Caminando por el extenso andén que recorre toda la ribera norte del poblado de Laguna de Perlas, encontré atareado, asoleando chacalines sobre un plástico negro, a Sony McCoy, esforzado pescador nacido hace 35 años en esta comunidad.
Sony tiene las características propias del nativo costeño: estatura mediana, pelo “murruco”, y ojos negros como su piel quemada por el sol tropical. Como todos, su trabajo cotidiano es la pesca artesanal, oficio que aprendió desde niño, su padre lo llevaba a pescar con anzuelo en el pequeño canalete que siempre tenía amarrado a un poste enclavado a la orilla de la laguna, que colinda con la parte trasera del patio de su casa.
En su pequeña casa de tambo de madera, Sony vive con su esposa y sus cinco hijos, en los que tiene esperanza que algún día se bachilleren para que tengan una mejor vida que la de él, por eso no escatima esfuerzos en sacarle el máximo provecho al trabajo, ya sea sacando chacalines en la barra, sacando pescados con el trasmallo en la laguna o transportando arena para venderla a los pobladores que construyen sus viviendas de cemento.
Con la amabilidad que caracteriza a los pobladores de toda la Costa Atlántica, Sony dejó por un momento que el sol hiciera su trabajo sobre el chacalín, y de paso me invitó a probar un platillo que para él y su familia es tan común que a veces hasta les empacha, pero que a mí me pareció una comida digna del mejor restaurante: arroz con chacalín cocido con leche de jugo de coco. ¡Exquisito!
Sentado en una vieja silla de plástico bajo el techo del pequeño corredor de tambo, Sony explica que en Laguna de Perlas existen más de 130 pescadores artesanales, la mayoría de ellos sin botes ni pangas para pescar, por eso practican la solidaridad entre colegas asociándose con los que tienen redes y medios acuáticos.
Como algo cotidiano, McCoy contó varias anécdotas en las que su vida estuvo en peligro, como la vez que andando cazando tortugas en alta mar en compañía de su hermano, el trasmallo se pegó en un fondo de corales y una ola le dio vuelta al bote, lo que los obligó a luchar contra el oleaje por más de una hora, hasta que lograron enderezar la panga y subirse a bordo, con suerte que cerca andaba otro pescador que los remolcó hasta el cayo “Silki”.
Al igual que Sony, todos sus vecinos también se dedican a la pesca, e igualmente secan en plásticos tendidos en sus patios el chacalín que a diario sacan de las aguas dulces de la Laguna, el que venden a 35 córdobas la libra.
Pero Sony no está contento, porque siente que su esfuerzo no es suficiente para cubrir las necesidades del hogar: “El precio del pescado no sube, pero la gasolina cada día esta más cara”, se lamenta. Sin embargo, Sony confía en el futuro y por eso piensa sembrar cocos para aprovechar la llegada de turistas extranjeros y ofrecerles la rica esencia de las palmeras de su paradisíaca Laguna de Perlas.Para que el chacalín suelte la pelusa, Sony McCoy tiene que aporrearlo por varias horas frente a su casa.