José Leñero G.
Hasta donde he podido observar, la actitud ante “el pobrecito”, es parte de nuestra cultura latinoamericana.
En el campo de las empresas, este personaje se caracteriza por ocupar un cargo cuyos requisitos no cumple y, por tanto, sus actuaciones están constantemente expuestas a errores.
Sin embargo, si su jefe le llama la atención o lo amenaza con despedirlo, aunque todos saben que no sirve en ese puesto, acusan al que lo exige de no tomar en cuenta que tiene que llevar su salario para mantener su familia que quedaría en grave situación si lo despiden… Por tanto, muchos compañeros y otros jefes sienten que su jefe está abusando con él. Así, se mantiene, no por méritos, sino por la compasión de otros.
Me pregunto ¿qué significa esta actitud para la empresa, para compañeros y para él mismo?
Es claro que para la empresa, este personaje es causa de elevar costos, así como un mal ejemplo para otros que a veces hacen errores, no por incapacidad, sino por descuido o mala fe, pero que basados en el ejemplo del “pobrecito”, pueden alegar que lo hicieron “sin querer”, creando un ambiente de permisividad donde la excelencia no se alcanza a ver en el horizonte.
Para los compañeros, el “pobrecito” levanta una creencia peligrosa: que la empresa debe cuidar de la seguridad social del empleado por encima de la responsabilidad económica de él con la empresa y por encima de la propia responsabilidad social de la empresa, que es dar a sus clientes los mejores productos al más bajo precio compatible con su calidad, ya que la empresa que no contribuye al bienestar ciudadano, no tiene razón de existir.
En cuanto al “pobrecito” ¿cómo se sentirá si cada vez que comete errores tiene que recurrir a la compasión de otros? Hay dos extremos posibles: o se acostumbra y pierde todo sentimiento de autoestima y se transforma en un seguidor servil de los que lo mantienen en el puesto, o siente la humillación de no servir para lo que hace, pero tiene que seguir allí porque no conoce alternativa y, entretanto, tiene que aceptar que sus “protectores” le puedan pedir servicios que a él lo violentan.
Aunque el espacio no permite un análisis más profundo, el resultado será siempre que la cultura del “pobrecito” degrada tanto al protegido, como a los protectores.
No existe el superman bueno para todo, ni el pobre diablo bueno para nada. Todos los seres humanos nacemos con ciertos talentos naturales que se expresan en áreas de habilidad personal y las áreas de cada persona donde no existen esos talentos, son sus áreas de inhabilidad.
El jefe culto de hoy sabe que el problema del “pobrecito” es que está ubicado en un área de inhabilidad, pero con un diagnóstico inteligente se puede identificar sus áreas de habilidad y trasladarlo a alguna de ellas. Así, dejará de ser un minusválido laboral y si se le da la educación adecuada en esa posición, tendrá una alta probabilidad de ser una persona valiosa en su trabajo.
La psicología de hoy nos dice, sin lugar a error, que la cultura del “pobrecito” es un anacronismo que es necesario erradicar.
Consultor Internacional.