Edgard Rodríguez C. [email protected]
Aquella noche de mediados de junio del año pasado, esperaba encontrarme un Vicente Padilla devastado anímicamente. Apenas hacía unos instantes había sido informado de que iría de regreso a las Ligas Menores.
En nuestro medio, donde a diario sacamos conclusiones de alcance universal, no digeríamos cómo tras un formidable trabajo ante los Bravos, los Filis se atrevían a enviarlo regreso a su equipo Triple A.
Mi asombro fue cuando Vicente dijo: “Esto es lo que yo estaba esperando. Iré a las menores y voy a demostrarle a esta gente (los Filis) que puedo ser abridor”… Yo quería tener ese mismo sentimiento.
Recuerdo que nuestro titular fue “Será abridor”… y se armó el debate.
Era lo esperado. Vicente había sido proyectado como el cerrador del futuro en Arizona, y a la vez había probado que podía sostener la piedra en los innings finales, aunque lo hacía de preparador para Matt Mantei.
Y cuando es enviado a Filadelfia, esa posibilidad, de verlo convertido en cerrador, se fortaleció por la escasez de talento en ese bullpen. Pero el nica fue inconsistente y sus acciones se vinieron al piso dramáticamente.
Hasta ese momento, Vicente no lo hacía del todo mal, pero no era constante. Lanzaba con poder, pero le bateaban más fuerte aún. “Su recta es un tubo y así no sobrevivirá aquí”, dijeron casi en coro varios coaches.
Sin embargo, su paso por las menores, donde aprendió a tirar la recta cortada, un disparo de más movimiento aunque con dos o tres millas menos, el ajuste a su slider y la mejoría en su sinker, resultron de enorme utilidad para el nica, y el 7-0 con los Barones Rojos certificó el progreso.
Todo ese proceso y su incursión en la Liga Mexicana del Pacífico terminaron de transformar a un muchacho inseguro y con tendencia a las distracciones, en un pitcher en todo el sentido del término.
En México templó su carácter. Probó que podía sobrellevar la presión de una ciudad que deseaba ver ganar a su equipo y demostró durabilidad para soportar jornadas extensas. Eso lo dejó listo para impresionar en la primavera y brillar con luz propia en la campaña regular.
Trabajó duro y ahora recoge la cosecha.