Más impuestos, más contrabando, más corrupción

Erika Valle Tanto va el cántaro al agua que termina rompiéndose. La mesura en los tributos debe ser una consigna de todo gobierno. Una reforma tributaria desproporcionada, con el propósito de engrosar el presupuesto estatal, es un arma de doble filo; una bala de cañón que, disparada verticalmente, terminaría cayendo sobre quien accionó el gatillo. […]

Erika Valle

Tanto va el cántaro al agua que termina rompiéndose. La mesura en los tributos debe ser una consigna de todo gobierno. Una reforma tributaria desproporcionada, con el propósito de engrosar el presupuesto estatal, es un arma de doble filo; una bala de cañón que, disparada verticalmente, terminaría cayendo sobre quien accionó el gatillo.

Que no se confundan ni tergiversen mis palabras. Como toda nicaragüense patriótica, quiero para mi país lo mejor. Por supuesto que estoy de acuerdo con la generación de más recursos para ser invertidos en educación y salud. Por supuesto que estoy de acuerdo con que todos tengamos mejores y mayores oportunidades de subir en la escala social.

El desarrollo humano de nuestro pueblo debe ser prioridad ineludible de cualquier gobierno. Sin embargo, no es a través de más impuestos como podremos conseguirlo. Sería mejor que los impuestos ya existentes se recauden de manera eficiente y efectiva, poniendo un ‘hasta aquí’ a la evasión y el contrabando.

Y es que, si usted lo analiza con cuidado, los productos ilegalmente introducidos al país, como los licores, textiles, electrodomésticos y cigarrillos, constituyen una creciente defraudación fiscal en perjuicio de las obras de infraestructura y desarrollo social del país.

Las altas cargas tributarias crean un ambiente propicio para el contrabando y, por consiguiente, para la evasión fiscal. En otras palabras: cuanto mayor es la cantidad de impuestos, más atractivo resulta el delito y la economía informal buscará nuevas formas de evitar el pago de tributos.

Por otra parte, y repitiendo el patrón de otros países, el consumidor, al ver cercenado su poder adquisitivo, por las lógicas alzas de precios para conservar la rentabilidad de las empresas que sí pagan impuestos y que deben afrontar la competencia desleal de quienes no lo hacen, ve en el contrabando una opción para adquirir bienes a un precio más bajo.

No menos preocupante resulta que un país interesado en atraer inversiones para generar más empleo, paradójica y contradictoriamente, se esmere en hacer más difícil el camino y disminuir los márgenes de utilidad de inversionistas potenciales.

En una economía débil, en la que unos pocos tienen mucho y muchos tienen muy poco, el contrabando constituye una manera fácil de generar dinero; una tentación muy difícil de resistir para quienes menos tienen. Así un día se introducen al país textiles y licores, y otro día podrían ser drogas, estupefacientes o armas. El contrabando es un mal degenerativo, un cáncer económico y social.

Si bien el contrabando es una actividad ilegal que el Gobierno desea combatir, su rentabilidad supera el riesgo de ser descubierto. Por ello, es lógico deducir que, más impuestos generarían más contrabando y mayor descomposición social.

Preocupémonos más por crear los mecanismos adecuados que garanticen una mejor recaudación fiscal y castiguen a quien no cumpla con la ley. Una verdad tan clara como el agua.

La autora es Abogada.  

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