- Consorcios mineros se adjudicaron 2,800,000 onzas del metal dorado entre 1936 y 1984, según el geólogo Adrián Urrutia Mendoza
Heberto Jarquín ManzanaresCORRESPONSAL/ TRIÁNGULO [email protected]
En tiempos del apogeo del colonialismo español, se decía que con toda la plata que se había extraído de la mina del cerro de Potosí, en Bolivia, se podía construir un puente sobre el Atlántico que uniera a Europa con América. De esta forma ilustraban la riqueza del yacimiento.
Desde entonces se usó la palabra “Potosí” como sinónimo de riqueza y abundancia. No es por casualidad que a la mina de oro de Siuna se le llamara, hace tiempo, “El Potosí de Nicaragua”.
Adrián Urrutia Mendoza es un geólogo que trabajó en el Departamento de Química, cuando el emporio minero de Siuna ya se encontraba en decadencia. A inicios de la década de los 80 (siglo XX) realizó un estudio sobre el historial del enclave.
Basándose en este estudio, llegó a la conclusión de que entre 1936 y 1984, se produjeron 2,800,000 onzas de oro. Actualmente, el precio internacional de la onza de este metal se cotiza en 322.70 dólares. Según el geólogo Adrián Urrutia, en las décadas de los 40 y 50, el precio de la onza de oro oscilaba entre 30 y 50 dólares. De la década del 60 hasta la actualidad el precio del oro se ha incrementado paulatinamente.
“Las utilidades fueron superiores, pero la gerencia de la mina nunca reportaba las cifras reales, y en el período de gobierno de Somoza arreglaban el asunto con una generosa comisión para el General”, comentó Urrutia.
Añade que además del oro, las transnacionales se llevaban otros metales como plata, cobre, zinc y plomo.
LA EXPLOTACIÓN MINERA
Urrutia sostiene que la mina de Siuna se comenzó a explotar en pequeña escala en 1895, pero existen referencias de actividad minera en esta zona desde 1880.
Relata que en 1936, la empresa norteamericana La Luz Mining Company inició la construcción del pozo y los niveles (túneles) que estaban enclavados en el centro del poblado (de Siuna).
“Esta obra alcanzó dimensiones colosales, el pozo tenía 1860 pies de profundidad y los diez túneles que se desprendían de él oscilaban entre 1 y 1.5 kilómetros de longitud. Cada uno de estos túneles medía 2 metros de ancho y 2 de alto, mientras que el pozo tenía 3.5 metros de ancho” explicó.
La explotación de este complejo se prolongó por 32 años y cesó en 1968, cuando se derrumbó la represa hidroeléctrica que proporcionaba la energía que consumía la mina de Siuna. Se requerían 3,100 kilovatios para echar a andar todos los equipos industriales.
En la época de mayor apogeo, 750 mineros se distribuían en tres turnos de ocho horas, para excavar la roca a gran profundidad, para extraer el material que luego era procesado en el plantel de la superficie para extraer el oro.
RIQUEZA, MISERIA Y MUERTE
La historia de Siuna tiene dos rostros: una élite de técnicos norteamericanos vivía en un enclave de lujos y opulencia donde abundaban los manjares exquisitos y el confort, al mejor estilo de Estados Unidos y Europa; mientras que los mineros y sus familias vivían hacinados en tugurios, asediados por la silicosis y la tuberculosis.
Don Juan Blanco Rosas arribó a los noventa años con la única compañía de su esposa María Elena Zamora Belis, sus cuatro hijos emigraron a Managua en busca de mejores horizontes.
Cuenta que en 1936 se enganchó en la empresa que abrió la mina de Siuna y comenzó ganando 40 centavos de córdoba al día. “Hacía de todo, limpiaba el terreno donde se construyó el pozo, en la construcción de los talleres, el plantel y las oficinas, y después me mandaron a trabajar en las galerías subterráneas”.
“Recuerdo que había un jefe de minas de nombre Norman Kenty, este gringo era grosero con los trabajadores, allá por los años cuarenta, murieron diez mineros intoxicados por los gases de los explosivos, porque los metió al pozo antes del tiempo reglamentario, después de cada tirada (explosión)”, relató.
“En 1958 se derrumbó una plataforma de madera que aplastó a 20 trabajadores que estaban de turno en el fondo de la mina, a las familias de los fallecidos les entregaron 300 córdobas y los obligaron a abandonar las casas asignadas por la empresa porque serían ocupadas por los mineros que los iban a sustituir”.
Actualmente, Don Juan Blanco sobrevive con una pensión de 1,000 córdobas, y se queja porque no tiene dónde atenderse unas cataratas que le afectan la vista, y para caminar se auxilia de un bastón rústico con el que contrarresta los impedimentos producidos por la artritis.
Benavides Melado Floripe nació en la comunidad mískita de Bismuna y no recuerda su edad. Cuando tenía unos 18 años emigró a Siuna donde trabajó por más de 20 años como minero.
Dice que las condiciones de trabajo eran salvajes. “Todo el turno (8 horas) lo pasábamos mojados porque la humedad en la profundidad de la tierra es tanta que parece que hay una lluvia permanente, el calor es sofocante y la respiración se dificulta por la rareza del aire”.
Sostiene que la oscuridad en los túneles de la mina asusta a los que entran por primera vez, y que “no pasaban tres meses sin que alguien muriera aplastado por una roca o asfixiado por los gases de las explosiones”.
La pensión de Benavides Melado es de 700 córdobas, vive solo, y la tuberculosis no lo deja dormir en paz. Pide que el Seguro Social le aumente su mensualidad para poder sobrellevar la ancianidad.