Julio I. Cardoze [email protected]
Cuando empecé a leer la entrevista que hizo el periodista Benjamín Blanco a Alvaro Somoza Urcuyo, y que publicó LA PRENSA el domingo 21 de julio, tuve la impresión de que es una persona progresista y auténticamente liberal que está por un cambio a la democracia. Pero cuando avancé en la lectura y llegué al punto en que dice que no hay que perseguir la corrupción mientras haya niños enfermos, me decepcionó y se derrumbó toda la buena percepción que tuve al inicio, porque él desconoce el desgobierno y el gran daño moral y material que causa la corrupción.
La realidad es que hay niños enfermos, y hubiera menos si no fuera por tanta corrupción, y sin querer él vuelve atávicamente a la esencia del somocismo, que de todas formas pertenece al pasado con todas sus virtudes y defectos, y que no voy a juzgar ahora, pero que debería estar superado, pues lo que él defiende en su declaración —tolerar la corrupción siempre que haya progreso de alguna clase— no es otra cosa que la doctrina Somoza.
Por un lado y por otro, el señor Somoza Urcuyo demuestra estar totalmente desubicado de lo que es la política actual y el cambio global del nuevo orden. Es una pena que justifique a Alemán y que se equivoque, además, pretendiendo definir al liberalismo, pues lo que afirma es una blasfemia contra el liberalismo, porque esta doctrina no es de casta ni genética, ni de “coyoles”, ni se hereda. Lo que él describe es más bien el caciquismo obsoleto y arcaico de otros tiempos. El liberalismo es de principios, de libertades, de justicia y respeto a los derechos humanos, y, ante todo, de razonamientos.