Gedächtniskirche, un símbolo de Berlín, en el antiguo centro de Berlín Occidental, una zona de negocios. Hoy sólo se ven los restos de la Iglesia construida por el emperador Federico Guillermo, destruida durante la Segunda Guerra Mundial.

Una metrópoli florece en el corazón de Europa

* Berlín atrae artistas, intelectuales y científicos de todo el mundo, así como emigrantes en busca de un sueño. Pero son ellos quienes le dan ese aire irrepetible a esta ciudad, que, paradójicamente, es a la vez la capital de Alemania y quizás la menos alemana de todas las ciudades Alberto L. Alemán [email protected] SEGUNDA […]

  • * Berlín atrae artistas, intelectuales y científicos de todo el mundo, así como emigrantes en busca de un sueño. Pero son ellos quienes le dan ese aire irrepetible a esta ciudad, que, paradójicamente, es a la vez la capital de Alemania y quizás la menos alemana de todas las ciudades

Alberto L. Alemán [email protected]

SEGUNDA ENTREGA
BERLÍN.- Antonio Skármeta, embajador de Chile y uno de los escritores latinoamericanos más respetados, escribió sobre el comienzo de su largo exilio alemán allá por los años 70 que Berlín Occidental era vista por sus mismos habitantes como “una ciudad irreal con una consistencia náufraga, y que en el fondo sobrevivía porque algún general por cualquier motivo dilataba el momento de echársela al buche”.

Aunque Skármeta disiente con lo de “irreal”, el Berlín de entonces estaba divido en dos partes por un muro de concreto y era la ciudad-símbolo de la guerra fría. La parte oriental era la capital de la República Democrática Alemana (RDA), comunista, y el oeste era una especie de isla de la libertad política y del libre mercado, próspera y enérgica, pero rodeada por todos los flancos por el enemigo.

Berlín Occidental había nacido de la unión de los sectores de ocupación americano, británico y francés, surgidos tras la derrota del nazismo en mayo de 1945. El Este había sido la zona de ocupación soviética.

Hasta 1989, las diferencias del desarrollo de ambas partes eran notorias. Calles más limpias, lujosas tiendas y carros, y la afluencia propia de una gran urbe capitalista desarrollada se mostraba a los ojos, en contraste con un Berlín Oriental gris, más austero, sin modernos carros, de menos colores y lleno por doquier de “Trabis”, vehículos particulares emblemáticos de la RDA. No faltaban los IFAS y los Robur, que aún circulan en Nicaragua. Y, naturalmente, la propaganda partidista o estatal (lo mismo al fin y al cabo) que recordaba a los camaradas conciudadanos las consignas de la “única vía justa” del socialismo.

Además, estaba aquella sensación incómoda y pegajosa de que te vigilaban paso a paso. ¿Quién? No sé, pero vos sabías que ahí estaba aquel “Big Brother” (Gran Hermano), figura omnipresente en la sociedad totalitaria imaginada por el británico George Orwell en su novela “1984”, inspirada en gran medida en el sistema soviético.

Llegué a Berlín Oriental en agosto de 1989 por primera vez y permanecí tres semanas. Las pasé entre el trabajo y la diversión en un campamento juvenil al cual habían llevado a nosotros, un grupo de estudiantes becarios en los —entonces— países socialistas. Casi un mes antes, juntos a otros nicas, me había aventurado desde Polonia hasta Berlín Occidental, el oasis mítico vedado a los ciudadanos de los países del Este, para vender cartones de cigarrillos comprados a precio de “guate mojado” en las “diplotiendas” polacas (“pewexy”, era su nombre). Lo hacían casi todos los estudiantes latinos.

Con suerte podías vender un cartón de Marlboro rojo a unos 17 (¡al menos!) ó 20 marcos occidentales. Si llevabas al menos 20 cartones, te echabas una buena plata. Tomemos en cuenta que esa cantidad equivalía a tres de nuestros escuálidos estipendios mensuales, atacados sin misericordia por la inflación que carcomía entonces a la economía polaca.

Supongo que para la policía alemana-oriental el hecho de haber ido a “terreno enemigo” no pasó desapercibido. Y así viajase en un autobús, en el metro o en el “S-Bahn” (tren urbano que corre entre los edificios), o bien tomara una cerveza con salchichas en un bar, sentía que el Big Brother me vigilaba de cerca de algún modo.

Indudablemente había sus cosas buenas en esta RDA. La cerveza costaba centavos, algunos platos lo mismo, el pan era muy barato, en los comedores de las empresas se podía disfrutar de almuerzos generosos, y los pasajes del transporte urbano no llegaban a ser tan caros –-para mí— como al otro lado del muro, donde, rodeado, sobrevivía el capitalismo. La RDA era el país con uno de los más altos niveles de vida del bloque comunista, superando por mucho a la Unión Soviética misma.

Aquella semana que pasé en la parte occidental, me dejó la sensación de absoluta libertad, de que a nadie le importaba un comino lo que hacía, o cómo andaba por la calle, si mal vestido, o elegante. Era un extranjero más y punto. Ni siquiera había control policial tras el chequeo de los orientales en Friedrichstrasse, la última estación del “S-Bahn”.

UNA CIUDAD IRRECONOCIBLE

Regresé a Alemania en febrero de este año, trece años después. La urbe pujante y llena de modernidad que vi esta vez, poco tiene que ver con aquella ciudad presa de la silenciosa opresión de saberse expuesta a un aniquilamiento en cuestión de minutos.

La ciudad rebosa confianza, dinamismo, pujanza. Lo atestiguan el traslado de la sede del Gobierno Federal de Bonn a Berlín, el boom de la construcción, el levantamiento de la nueva Cancillería (oficina del Canciller, jefe de gobierno), del nuevo edificio del Parlamento al lado del Reichstag, o de ultramodernos centros (arquitectónicamente hablando) de oficinas y diversión en Postdamer Platz. Grandes monstruos como Sony, han establecido ahí sus cuarteles.

Con la unión de las dos partes, se ha hecho muy extensa, y esto a veces causa ligeros retrasos del tranvía o de los buses —a veces de hasta 12 minutos, un tiempo largo en Europa—, una sorpresa para aquéllos que piensan según estereotipos como el de la inquebrantable e inflexible puntualidad alemana.

Y una fantástica consecuencia de la reunificación es el enriquecimiento de la vida cultural: más teatros, más espectáculos, más conciertos, más diversidad. Cada día es posible ver en las escenas berlinesas espectáculos de cualquier parte del mundo, desde los más sencillos hasta los más refinados.

No es imposible poder optar el mismo día entre ir a un concierto de Destiny´s Child en el Olympia-Stadion, presenciar “Otello” en la Ópera Estatal en Unter den Linden o acudir a un pequeño teatro de Neukölln para ver danzas de Turquía u oír un concierto de “fado” portugués. ¿O mejor ir a ver “Monsoon Wedding”, la película de la India ganadora de la cinematográfica Mostra di Venezzia?

Artistas del mundo entero vienen a trabajar o residir aquí, atraídos por las posibilidades económicas de Alemania, su posición en el centro del continente, un costo de la vida bajo en términos europeos y el singular ambiente intelectual.

Tras asistir a cualquier espectáculo, siempre se podrá ir con los amigos a disfrutar de excelente cerveza, de una copa de vino o de platos de cualquier parte del mundo. En cualquier barrio de Berlín —ricos o modestos— abundan bares, restaurantes o discos de todo color, gusto y precio. Cada cual hallará algo para sí.

EMIGRANTES, LA VERDADERA FUERZA

En la ciudad vive ya casi medio millón de extranjeros. Se destacan los turcos, la mayoría. Son activos en el negocio de la gastronomía. Poseen restaurantes y numerosos “Imbiss”, o bares de comida rápida, donde venden “dönner kebab”, “shaourmas”, “falafel” y otros platos o bocadillos turcos, árabes u orientales en general.

Infaltables son los chinos, los tailandeses y los hindúes, con sus pequeños sitios con magníficos platillos a precios bajos. Los rusos, croatas y españoles no se quedan atrás y también tienen sus sitios. Los locales latinos no son pocos, sobresalen los sitios mexicanos, brasileños y argentinos; curiosamente, muchos de ellos son propiedad de turcos ricos que aprovechan el interés en nuestra cultura.

Tan notorios como los restauranteros son los artistas. Destacan los músicos latinos y los africanos. Como una especie de islas, existen discos como “El Barrio” o “Mi Salsa”, para “bacanalear” a ritmo de merengue o salsas originales, o “Funana” con fogosos ritmos de África.

Un espectáculo colorido es el Carnaval de las Culturas, inspirado en un carnaval británico, que tiene lugar todos los meses de mayo de cada año. Desfilan por varias escenas que ocupan algunas calles berlinesas artistas de más de 150 países del mundo. Muchos de ellos residen permanentemente aquí.

Recorrer ciertas calles de barrios como Kreuzberg —mi favorito—, habitados en su mayoría por inmigrantes turcos, trae la sorpresa de descubrir algunas calles que, como Oranienstrasse o el área de la estación Schlesiches Tor más se parecen a Estambul, capital de Turquía, que a Berlín. Munich o Hamburgo. Tiendas de alimentos, agencias de viajes, bares de comida, cibercafés —a 2 euros (1.8 dólares) la hora de internet— y kioscos repletos con prensa en lengua turca editada en Berlín ¡a veces sin diarios alemanes!: todo propiedad de turcos. No faltan los hindúes, los chinos y muchos jóvenes alemanes, pero el dominio es de los primeros.

He aquí el secreto de la fuerza pujante de Berlín, una metrópoli que alberga sitios históricos inseparables de la historia de Alemania y en el cual hallan refugio miles de hombres y mujeres de todo el mundo, dando de sí lo mejor en esta tierra adoptiva que da oportunidades de vida digna, impensable en sus patrias.

LUCHA POR CEREBROS

El gobierno de Alemania es consciente de que la economía mundial avanza rápidamente y para mantenerse en la competencia, es indispensable poseer alta tecnología y expertos.

El Producto Interno Bruto (PIB), de 1,936 trillones de dólares, se compone en un 68.4 por ciento de servicios, un 30.4 por ciento de la industria y un 1.2 por ciento de la agricultura.

Aunque el país ya es un centro de pensamiento científico y tecnológico muy importante, el gobierno impulsó recientemente un proyecto de ley conocido como “Zuwanderung”. La aprobación de la ley no estuvo libre de disputas entre los partidos políticos en un año electoral.

La “Zuwanderung” es en la realidad una ley de inmigración selectiva, según analistas de la prensa nacional. Está dirigida a expertos en nuevas tecnologías y les permitirá emigrar legalmente a Alemania, traer a sus esposas e hijos no mayores de 13 años. Este último aspecto fue muy cuestionado en algunos círculos, por ser “muy duro”. El argumento a favor es que los adolescentes mayores de esa edad no serán ya capaces de integrarse plenamente a la sociedad alemana.

“¿SÍ, PERO NO?”

El voto por la ley en el Bundesrat, o Cámara Alta del Parlamento, trajo un polémico incidente. El voto decisivo le pertenecía al Estado de Brandeburgo. El gobernador de Brandeburgo, un socialdemócrata, dijo que sí, pero el ministro del Interior, un democristiano, no. Sin embargo, el presidente del Bundesrat, el socialdemócrata Klaus Wowereits, gobernador de Berlín, anunció que la ley había pasado.

El paso final es la firma del Presidente federal, Johannes Rau, quien aseguró que analizaría con detenimiento la ley, tomando en cuenta los intereses del país. La CDU (democristianos, opositores) dijo que apelarían en el Tribunal Constitucional contra una aprobación. Sostiene que esta iniciativa favorece más emigración en general.

En Berlín y en los alrededores existen ya centros de investigación privados y estatales, algunos asociados con las tres universidades berlinesas (Humboldt Universität, Freie Universität y la Technische Universität).

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