- Nuestro héroe de hoy es herrero y poseedor de la única herrería que existe en Santa Rosa del Peñón, sin embargo, la imagen robusta y fuerte de los trabajadores de Plutón se desvanece en la figura delgadita y fibrosa de este patriarca, que se enorgullece de haber calzado a todos los equinos de ese municipio.
Mario Fulvio EspinosaEspecial para LA PRENSA [email protected]
Todos los años, durante la Noche de Santa Walpurgis, los brujos, hechiceros, demonios y espíritus tenebrosos del norte de Europa, celebraban un concilio en Blocksberg, Alemania, en esos eventos se entregaban a toda clase de desenfrenos y orgías, entre los que se incluían actos sexuales entre brujas y bestias, los más sofisticados sacrilegios y sacrificios de niños recién nacidos.
Santa Walburga o Walpurgis (710-779) fue una monja benedictina inglesa que desempeñó su ministerio en Alemania como abadesa del Monasterio de Heidenhem. Elevada a los altares, su fiesta se celebra el 1 de mayo, aunque por tradición asociada con reminiscencias paganas que dieron lugar a la leyenda de los “aquelarres”, palabra con la que ahora se designan no sólo las reuniones de brujas, sino las de sujetos perversos, diabólicos y corruptos.
Un aquelarre de campanillas, pero no de brujas, sino de espantos nicaragüenses entre los que figuraban ceguas, duendes, micas brujas, carretas naguas, cadejos y otros, se realizó hace muchos años en la pequeña plaza de la iglesia de Santa Rosa del Peñón, según nos cuenta don Nicolás Arcelio Rico Rayo, herrero, curandero, panadero, agricultor y, en síntesis, el “multioficios” del lugar.
Nació don Arcelio en 1925 en la comarca La Sapera, situada a una legua de Santa Rosa. “Vine aquí de 12 años, me quedé y ya no salí de Santa Rosa, que en aquel tiempo era esta calle y la iglesia, sus habitantes eran poquitos y dispersos en varias huertas cercanas.
“La gente era muy pobre y vivía del trueque que realizaba con comerciantes que llegaban de León. De parte de los poblanos se daban tapas de dulce, queso y leche a cambio de maíz, hortalizas, ropa y jabón.
“Había un telégrafo y un teléfono de manigueta que creo que fue puesto por el gobierno de Moncada, pero también me acuerdo de otros gobernantes, como don Leonardo Argüello, al que le di mi voto cuando tenía 18 años, y que sólo duró 27 días en el poder, porque Somoza le dio golpe de estado y lo mandó al exilio.
Sigue don Arcelio saliéndose del tema inicial: “En esos tiempos para trabajar teníamos que someternos a los caprichos de los mandamases de turno. Si no estabas con ellos te despedían y te quedabas sin chamba, arbitrariedad que no ha cambiado mucho hasta el día de hoy”.
¿Pero, qué hubo del aquelarre de brujas, micas y ceguas que hubo aquí?
Le interrumpimos. “Déjeme, que a eso vamos. En aquellos tiempos a uno lo educaban con severidad, mi padre era preparado, se llamaba don Juan Rico, el nombre de mi madre era Román Rayo Matamoros, ambos eran de origen hondureño, por eso ahora hay bastantes Ricos por estos lados”.
DE LOS PADRES A LOS ABUELOS
Pero ahora don Arcelio se remonta a sus abuelos, don Pascual Rico García y doña Santos Raudales Quiñónez, ambos originarios de San Juan de Oriente, una aldea cercana a Tegucigalpa.
“Los dos trabajaban en una mina que se agotó, y buscando la vida llegaron a La Sapera. Ahí encontraron, además de montañas, un excelente ojo de agua, tenía unos amigos que les aconsejaron que se quedaran ahí… Porque ellos ya pensaban regresar a Honduras.
Sembraron el primer año y lograron excelente cosecha, entonces mi abuelo le preguntó a mi abuela, ‘qué decís vos, ¿nos vamos o nos quedamos?’ ‘Pues quedémonos’, dijo la señora, ‘de todas maneras donde vayamos tenemos que trabajar, y aquí ya empezamos y no nos va mal, quedémonos’, y se quedaron para siempre.
En aquel tiempo el que dominaba las matemáticas y las ciencias era un bachiller, un hombre preparado para cualquier carrera, pero hoy no, son unos estudios acelerados donde no se aprende bien, salen de primaria y secundaria y se encuentran en el limbo.
En ese tiempo no había escuela en La Sapera, por lo tanto mi papá reunió a los vecinos de las seis casitas que había y les propuso hacer una escuelita. La hicieron de zacate, y para las clases decidieron contratar una maestra que venía de León. Como pupitres pusieron unos troncos de talalate y construyeron una mesita para la profesora. Cuando mi padre murió yo tenía siete años, pero él le recomendó a mi madre que me educara porque encontró que yo era inteligente.
Fuimos diez hijos y a todos nuestro padre nos dio preparación, mis hermanas mayores llegaron hasta cuarto grado. Eran tiempos en que se debía estudiar la Doctrina Cristiana, por eso al caer la tarde nos ponían a aprender catecismo. En aquel tiempo la Iglesia y el Estado caminaban juntos, por eso en la escuela los sábados también se daba catecismo. Los que fuimos educados en aquel tiempo somos respetuosos con la gente, pero al separarse la Iglesia del Estado todo cambió y vino la delincuencia.
Bueno, pero… ¿Qué pasó con la reunión de espantos?
A eso voy. Nos enseñaron “el temor de Dios”, pero también nos metían el miedo con cuentos de caminos, que no sólo buscaban asustar a los niños para que nos portáramos bien, sino también a los adultos que llevaban una vida perdularia. Así desfilaron por nuestra mente y por esto campos ceguas, cadejos, micas brujas, chanchas brujas, carretas naguas y otros. En particular, yo no creo en estas cosas sino en el Señor que es el que le ayuda a uno.
Mi mamá me contaba que en esta placita de la Iglesia que usted está viendo, todo era que la gente se acostara a disfrutar la paz de la noche, al dar las doce se escuchaba el tropel de caballos endiablados, los gritos de las ceguas, las maldiciones y conjuros de las brujas, las risas de los duendes, los aullidos del cadejo y otros ruidos producidos por otros fantasmas que allí se reunían para hacer una samotana, golpear las puertas de la iglesia y celebrar ritos diabólicos. Las ceguas eran mujeres que venían desde lejos y aquí se transformaban.
Los pocos vecinos se asomaban por las rendijas, unos veían pero otros no. Al fin una noche dos valientes se pusieron en vigilia y lograron capturar a dos ceguas que confesaron que eran originarias de Darío y que su única misión era aterrorizar a la gente.
La forma de cazar a una cegua era la siguiente: se conseguía mostaza bendita, y cuando uno se encontraba con la cegua procedía a regar en el suelo la mostaza. Una fuerza superior obligaba a la bruja a ponerse en cuclas, a pepenar los granitos, y en ese menester no atendían a otra cosa y se podían capturar porque… ¿Cuándo terminaban de recoger la mostaza?
También existía el secreto de amarrarlas de pies y manos y sólo la persona que sabía cierta cábala las podía desatar, si no ahí pasaban amarradas para sécula seculorum.
Con las capturas y las apaleadas de ceguas se terminaron los sustos, pues las mujeres brujas no volvieron por acá.
LOS CAMINOS DE SANTA ROSA
Santa Rosa del Peñón contaba en ese tiempo con cuatro caminos de carreta y herradura, uno iba a El Sauce, otro a San Nicolás, al pueblito de Canta Ranas, otro iba al Jicaral y a San Francisco del Carnicero, y el otro a León.
Los viajes se hacían en bestia o en carreta. Para ir a León, por ejemplo, nos tardábamos ocho días, tres de ida, dos de descanso y tres de regresar. Eso era en verano porque en invierno nadie salía porque los caminos se volvían imposibles.
El pueblo era autosuficiente en ciertas cosas, como la comida, pero no había luz y teníamos que alumbrarnos con ramas de ocote. También lo hacíamos con gas, pero eso lo comprábamos en León. La luz vino no hace mucho, creo que en el 72 y también el agua en tubo.
Pero aquí se daba leche, cuajada y otros productos: teníamos lo elemental para comer, incluso nos venían a comprar o a trocar desde León, no pasábamos la situación calamitosa de desempleo que existe ahora. Dos buenos ganaderos de entonces eran don José María Valle, un hondureño, y doña Tomasa Obando. Ambos mantenían trabajo en sus haciendas, pero murieron y terminó eso, incluso los familiares se fueron y no volvieron.
Y de los duendes de Santa Rosa, ¿qué me cuenta?
Otros cuentos se referían a los duendes, yo no he visto ninguno, pero en una ocasión viviendo con mi hermana en una quinta, había ahí una muchacha que era cuñada de ella, tenía como entre 14 ó 15 años.
Una noche mi hermana me dijo que alguien había comenzado una apedreadera en el solar. Yo le dije que sólo era inventos, ella me aseguró que era verdad. Al día siguiente otra vez lo mismo… Es que el duende, según dicen, acosa a las muchachas que le gustan y no las deja descansar hasta que se casan o tienen novio. Pero son enamorados muy celosos y resentidos.
Un día, como a las tres de la tarde, la muchacha se fue a moler maíz y mi mamá que quería resolver el misterio de los duende,s puso a mis dos hermanos mayores escondidos en el patio para que estuvieran atentos al momento en que empezaban a caer las piedras. Cuando volvió la joven nada ocurrió en el solar sino dentro de la casa. De repente sentí que una piedra fue a dar al jicarero y se fue a meter en una jícara. Yo saqué la piedra y se la mostré a mi madre, y eso fue en pleno día. No volví a ver ni a oír nada porque la muchacha se fue a trabajar a Managua, pero dicen que hasta allá la siguió el duende con su acoso de piedras.
Se sabe que a los duendes no les gustan las fiestas, una señora que vivía aquí le recomendó a la joven del cuento que hiciera una, y que una vez que estuviera la gente que celebrara un Tedeum, que diera chicha, comida y mucha música para que existiera gran alegría. Yo estuve en esa fiesta. El duende no volvió, parece que se molestó mucho, pero después se supo que andaba detrás de otra joven en otro lugar. ¿Y qué hizo la Policía? Nada, porque el duende no se ve.
¿Qué pasó. ¿Por qué la gente de aquí se volvió violenta?
Hubo un tiempo que en las comarcas cercanas se dieron pleitos por la posesión de tierras, familias enteras se enemistaron, y en vendettas se fueron matando ellas mismas, se acabaron, y los que no querían morir se fueron a vivir a otra parte. Cuando el Frente Sandinista triunfó acabaron esas venganzas y también descansamos de los maleantes.
Dicen que el fantasma del coronel Arrechavala vino una vez a Santa Rosa, y un amigo mío lo confirmó, dice que él estaba dormido cuidando la fábrica cuando escuchó el “pen, pen, pen” de los pasos del caballo y el sonido de espuelas cuando, a pie, Arrechavala iba sobre el camino… dijo que el ruido entró hasta Santa Rosa. Eso fue hace poco, lo más seis meses, pero el ruido de cascos que se oía era como del galope de un caballo renco o de tres patas. Eso me hace suponer que todavía circulan los espantos en este bendito pueblo.
«FUEGO DE SAN ANTONIO»
Don Arcelio tiene tres hijas. “Pero por ellas no han venido los duendes, tal vez es que me tienen miedo”, dijo
Tiene 78 años. Dice que de no ser porque padece de una enfermedad llamada “Fuego de San Antonio” sería sano “al cien por ciento”
“Me llevaron al Hospital de San José de León y el médico me curó la llaga, pero tengo que pasar pendiente para aplicarme las medicinas todos los días”
“La llaga me echa agua caliente, pero ahora ya no le pongo mente porque el médico me dijo que era cosa sicológica”.