Francisco Talavera N. [email protected]
Desde hace un tiempo se vienen percibiendo inequívocas señales de que la espada del paladín de la anticorrupción se ha “aguadeado”.
Primero, el subprocurador, después de propagar a los cuatro vientos que vienen sorprendentes “destapes” de casos de corrupción, baja repentinamente su perfil y desaparece de la palestra, llevándose con él las “sensacionales revelaciones” que esperábamos ansiosos publicara.
Segundo, se destituye al procurador especial Alberto Novoa por, supuestamente, haber externado opiniones implicantes en el caso Coprosa, pero que más bien parece ser que dicho caso fue utilizado para justificar la destitución de un funcionario que se había comprometido firmemente en la lucha en contra de la corrupción y, cuya presencia se estaba convirtiendo en la piedra en el zapato de muchos pájaros de alto vuelo y de cuello blanco.
Tercero, en su lugar se nombra al doctor Eduardo Boza, quien a pesar de que en el pasado tuvo una destacada participación en casos que levantaron polvareda en el país, parece querer mantener también un bajo perfil y, con la cara de yo no fui que siempre le caracteriza, sale con la propuesta de exonerar de culpa a un grupo de implicados en el caso del Canal 6.
Eso ya se miraba venir. Cuando comienzan las “cenas de desagravio”, las reuniones para “limar asperezas” y aclarar malos entendidos y, sobre todo cuando aparecen evidencias de que ni el procurador especial ni el paladín anticorrupción están exentos de verse implicados en casos de ese tipo, se percibió de que algo se cocinaba y que, terminaría encerrando tras una puerta de cien candados las evidencias y los casos mismos, cancelando así una cruzada que comenzó muy bonita, pero que irremisiblemente tenía que terminar así porque, en estos gobiernos liberales no hay funcionario que no tenga al menos una teja de su techo hecha de cristal y, por tanto, susceptible a que una piedra, por muy pequeña que sea, lanzada hacia arriba, pueda rompérsela.