- Los árbitros rematan un torneo bajo sospecha
Eduardo J. Castelao
Según las mejores expectativas, este Mundial generaría un movimiento económico de 3.100 millones de euros, 350.000 puestos de trabajo en Corea, 35 millones de telespectadores acumulados por todo el mundo, un crecimiento del PIB japonés cercano al 0,5% que se doblaría si Japón se hubiera proclamado campeón. Incluso conseguiría que el fútbol se desarrollase de forma definitiva en Asia.
Según la realidad, el movimiento económico será sensiblemente inferior, en Corea se quejan de que el turismo esperado no llega, las audiencias televisivas han ido decreciendo al mismo ritmo que las favoritas se marchaban y, por supuesto, Japón no ganará el Mundial. Lo único que le faltaba a esta controvertida edición de la Copa del Mundo es que los árbitros, fieles servidores, terminasen de socavar el crédito de su patrón. Y que el objetivo último de llevar un Mundial a Asia los nuevos ingresos económicos quizá no se cumpla por la sombra de la duda. Ayer un dirigente de la Asociación Japonesa de fútbol expresaba su temor a que las «actuaciones arbitrales» puedan crear «sentimientos hostiles de las potencias europeas del fútbol».
El devenir de este Mundial comenzó a torcerse el 11-S (11 de septiembre). Aquella catástrofe hizo temblar las estructuras de todo el mundo, incluidas las del fútbol. La empresa de seguros AXA rescindió el contrato que mantenía con la FIFA, valorado en 500 millones de euros. La aseguradora se deshacía de la póliza que cubría el campeonato por el miedo a nuevos ataques y porque la destrucción del World Trade Center había derrumbado sus cuentas de resultados. La FIFA pudo encontrar otra compañía días después, pero era la primera bofetada de la lista.
La problemática con las televisiones y el Mundial todavía no ha concluido. Kirch, propietario de los derechos de retransmisión, quebró el pasado mes de abril y tuvo que renegociar a la baja con el resto de compradores (entre ellos, Vía Digital en España).
DEJA PÉRDIDAS
A pesar de bajar el precio, los operadores de todos los países han visto cómo su margen de beneficio se reducía. Un ejemplo: TF1, la cadena que retransmite los partidos en Francia, había puesto un precio de 220.000 euros para los anuncios durante la final. La eliminación de la todavía campeona ha reducido esa cifra a 100.000. Otro más: la RAI italiana ha demandado a la FIFA por daños y perjuicios, y es que Italia se quedó fuera del Mundial, entre otras cosas, por la actuación del árbitro.
En toda esta humareda de escándalos asoma la cabeza la selección de Corea. A pesar del éxito deportivo, las autoridades de aquel país no encuentran más motivos para la sonrisa. La compañía Korean Air, que esperaba obtener unos 212 millones de euros de ingresos extras gracias al fútbol, admite ahora que el Mundial no va a influir en sus beneficios. Además, el comité organizador se queja de la escasa venta de entradas en el extranjero y de la falta de ocupación hotelera.
¿MÁS SORPRESAS?
Quedan cuatro partidos para echar el cierre e igual los problemas no han terminado. Aparte de seguir con lupa todo lo que hagan los cuatro árbitros de momento, los dos que pitan las semifinales son europeos de mucho postín y tomando al menos como aceptable la teoría de que la FIFA domina el devenir de los acontecimientos, el dilema se abre.
Asidos a la lógica, Brasil y Alemania disputarán una final que atraería la atención de dos mercados consolidados el europeo y el latinoamericano y Corea disputaría en casa un partido por el tercer y cuarto puesto ante una víctima propicia: Turquía. Con esto, todas las partes (organizadores, anfitriones y tradición) quedarían satisfechas.
La otra versión pone a Corea y Turquía en una de las finales más extrañas y con menos atractivo para la aristocracia del fútbol de la historia. Además, los japoneses también perderían el interés por un partido con la presencia de un enemigo tradicional. Sería la culminación de un Mundial que empezó mal y que puede acabar peor. De un Mundial al revés.