Iván Olivares [email protected]
Son las ocho de la noche en una de las calles más oscuras del Barrio “Orontes Centeno”, en Tipitapa, Managua. Aquí, acompañado apenas por un asistente que toma notas y poco podría hacer para defenderlo, el capitán Juan Valle Valle, jefe de Seguridad Pública del Distrito 8 de la Policía Nacional, está reunido con jóvenes integrantes de tres pandillas rivales.
Unos días después, en Lindavista, en el otro extremo de Managua, Michael Romero Herrera, de 18 años, ex líder de la pandilla “Los Sata” (satánicos), asiste en algunas labores menores de oficina al comisionado Hamyn Gurdián, jefe policial del Distrito II.
Tanto Valle como Gurdián parecen haber llegado al convencimiento de que a la hora de enfrentar el problema de las pandillas (“grupos juveniles” les llama la Policía), vale más maña que fuerza.
EXPLOSIÓN
La década de los 90 trajo consigo una explosión de violencia social por razones políticas, que propició el crecimiento del número de pandillas y pandilleros. La Policía Nacional reportó un total de 176 pandillas integradas por 2,965 jóvenes en todo el país en 1999, principalmente en decenas de asentamientos que surgieron en la capital, que llegó a tener hasta 80 de esos grupos.
Según esos datos, los departamentos que más sufrían ese flagelo eran Chinandega con 19 pandillas, seguida por Estelí y Granada con 18 cada una, sin obviar que aunque en Masaya sólo había 10 de esas agrupaciones, cada una de ellas tenía un promedio de 30 integrantes, o el caso de Matagalpa, cuyos ocho grupos tenían un promedio de 22.5 jóvenes.
En comparación, las pandillas de Managua están compuestas por casi 25 integrantes cada una.
En el año 2000 se contabilizaron 133 pandillas con 2 mil 576 integrantes. Aunque las estadísticas de la Policía Nacional reflejan una disminución de 43 grupos y 389 integrantes, la violencia en la calle mantiene su nivel.
DESGASTE
La reacción inicial de las autoridades policiales fue enfrentar con la fuerza a los jóvenes que cometían delitos al amparo de una pandilla, y tratar de obtener toda la información posible sobre ellos para aclarar aquellos casos en los que se vieran envueltos.
Luego llegó la aplicación del “Plan Pandilla” que trataba de incrementar la presencia policial en los sitios más peligrosos, para prevenir los delitos, objetivo que se logró parcialmente, aunque en la práctica los agentes sufrieron agresiones al verse emboscados o enfrentados por los jóvenes cuando trataban de capturar a alguno.
La convicción de que no es posible erradicarlos completamente, aunado al desgaste material y humano que sufren las unidades policiales al combatir a los jóvenes organizados de esa manera, parecen haber sido el detonante para que algunos jefes policiales cambiaran el “estilo” de enfrentar el problema, y se decidieran a involucrarse por las buenas con los jóvenes, sus padres y sus vecinos.
Entre las actividades para enfrentar el accionar de las pandillas están las visitas domiciliares para incidir a través de la familia, persuasiones individuales a pandilleros, charlas educativas sobre drogas, salud, autoestima y la integración a labores educativas, culturales, cívicas, recreativas y deportivas.