.
Éstos eran Gumersindo Pérez Urbina, Magdalena Rodríguez, un hijo de ésta (Edwin Pérez Rodríguez), y el ciudadano Marcelino Peña, para desquitarse por la muerte de Rolando Galagarza, otro de los hermanos, ocurrida el 15 de agosto del 2001 en una finca de ellos situada en la Comarca Piedras Finas. Se suponía que Olman Galagarza pagaría el dinero.
Valdés decidió informarlo a la Policía Nacional, cuyos agentes detuvieron a los presuntos conspiradores y les decomisaron cuatro armas. Cuatro días después, los cuatro quedaron en libertad.
El testigo dijo que como los hombres no sabían que él era quien había informado a la Policía, le contaron de la detención, el decomiso y la liberación, diciéndole que no se preocupara porque ellos conseguirían otras armas, pero dejaron de confiar en él cuando lo delató un Policía Voluntario.
El intento de Valdés fue infructuoso porque de todos modos mataron a Gumersindo, así como a un inocente de nombre Salvador Torres Sevilla, un joven que el diez de noviembre del 2001 pasó por el lugar donde la muerte esperaba a Gumersindo, por lo que los criminales lo asesinaron para que no hablara.
SIN ESCAPATORIA
Durante un mes y medio más, Gumersindo logró escapar a la muerte, hasta que ésta lo alcanzó la noche del 29 de diciembre del 2001, luego de una tarde de parranda en una cantina de la Colonia San José.
Cuando consideró que fue suficiente, Gumersindo se fue para su casa acompañado de su hijo, de nombre Pedro Pablo, y dos amigos: Porfirio y Alexis. Al llegar, Porfirio abrió el portón de la finca y entró. Luego lo hizo Gumersindo y Pedro Pablo lo siguió. En ese momento, de la oscuridad de la noche salió una lluvia de tiros que lanzó a todos al suelo.
Pedro Pablo, Porfirio y Alexis buscaron dónde parapetarse y contestaron el fuego. Gumersindo no pudo hacer nada: siete balas acabaron con su vida de forma instantánea (el forense concluyó que murió por una hemorragia masiva). El animal que montaba también murió con él, cuando una bala le entró por la parte trasera de la oreja.
Esta vez, la autoridad estaba cerca. El policía Miguel Urrutia y otro que sólo fue identificado como Margarito, corrieron a ver lo que pasaba y encontraron a los asesinos disparando a los amigos de Gumersindo, por lo que ellos contestaron el fuego. Como la situación empeoraba, los asesinos huyeron.
PISTAS
Una vez que todo había concluido, Urrutia declaró ante sus colegas investigadores que “les dejé ir (disparé) como 30 tiros de AK”. En realidad fueron 28, pero bastaron para poner en huida a los atacantes.
Cuando al día siguiente llegó la guardia operativa al mando del suboficial Norman Obando, encontró algunas cosas interesantes en el lugar de los hechos, entre ellas tres casquillos de fusil AK y un sombrero borsalino, que se caracteriza por su alto precio y calidad, de modo que muy pocas cabezas pueden portar uno.
Haciendo gala de una memoria y capacidad de observación impresionantes, el policía Urrutia recordó que unas semanas antes había visto a Olman Galagarza usando ese mismo sombrero, por lo que los investigadores apuntaron en dirección a la famosa familia.
El Laboratorio Central de Criminalística comprobó que los tres casquillos habían sido disparados con un fusil que le quitaron al policía voluntario Juan Carlos Dávila. Con ese mismo fusil, delincuentes aún desconocidos atentaron contra la vida de Pedro Solís Durón, hijo de Agustín Solís, el que mató a Vicenta Campos y murió a manos de un hermano de ésta.
El policía Dávila fue capturado en León y está preso, mientras se le enjuicia por homicidio en grado de frustración, en contra de Pedro Pablo Solís.
Los hermanos Bayardo, Raúl, Tito y Olman Galagarza Zavala, además de Aníbal Galagarza Membreño (sobrino), junto al policía Dávila, fueron enjuiciados por la muerte de Gumersindo. Después de 50 días de proceso, la juez suplente Martha Irene Reyes Hernández los sobreseyó a todos de forma provisional.
La causa quedó abierta por un año y varios de los hermanos Galagarza se fueron hacia Costa Rica.
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