Edgard Rodríguez C. [email protected]
¿Y éste qué se cree?, deben haber pensado en San Francisco, cuando a su arribo en 1993, Barry Bonds solicitó a los dueños de los Gigantes sacar del retiro el número 24 de su padrino Willie Mays, para ponerlo a la espalda de su uniforme.
Aún recuerdo que Dave Anderson, de The New York Times, consideró aquello no sólo como un ultraje a la figura del jugador más integral de todas las épocas, sino como el más grande reto que alguien había situado sobre sus hombros desde que Babe Ruth anunció que pegaría un jonrón por el jardín derecho en la Serie Mundial de 1932, contra los Cachorros en el Wrigley Field.
Por supuesto, en modo alguno pretendía decirse que Bonds era un don nadie, pero estaba lejos de llegar a alcanzar la dimensión que ahora consiguió. Ni siquiera sus dos premios de Jugador Más Valioso (1990-1992) y uno que le negaron (1991) le hacían merecedor de una comparación con Mays, el patrón por el que se ha medido a los jugadores más completos de la historia.
Cuando Bonds llegó a San Francisco, en 1993, había jugado siete temporadas en Pittsburgh, y en ninguna de ellas había registrado siquiera 35 jonrones y alcanzado los 120 remolques, aunque en 2 había volado sobre .300. Su máxima cifra de hits eran 156 en 1990.
Mays, en cambio, aparte de haber ganado 3 veces el MVP en la Liga Nacional, había acumulado 8 campañas con más de 37 cuadrangulares, 10 sobre .300, otras 10 con más de 100 remolques, 11 guantes de oro y 12 con más de 170 hits. ¿Qué le parece?
Claro, a favor de Bonds aún estaba el factor tiempo. Pero a través de los años, en lugar de ir en descenso, su rendimiento no sólo subió, sino que lo hizo en proporciones casi geométricas, a tal punto que nos estremeció a todos y parece listo para seguir asombrándonos.
Desde el Juego de Estrellas de 2001, Bonds ha jugado 238 juegos y ha disparado 100 jonrones. En un período así, nadie ha sido tan devastador y tan selectivo, porque, además, ha recibido 277 bases, lo que no sólo lo pone a competir con Mays, sino encima de éste.