Pablo Emilio Andino, de 82 años, sentado en el camastro del que a veces no se levanta, porque su estado de salud se lo impide.

Abuelos cautivos, nostálgicos de libertad

Amalia Morales [email protected] Las paredes de la galería nueve de la Cárcel Modelo son blancas y altas. A diferencia de las otras secciones del penal, que se componen de dos plantas, el edificio consta de un solo piso dividido en dos cuartos. En ellos caben las literas de 58 reos, que serían mejores huéspedes de […]

Amalia Morales [email protected]

Las paredes de la galería nueve de la Cárcel Modelo son blancas y altas. A diferencia de las otras secciones del penal, que se componen de dos plantas, el edificio consta de un solo piso dividido en dos cuartos. En ellos caben las literas de 58 reos, que serían mejores huéspedes de un asilo o de un manicomio.

Por los pasillos de esa galería desfilan de azul reclusos con problemas mentales y ancianos en el límite de sus vidas.

Pablo Emilio Andino, de 82 años, fue condenado a 15 años de prisión por el delito de violación a una menor. En septiembre cumplirá cinco años de encierro.

Por esa misma falta ha llegado a la galería la mayoría de sus contemporáneos. El paso de Andino es lento como sus palabras. Aunque ve de frente, su mirada ya no es clara. La diabetes (azúcar) que padece le ha acortado la vista. La misma enfermedad ha socavado la firmeza de sus pasos. Es tierna la piel de los dedos de sus pies. Recién cicatrizaron las peladuras que le causa ese trastorno crónico.

En libertad, el último trabajo que Andino conoció fue el de vigilante en una compañía extranjera de la que no recuerda el nombre ni la ubicación exacta. Hasta caer preso vivió en el barrio San Judas de Managua.

En el correccional, Andino está sometido a un régimen disciplinario que, por su edad, le confiere ciertas consideraciones. Más horas de sol, visitas más frecuentes, ejercicios terapéuticos y “cierta” alimentación especial, son algunas de las ventajas que la penitenciaría tiene para los más frágiles, explica Rafael Villa, director médico del sistema penitenciario.

MEJOR TRATO POR HUMANIDAD

El comandante Carlos Sobalvarro, Director interino del sistema penitenciario, aclara que ese trato diferenciado no lo establece el sistema carcelario del país, pero se hace por razones humanitarias.

La Cárcel Modelo, ubicada en la carretera a Tipitapa, cuenta con un población penal de unos 2,210 reos.

Para matar el tiempo que le sobra, Andino se integra a la limpieza de la galería. “Lo hago como entretenimiento”, dice. “Aquí nadie me obliga”.

Hay días en que el “azúcar” y la presión alta le impiden enderezarse de su camastro. En su última recaída, hace menos de un mes, perdió el conocimiento. La recuerda como la “contadora”.

“Un compañero dice que me agarró una contadera de plata, pero yo no me acuerdo ni qué contaba”, explica con una risa que deja ver la ruina de sus dientes.

REOS EN ABANDONO

Adolfo Gutiérrez, de 56 años, llora de dolor. La hernia no lo deja dormir. “Viera que ya no aguanto. Hay días que no me levanto”, dice.

Las autoridades del penal dicen que buena parte del medicamento de los reos se consigue por medio de donaciones de organizaciones, pero sobre todo con los propios familiares.

Gutiérrez, que es originario de San Rafael del Sur, no tiene quién le provea ni un analgésico. “Yo nunca me casé. No tengo ni hijos y mi gente es muy pobre”, dice refiriéndose a unos hermanos.

De la población penal (5,698) un 17 por ciento se encuentra abandonada. Sobalvarro dice que 957 personas llevan meses sin ser visitadas por ningún pariente.

La autoridad penitenciaria asume que en la mayoría de los casos la familia no visita por falta de dinero.

También a consecuencia del abandono muchos padecen falta de sus enseres básicos, como pasta de dientes y jabón, entre otros.

Gutiérrez llegó al presidio también por violación. Contrario a lo que determinó la justicia, él se declara inocente. Tan amarga como la reclusión fue para él la muerte de su madre, quien al parecer murió por la pena de saberlo preso.

“De aflicción murió mi viejita. Yo vivía con ella, y cuando murió me avisaron hasta los ocho días, ya no la pude ver”, dice al tiempo que rompe a llorar.

LA CAMARADERÍA

Llegar a viejo sin libertad es algo que nunca imaginó Alfonso Barberena de 76 años.

Con ayuda de un bastón, Barberena camina a tres pies. Las fracturas en una de sus piernas pesan como un ancla. Ese problema le impide hacer cosas como lavar su ropa.

“Tengo un camarada que a veces me ayuda con eso”, dice el anciano mientras suda copiosamente cuando habla.

Ese mismo colega, que conoció allí, le provee a veces de café y de “algún bocadito”.

Otros reclusos entrevistados reconocen que el compañerismo que existe entre algunos, es clave para sobrellevar la vida de convicto.

LIBRES PARA MORIR

En lo que va del año, tres reos han sido puestos en libertad sólo para morir, cuenta el reverendo Ramón Brenes, miembro del Patronato de Reos.

Por su delicado estado de salud, el 12 de abril el reo Manuel Salgado fue sacado del presidio al hospital; a los pocos días falleció, recuerda Brenes.

Un mes más tarde, el 15 de mayo, el reo Felipe Dávila, con cáncer terminal fue liberado. A los cuatro días de hospitalización falleció. El otro caso ocurrió en enero de este año. Y la situación era muy parecida a la anterior

Según Brenes, el Instituto de Medicina Legal suele hacer una valoración médica de los reos que en muchos casos no se corresponde con la realidad. “En ocasiones hasta son contradictorios sus diagnósticos”, afirma.

Trae a colación el caso de Manuel Salgado, del cual el dictamen médico dice que a pesar de que la enfermedad pone en peligro su vida y sugiere hospitalización, en otra parte dice que “puede continuar bajo régimen carcelario”.

Brenes considera que deberían respetarse más las valoraciones de los médicos del penal, que son más apegadas a la verdadera situación médica de los reos.

Según él, esto evitaría que muchos de ellos salgan sólo a morir, como últimamente ha ocurrido.

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