Todo sobre Tom

HOLLYWOOD.- Tom Cruise siempre procura evitar las miradas de los otros automovilistas. Conduce su Porsche Carrera azul con gran destreza y a toda velocidad en medio del denso tráfico de Los Ángeles. Es mediodía, y oculta su rostro con anteojos oscuros y una gorra de béisbol. Cuando se detiene ante un semáforo, sube discretamente el […]

HOLLYWOOD.- Tom Cruise siempre procura evitar las miradas de los otros automovilistas. Conduce su Porsche Carrera azul con gran destreza y a toda velocidad en medio del denso tráfico de Los Ángeles. Es mediodía, y oculta su rostro con anteojos oscuros y una gorra de béisbol.

Cuando se detiene ante un semáforo, sube discretamente el cristal ahumado de su ventanilla para eludir las miradas de un auto que se ha parado a su izquierda.

Pero lo que hasta ahora le ha sido imposible eludir a Cruise es a sí mismo. Viajando de los estudios Fox hacia el centro de Hollywood, se topa con un gigantesco cartel que anuncia el filme Minority Report (Reporte minoritario), que protagoniza bajo la dirección de Steven Spielberg y cuyo estreno estadounidense está anunciado para esta semana. En un embotellamiento de tráfico mira hacia su ya inconfundible perfil y ríe. “Mis hijos siempre dicen ‘¡Mira, ahí está papá’”, comenta. “Recuerdo cuando vi un cartel de la película Risky Business en Sunset Boulevard. Eso fue bastante emocionante”.

Este año, y para ser precisos el próximo 3 de julio, el incontenible joven que en 1983 bailaba en paños menores en el largometraje Risky Business (Negocios riesgosos) cumplirá 40 años. La ortodoncia que usa desde hace cuatro meses (“La boca no me cerraba bien”, explica) no hace más que acentuar su imagen que proyecta del eterno muchacho. Pero por otra parte, las arrugas que ya asoman alrededor de sus ojos sugieren la experiencia y madurez que antes no parecían manifestarse. Teniendo en su haber 23 filmes que han recaudado un total de 2,000 millones de dólares en la taquilla, Cruise sigue teniendo una habilidad poco común para atraer al público.

El actor ha manejado su carrera como si de su Porsche se tratara, avanzando rápida y cuidadosamente, sin permitirse un instante de inactividad. Desde 1996 ha desplegado su talla como actor en filmes como Jerry Maguire y Magnolia, encarnando papeles difíciles que le valieron nominaciones al Oscar, además de enriquecer a los estudios Paramount y a su propia productora con los dos largometrajes de Misión Imposible (de cuya saga ya está preparando el tercero bajo la dirección de David Fincher).

Cruise es legendario por sus corteses modales y el profesionalismo que despliega, siempre puntual y bien preparado. Su apetito por tener siempre el control de todo, y que aplica no sólo a sí mismo, es un secreto a voces. En una escena crucial de Minority Report debía quedar sumergido en una bañera, y de una sola fosa nasal debía escaparle una sola burbuja. “No te preocupes si no logras hacerlo. Para eso tengo efectos especiales”, le dijo Spielberg. Pero Cruise insistió en hacerlo él mismo. “No dejé de practicar”, comenta el actor sentado junto a Spielberg en una oficina de la Fox. “Tenía que ingeniármelas para inhalar y controlar mi fosa nasal”. Spielberg, bromea: “Ésas son cosas que Lee Strasberg no te enseña”.

Pero lo que Cruise parece haber perfeccionado, tanto en la pantalla como en la vida real, es la capacidad de hacerse querer sin que se le pueda conocer realmente. Se muestra solícito y ríe de buena gana si alguien le cuenta un chiste. Es agradable pero distante, atento pero sin bajar la guardia, y su misma cortesía funciona como una barrera. Los ríos de tinta y chismes que ha corrido alrededor de su persona sólo sirven para recordarnos que sigue siendo un enigma: su lealtad a la Iglesia de la Cientología, su separación de Nicole Kidman hace un año, los rumores acerca de su homosexualidad (y las demandas que levantó en respuesta a éstos).

Es imposible no trazar similitudes entre el actor y John Anderton, el complejo y obsesivo personaje que encarna en el filme de Spielberg. En esta mezcla del género policial con el de ciencia ficción, y situado en el año 2054, Cruise encarna a un policía en apariencia incorruptible y quien dirige el escuadrón de elite Precrimen.

Asistido por un trío de mutantes psíquicos llamados precogs, puede detectar un crimen antes de que éste suceda. Acto seguido se coloca su cinturón volador y arresta al futuro delincuente. Pero fuera de su trabajo tiene una doble vida, internándose en callejones para conseguir el narcótico “neuroína”, buscando evadirse de una vida familiar en proceso de desintegración. Basado en un cuento que el autor Philip K. Dick escribió en 1956, el suspenso se inicia cuando Anderton mismo debe huir al acusársele de un crimen que cometerá en el futuro.

Cruise no sólo sugirió el guión a Spielberg, sino que además se animó a agregar que Anderton tuviera un hijo desaparecido. Para ello Cruise se inspiró en sus más angustiantes temores como padre adoptivo que es de una hija de 9 años y un hijo de 7. “Se le ocurrió a Tom para dar a su personaje más complejidad emotiva”, explica.

Spielberg, quien admite: “Yo tenía en mente una película más ligera, hasta que comencé a pensar en las implicaciones de los arrestos sin el debido proceso”.

A bordo de su automóvil y yendo hacia Hollywood, descarta un comentario sobre un público de cuarentones: “Estoy haciéndome más viejo. Pero un guión es un guión y un personaje es un personaje. Y sólo en eso pienso”.

Para comenzar a entender a Cruise es necesario saber de su relación con la Iglesia de Cientología, una organización que usa sus propios medios científicos para curar los males del cuerpo, mente y espíritu. Fundada por el prolífico escritor de ciencia ficción L. Ron Hubbard, fallecido en 1986, ha sido acusada de usar la coerción para disciplinar a sus miembros, y de intimidar para acallar las críticas.

Este grupo religioso demandó a TIME en 1992 luego de que fuera publicado un artículo el año anterior, retratando a la Cientología como una secta sin escrúpulos. Tras años de litigio, la Suprema Corte de Estados Unidos falló a favor de TIME en 2001, luego de negarse a oír la apelación de la Iglesia. Cruise, más que un defensor de la Cientología, es su más resuelto paladín.

“Me ha ayudado a hacer frente a la vida que llevo, y a esforzarme por ser la persona que realmente quiero ser”, afirma Cruise. “Básicamente somos seres espirituales, y L. Ron Hubbard lo ha demostrado”.

También afirma que las enseñanzas de Hubbard le permitieron dejar atrás los duros años de su infancia. “Pasé por unas 15 escuelas siendo niño, debido al divorcio de mis padres, a que mi papá perdía sus empleos y por tener que ir a otra parte para hallar trabajo”.

El padre de Cruise murió en 1984, y hasta el día de hoy habla del trauma que fue ser siempre el niño nuevo del salón de clases. “En lo único que pensaba era que quería crecer porque necesariamente tendría que ser mejor que lo que vivía cuando niño: las intrigas, las peleas, ser el que siempre hablaba con acento de otro lado y con zapatos que nadie usaba”, recuerda.

Los estudios también le fueron endemoniadamente difíciles. “Fue un problema grave”, cuenta Cruise. “Se me diagnosticó una dislexia, y leía muy despacio porque confundía las letras”. Siendo alumno del secundario, llegó con su mamá a Glen Ridge, en el estado de Nueva Jersey. Sintió seguridad en el escenario e inició su carrera cinematográfica en 1981. Su primera audición fue para el filme Endless Love (Amor sin fin), y obtuvo un papel menor. “De repente ya estaba trabajando, y un día estoy parado frente a Brooke Shields”.

Se incorporó a la Cientología durante los años 80, a través de su primera esposa Mimi Rogers, de quien se divorció en 1990. Cruise adjudica a la “tecnología de estudios” de Hubbard el haberse sobrepuesto a sus problemas de aprendizaje.

“Cambió totalmente mi vida”, afirma, y en los últimos años ha invertido mucho tiempo y dinero en el Proyecto de Alfabetización y Educación de Hollywood (HELP, por sus siglas en inglés). Si bien es una organización no religiosa, utiliza la tecnología de Hubbard para dar asesoría gratuita a niños y adultos.

Veinticuatro horas después de su visita a programa de apoyo, Cruise está trabajando, blandiendo una espada en su cancha de tenis. En su próximo largometraje, The Last Samurai (El último samurai), encarnará las aventuras de un mercenario estadounidense del siglo XIX en Japón.

Se ha estado entrenando con Nick Powell, el coordinador de dobles del filme, y quien enseñó a Russell Crowe a pelear con espada en Gladiador y preparó a Mel Gibson para las escenas de batallas en Braveheart.

Como en todo lo demás, Cruise también pone todo de su parte para ser un buen padre. Cuando sus hijos Connor e Isabella están con él, supedita sus actividades a las de ellos. Durante una serie de entrevistas que concedió la semana pasada, nadie podía interrumpirlo excepto sus hijos.

Si un asistente aparece para decirle que “tiene una llamada de los niños por la línea uno”, detiene todo y responde al teléfono, arrodillándose y hablando en susurros para que los periodistas no escuchen. Aún se está adaptando a su papel de ex marido. ¿Y cómo van las cosas con Kidman? “Todo va bien. Amo a Nicole, y siempre la amaré. Eso no ha cambiado”.

Cuando no está trabajando, no se deja ver en la escena hollywoodense, y prefiere su privacidad o acompañarse de un grupo reducido de amistades íntimas. Si se le pide que mencione a sus mejores amigos, hace una pausa para pensar. “Mi familia”, responde, y es cierto que se mantiene cercano a su mamá y tres hermanas.

“Están Cameron Crowe y Steven Spielberg. Y algunos compañeros de trabajo. Desde luego, está Penélope”. Se refiere a Penélope Cruz, su actual novia, un romance que ha sido recibido con dosis iguales de escepticismo y especulaciones.

“Si le creyeras a los medios”, comenta Cruise, “resulta que está embarazada, nos hemos separado tres veces y también que nos hemos casado”. Declara oficialmente que aún no tiene pensado casarse. Se limita a decir que “es una hermosa persona” y allí lo deja.

Termina el entrenamiento con espada, y la conversación discurre banalmente. Cruise parece listo a volver a su trabajo. Desde el sendero de salida hace un gesto hacia la casilla de vigilancia y las puertas se abren lentamente. No se despide con un apretón de manos, sino que te abraza y se ríe cuando se da cuenta que le doblaste los anteojos oscuros que penden del cuello de su camisa. Ha sido el anfitrión perfecto, se mostró locuaz durante la entrevista y su cordialidad fue impecable. Al salir, uno piensa que ya lo conoce, y que tiene cuando menos un atisbo de su verdadera identidad. Pero en cuanto el vigilante cierra las puertas y la mansión desaparece a la distancia, uno se da cuenta que jamás fue invitado a pasar a su interior. —Informes de Benjamín Nugent.

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