La pobreza es un agravante para las familias que de pronto reciben la noticia de que un pariente suyo está preso, porque a partir de entonces necesitan apartar un poco de cada cosa (tiempo, dinero, alimentos) para visitarlo.
Es el caso de doña Emelina Alvarez. A sus 62 años, debe “acomodarse” cada quince días para visitar a Nelson Lezama Alvarez, de 25 años, y a Carlos Araica Lezama, de 23, hijo y nieto de ella, respectivamente, presos desde hace meses acusados de violación, mientras esperan que se realice su juicio.
Como muchas otras madres, esposas, hermanas e hijas, el día de la visita doña Emelina tiene que levantarse temprano, recordando que debe caminar casi cinco cuadras —que a ella se le hacen eternas— desde la carretera hasta la entrada al penal, cargando las bolsas de provisiones que pudo acumular para sus muchachos. Los familiares de los reos de “cuello blanco”, por el contrario, ingresan en su vehículos.
Janet Loáisiga es mucho más joven y puede cargar más, pero sólo lleva una bolsa para su esposo, Donaldo Antonio Leiva Meza, acusado de estafa. No puede llevarle más, porque en el otro brazo carga a Jenny, hija de ambos, que se alegra cuando puede ver a su papá, “aunque sea cada quince días”.
El resto del tiempo, la criatura vive engañada, creyendo que su padre no puede llegar a la casa cada tarde, “porque está trabajando”.
MENOR O MAYOR, DA IGUAL
Mayra Elsa Castillo León tiene catorce años, y aunque no se conoce con doña Emelina Alvarez, las dos pasaron dificultades similares al tratar de obtener el carné que se necesita para entrar al penal de Tipitapa.
Para ello, se requiere que el reo incluya a la persona en su lista de visitas potenciales. Luego, hay que identificarse con una cédula, una tarjeta del Seguro Social, un pasaporte o una licencia de conducir. Si se tiene entre diez y trece años, hay que llevar una carta del colegio donde estudia. Si la edad ronda entre 13 y 17 años, puede identificarse con un récord de Policía.
Doña Emelina tenía la esperanza de que su cédula fuera suficiente identificación, a tenor con la propaganda del Consejo Supremo Electoral, pero la oficial del SPN que la atendió, se encargó de hacerla “aterrizar” al decirle: “Eso no vale aquí”, por lo que tuvo que gastar 27 córdobas (20 de la foto y siete del carné) para obtener el documento que le permite visitar a su hijo y a su nieto.
A Mayra le resultó más difícil. La jovencita lamentó haber perdido las primeras cuatro visitas a que tenía derecho, pues no podía obtener su carné porque no tiene cédula.
Tuvo que hacer y pagar una declaración jurada ante un abogado y llevar una carta de su madre para conseguir el ansiado papelito que le permitiera ver a su amado cada quince días.