- Omar Narváez ganó la corona en el regreso del boxeo al Luna Park
Eduardo Bejuk
Tomado de Olé/Argentina.-Jugale al 25, Omar. O al 27, según se incluyan en la lista a los dos campeones argentinos de la UMB. Narváez (11-0-1), como fuere, agregó su nombre a la nómina de los criollos reyes del mundo. Con una estupenda demostración le sacó la corona mosca de la Organización Mundial al nicaragüense Adonis Rivas (18-3-1), sin espacios para cuestionamientos: 117-109 en dos tarjetas y 119-107 en la restante (117-110, con el descuento para Rivas en el 11, fue la de Olé).
Bajito, con cinco centímetros menos que su rival, Narváez no es hombre de amedrentarse. Antes bien, es un muchacho de asimilar conceptos. Como amateur, donde fue rey panamericano, subcampeón mundial y representante olímpico en Sydney 2000, el chubutense sabía cómo atenerse a las exigencias del estilo ajeno al profesionalismo: lanzamientos permanentes a la zona alta y bloqueos para evitar descargas a la cabeza eran normas como miembro de la Selección. Anoche, en su combate más importante, el Huracán supo cambiar para mejorar.
El argentino reguló el ritmo, no se apuró a descargar y procuró acortar la distancia para meter combinaciones abajo. El nicaragüense, que había tenido complicaciones para dar los 50,800 de la categoría, no hizo reserva de energía en la primera parte. El cambio del golpe por golpe no le resultó en beneficio. Rivas (50,600) terminaba por darle al aire por los visteos de Narváez y, cuando tenía que defenderse, sufría con el avance del chubutense, que jamás repetía la zona para aplicar las manos.
¿Qué la baja estatura era un complejo? El Huracán tomaba ventaja de esa aparente dificultad, ya que sus uppercuts quebraban, por adentro, a un Rivas permeable.
Concentrado, atento para dejar hacer pasar de largo a Rivas y castigarlo con sus réplicas, Narváez sumaba y sólo debía lamentar un déficit, ya crónico: la ausencia de un poder devastador en los puños. Un desenlace prematuro habría sido la consecuencia natural según la tendencia exhibida sobre el tapiz del Luna.
En la mitad, Rivas ya no podía ocultar lo insinuado a principios de semana, cuando se entrenó abrigado y rodeado de siete estufas encendidas. Antes de la terminación del sexto round, el nicaragüense, cortado en la ceja derecha, abría la boca con desesperación: su mensaje era de reclamo de oxígeno.
Pero el Huracán le metía aire para derribarlo, como ocurrió en el séptimo, con una contra que puso a Rivas de espalda. Y hubo más, pues Rivas no consiguió salir de un rincón por la prepotencia de Narváez, abajo, arriba, abajo en el reparto de piñas. Titán de bolsillo, Narváez se tomó un respiro en el octavo.
De poco le sirvió a Rivas, incapaz de usar el jab izquierdo y de dañar en el abdomen (no respetó los reclamos de Rigoberto Garibaldi, su entrenador) y sostenido por la ambición de completar las 12 vueltas. Poco para opacar el brillo de Narváez en el Luna.