- Todos coinciden que se trata del punto máximo de emoción
1966 BOBBY CHARLTON
Inglaterra
Inglés. Fue campeón mundial con Inglaterra en 1966. también participó en los mundiales de 1962 y 1970.
El fútbol es aún hoy, mi trabajo. Uno siempre se traza objetivos en la vida y la Copa del Mundo, para un futbolista, es lo más alto. Ganar es maravilloso. Jugar es una experiencia inolvidable, con esa presión enorme que gira alrededor de uno, y no solo durante los partidos, en el campo de juego, sino también la que baja desde las tribunas: la de los hinchas y la de los medios de comunicación. Uno tiene que intentar concentrarse solamente en el juego porque si la concentración baja, estás perdido. Sin dudas, la mejor experiencia es ganar. Cuando obtuvimos el Mundial 66, el sentimiento fue similar a haber llegado al lugar con el que siempre habíamos soñado. Ganar una Copa del Mundo es extremadamente difícil porque tenés que enfrentar a los mejores equipos del planeta, y todos preparados de la mejor manera para esos partidos. Fue el momento más feliz de mi vida. Los partidos que más recuerdo de los que me tocó disputar, lógicamente son los dos últimos del Mundial del 66, pero de esos, mi preferido es el de la semifinal contra Portugal, porque le ganamos 2 a 1 y de esa forma nos metimos en la final con Alemania. Un momento especial para mí fue cuando Alemania nos derrotó en el Mundial de México, cuatro años después de nuestra conquista. Yo no lo sabía, pero ese fue mi último partido en los mundiales. Perdimos el mismo día que yo batía el record de presencias en la selección inglesa. Era mi partido número 106.
1974 JOHAN CRUYFF
Alemania
Holandés. Fue subcampeón mundial en 1974. se lo considera uno de los mejores jugadores de todos los tiempos.
Un Mundial es un Mundial. Esta frase se convirtió en una obsesión en los primeros meses del 74. Yo jugaba en el Barcelona y estábamos muy cerca de ganar la Liga, algo muy importante para el club y para Cataluña. El Mundial se convirtió en una ilusión que viví intensamente. Seguía pensando que a nivel particular no necesitaba ese título, pero sabía que haría todo lo posible para conseguirlo, aunque para mí lo más importante era lograr que el fútbol holandés fuese reconocido en el mundo entero como el más innovador y espectacular de los últimos años. No conseguimos el título, pero con los años me di cuenta de que mi objetivo se había cumplido, ganó Alemania, pero lo que más se recuerda del Mundial es el estilo que impuso “la naranja mecánica”. Sin ganar acabamos ganando y fue este detalle el que me hace pensar que en el fútbol actual parece que ya no hay sitio para dejar huella si no es con un título debajo del brazo.
Yo viví el fútbol a todos los niveles, y es cierto que un Mundial es un Mundial, pero no es menos cierto que la actitud individual y global de cada selección será lo que convierta el acontecimiento en algo fantástico o bien en una competición donde la avaricia por alcanzar un resultado positivo impide cualquier otra cosa que no sea vivir del marcador final.
Lo apuntado forma parte del deseo de que pueda haber algún técnico que vestido de valiente y acompañado por un grupo de jugadores que crea en él sea capaz de enamorarnos con un fútbol original y brillante. Para llegar lejos en un Mundial, para hacer historia, es necesario creer que es posible ganar jugando bien. Y que nadie diga que esto, ahora, 24 años después, es imposible, porque el fútbol se sigue jugando igual, con un balón.
1978 Mario Kempes
Argentina
Argentino. Fue campeón mundial en 1978. También jugó los mundiales de 1974 y 1982.
La sensación de jugar un Mundial es indescriptible. Algunos me asocian tanto con el Mundial 78, que no recuerdan que jugué en Alemania 74. yo era muy joven y con estar entre los convocados ya estaba hecho. Para cualquier jugador del mundo jugar en representación de su país es toda una satisfacción. Pero creo, sin temor a equivocarme, que el jugador argentino lo siente todavía más. Para mí, era muy importante el hecho de estar lejos de casa en 1974. escuchar el himno de mi país tan lejos de mi gente era muy emocionante. Hay algo que parece evidente pero conviene repetir: a uno se le pone la piel de gallina cuando ve la bandera del país en un lugar al que jamás hubiera llegado de no haber sido por el fútbol. Jugué tres mundiales. Cada uno fue distinto. En 1978 éramos locales, una ventaja enorme. Nosotros estábamos preparados para jugar siempre igual, en cualquier cancha. Es difícil explicar la emoción que generaba pisar el césped y ocupar el verde de River. Ese mismo verde que hubieran querido pisar todos los que miraban los partidos y hacían fuerza para que ganáramos. No lo puedo contar con palabras. La sensación sólo la puede explicar otro jugador argentino que haya estado ahí. Y está claro: apenas éramos once en la cancha y otros once afuera. En 1982 fuimos a España pensando que ganábamos con la camiseta. Y así nos fue. Pasado el tiempo, lo que queda es otra cosa: mis tres Mundiales fueron diferentes. Pero, eso sí, no cambiaría a ninguno. En cada oportunidad, aprendí cosas que nunca voy a olvidar. Por que un Mundial es eso: una experiencia de vida incomparable y enorme.
1986 JORGE VALDANO
México
Argentino. Fue campeón mundial en 1986. también participó en el Mundial de 1982.
El Mundial es, en la vida del futbolista, una culminación. Una vida imaginándolo y otra vida recordándolo. Del baldío al gran estadio, del barrio al mundo… Parece increíble pero ahí estaba el sueño de toda mi vida sólo que, esta vez, ocurriendo. Aunque parezca mentira, a veces ocurre. Ella (la pelota) corría delante mío y yo, desde atrás, la iba acompañando mientras le suplicabas cosas de rodillas, sobre todo una: ¡Entrá, por favor!. Metí aquel gol en la final de una Copa del Mundo y no vendería por nada la memoria de aquella tarde. Un inicio vanidoso, pero no encuentro mejor manera de contar lo que significa un Mundial para los que amamos el juego. Días de fútbol patrio en donde nos ponemos la camiseta despacito para prolongar el placer, como si quisiéramos darle envidia al pibe que fuimos. Días de rivales célebres a los que hay que matar con la indiferencia. Días de enjambres periodísticos, de gritos por millones y de Maradona en la habitación de al lado. En ese sentido, el pecado es infernal. Este juego inocente y primitivo que nunca envejece, encuentra en los días del Mundial el maravilloso escenario que lo agiganta como espectáculo, lo universaliza como competencia y lo sincera como negocio. A los jugadores les sugiero que se permitan la emoción cuando se pongan la camiseta de la Selección y les deseo que suelten los nervios cuando toquen la primera pelota. Y les pido que no les de vergüenza la ilusión y no les de miedo el atrevimiento. Y si en algún momento se sienten demasiado importantes, les ruego que se acuerden del barrio, del baldío en una tarde de sol, de los amigos corriendo detrás de una pelota, de aquellos días donde empezó el largo camino que los llevó hasta alguna parte.