Cefas Asensio Fló[email protected]
¿Cómo participar en la globalización de modo que el país obtenga la mejor posición posible? A pesar de las muchas críticas válidas, los acuerdos de la reciente Conferencia sobre Comercio Internacional, realizada en Doha, Qatar, en noviembre del 2001, parecen ofrecer espacio para algunas estrategias importantes. Veamos ciertas implicaciones para Nicaragua y Centroamérica derivadas de esta conferencia, la que fue para los especialistas trascendental e histórica, por ser primera vez que los países desarrollados concertaran con los países en desarrollo una agenda y un programa de acciones sobre comercio internacional.
Los acuerdos obedecen al reconocimiento prácticamente universal de que la libertad comercial mejora y hace más competitivas las economías; pero esta vez quedó claro que aún hay un conjunto de situaciones especiales que resolver, principalmente para los países en desarrollo, las cuales deberían ser de mucho interés para nuestra región, ya que antes del 2003 las comisiones creadas presentarán sus radiografías y propuestas de cara a la liberalización del comercio mundial en el 2005.
Entre las situaciones especiales está lo relativo a los productos agropecuarios, habiéndose acordado que ante las “reducciones sustanciales de los subsidios internos y a la exportación de productos agrícolas… se tendrá en cuenta las necesidades de desarrollo, la seguridad alimentaria y el desarrollo rural”. O sea que, aunque generalmente en estos foros se está contra el proteccionismo, se abrieron posibilidades que nuestros países deberían aprovechar para fortalecer la calidad y cantidad de su producción en frutas, carnes, azúcar, café o ajonjolí, incrementando también el comercio intrarregional y, mejor aún, logrando la reducción de aranceles de estos productos en los mercados de los países desarrollados, a como se logró para los productos manufacturados, beneficiándose hoy México, Argentina y los Tigres Asiáticos.
Por otro lado, los acuerdos sobre productos agropecuarios dejan clara la necesidad de los países en desarrollo precisamente de desarrollar capacidades locales, lo que lógicamente se interpreta como la urgencia de inversiones para la diversificación y tecnificación que den valor agregado a estos productos y puedan dar respuesta a las nuevas demandas del mercado nacional e internacional. Estas inversiones deberían ser también objeto de las negociaciones en los tratados de libre comercio.
Estas posibilidades se presentan como reales, y son el producto de la actuación coordinada de muchos países en desarrollo, desde la UNCTAD y el Grupo de los 77; pero en ningún momento representan puertas totalmente abiertas, en mi opinión requieren una fuerte capacidad de negociación como bloque de países, teniendo como marco en la OMC el objetivo general sobre productos agrícolas que es el de “establecer un sistema de comercio equitativo y orientado al mercado mediante un programa de reforma fundamental… para corregir y prevenir restricciones y distorsiones en los mercados agropecuarios mundiales”. La idea de un comercio equitativo indica, entre otras cosas, que nuestros países tienen el compromiso de buscar el equilibrio interno y externo entre los precios de producción y los precios de mercado, implicando esto que deberían revisarse las restricciones del mercado para facilitar los accesos; pero también las concesiones para comercializar, puesto que hacen competencia desleal.
En la OMC también se confirmó “la no reciprocidad plena en una gradual reducción y/o eliminación de aranceles a las exportaciones no agrícolas”, que en el caso de la región es una ventaja para la comercialización de los productos manufacturados de la pequeña y mediana industria (a base de maderas preciosas, cuero-calzado, artesanías, bordados, tejidos, ropas, hamacas, entre otros); pero la “no reciprocidad plena” debe ser un concepto que facilite la negociación y no que nos limite aún más nuestra capacidad productiva y laboral, ya que en mi opinión no se debería ofrecer ventajas en los mismos productos en que el país es beneficiado en el extranjero —enfoque que en un momento fuera malinterpretado con respecto al azúcar en nuestro país, ya que es un producto donde se tiene competencia internacional y, sin embargo, se propuso reducir aranceles a su importación, debiendo ser quizás el precio de comercialización interna lo que habría que revisar—.
Una negociación prudente podría implicar que nuestros países concederían reducciones arancelarias a productos necesarios y que no producimos, como computadoras, equipos de riego, de construcción, transporte y otros con tecnología avanzada, a cambio quizás de lograr ventajas en la colocación de nuestros productos en los mercados externos y la captación de nuevas inversiones para el desarrollo.
Por otro lado, los acuerdos fueron claros sobre la necesidad de contar con “transparencia para la inversión directa del extranjero”. Esto en un contexto de participación amplia de la micro, pequeña, mediana y gran empresa nacional, a como se ha propuesto en nuestro país y que pareciera ser una tendencia al menos formal por ahora de los países centroamericanos, esa transparencia implica no sólo reglas administrativas claras, sino también políticas de diferenciación, complementariedad y regulación a la competencia desleal entre los sectores y niveles empresariales; asimismo, claridad como país y región de sus prioridades productivas y comerciales, es decir, definir y desarrollar la especialización productiva y comercial para posicionarse en el mercado regional y mundial.
Lo anterior está relacionado con lo que los acuerdos de Doha llaman “interacción entre comercio y política de competencia”, lo que para Nicaragua implica quizás un nuevo marco de acuerdos para el Mercado Común Centroamericano, donde se debería preservar el rol futuro del país en la región, asegurando condiciones para el desarrollo de capacidades productivas y de comercialización con mayor eficacia en forma intrarregional como con el resto del mundo.
Finalmente, la Conferencia dio importancia a la “transparencia de la contratación pública”, creando un grupo de trabajo para contribuir al desarrollo de estas capacidades. En nuestro país los casos de corrupción que a diario se conocen sientan suficiente precedente para fortalecer más esta materia, a fin de que en el futuro no se tenga que llegar a medidas remediales como las que hoy presenciamos y que deben continuarse para sanear las finanzas y la ética del servicio público. Estas experiencias parecieran sugerir la necesidad de contar con un sistema de vigilancia y prevención eficaz para enderezar a tiempo las desviaciones, sistema que habría que desarrollarse también para la integración comercial centroamericana.
En síntesis, mejorar el comercio internacional de nuestros productos implica algo más que la solución de burocracias con nuevos sistemas aduaneros y que la simple reducción de aranceles. Hay todavía que identificar prioridades y estrategias para la inversión y la comercialización interna, así como desarrollar alianzas en la región y fuera de ella, asegurándonos de que cada país miembro se posicione con sus ventajas comparativas en la región y que el agregado regional ofrezca al comercio mundial nuestras ventajas comparativas como países integrados, sin perder de vista la búsqueda del equilibrio económico interno y externo. Esto supone contar con una visión del desarrollo nacional y regional, sobre el cual es necesario trabajar para lograr mayores ventajas competitivas como producto de los acuerdos en comercio internacional.
El autor es consultor en Investigación y Desarrollo