- Los menores de edad representan menos del uno por ciento de la población penal de la Cárcel Modelo. De 2,024 reos, 19 tienen entre 16 y 18 años, pero en la galería hay otros 60, que no sobrepasan los 22 años.
Amalia Morales [email protected]
En un trozo de plato, al que dio forma de corazón, lleva inscrito su nombre y alias: “Carlos, ‘El Lobo’”.
“El Lobo” tiene 16 años y llegó a la Cárcel Modelo hace nueve meses. Como es menor de edad, ante la ley, fue recluido en la galería siete, donde guardan prisión 19 muchachos entre los 16 y 18 años.
Aunque asegura que en la cárcel hay buen trato, la estadía ahí no es algo que “El Lobo” desee “ni a mi peor enemigo”, dice. “Lo que más extraño es mi libertad”, agrega.
“El Lobo” perdió la calle, donde se mantenía, por un robo, que dice, no cometió. “Me acusan de robar 39 sillas de una iglesia, pero no fui”, argumenta.
«LOS DONATELOS»
A pesar que lleva nueve meses tras barrotes, aún no hay condena para él. Tampoco la hay para otros nueve menores, que están ahí.
“Es duro estar aquí ‘donatelo’”, afirma. Explica que ‘donatelo’, significa donado, y los donados son los “que nadie viene a ver, y no tienen qué comer”.
La mamá de “El Lobo” no siempre llega a verlo. “Esto está escaso”, dice frotándose los dedos índice y pulgar. Se refiere al dinero. Y a modo didáctico explica que el billete allí adentro es el cigarro.
Adentro, otras cosas también son diferentes para “El Lobo”, quien antes de llegar a la Modelo era adicto al crack. “No me lo va a creer, pero yo me tiraba en dos días hasta una onza de crack”, dice.
De nuevo, con su espíritu didáctico, aclara que de una onza salen unas 300 piedras —como se comercializa el crack— y esa cantidad de droga son casi 3,000 córdobas.
No acepta que ese caro vicio se lo procurara robando. Dice que en los barrios donde vivía, conocía expendedores y cuando ellos caían, en operativos policiales, él agarraba el botín.
Y se defiende: “yo siempre he trabajado. Lo mío es la soldadura, la albañilería. Yo hago esferas de luces para discos”. Aprendió esos oficios de niño con su papá, un hombre que lo golpeaba y lo hincaba por horas sobre granos de maíz desde que tiene memoria, pero que ahora está a punto de morir de cirrosis.
Fueron los malos tratos, de su mamá y su papá, los que lo pusieron en la calle desde niño. Con ella está ahora reconciliado, y dice que la extraña mucho. “Es duro pasar aquí un 24, un 31 y un Día de las Madres”.
«AQUÍ CONOCÍ LA COCAÍNA»
“Yo tengo gusto aquí, después de las seis, cuando voy a mi culto”, dice “El Chele”, de 17 años, huésped también de la galería siete.
“El Chele” no era tan evangélico en la calle, como lo es ahora en la Modelo, según reconoce. “Mi suegra me llevaba y yo iba”, pero no diario, porque tenía que hacer su venta ambulante de cajeta.
A diario “vendía 400 cajetas y me hacía 200 córdobas”, dice. Pero igual, que en el caso anterior, según él, lo involucraron en un robo que no cometió. Cree que lo hundió el pasado de huelepega y ratero, que acumuló en los alrededores de la Universidad Centroamericana (UCA).
“Pero mi señora me hizo cambiar. Yo ya me retiré de la vagancia”, dice. Por otros delitos, en la Modelo, están presos dos hermanos mayores.
Admite que en la cárcel son bien tratados, sin embargo, está claro que dista mucho de ser un monasterio. “Aquí vine a conocer drogas que no conocía, como la cocaína”.
Además, hay bandas, no como en la calle, pero sí de tres y cuatro miembros, que se unen para lograr favores de los otros, como que les laven la ropa.
“He querido hablar con el abogado para saber cuándo voy a salir”. Confiesa que no está seguro de tener quién abogue por su inocencia. Su mamá, la que se encarga de eso, le ha dicho que “no le exija, y que él no viene, porque ella no tiene para pagarle lo que pide”.
Mientras espera tras las rejas, “El Chele” está dispuesto a seguir al margen de los inoportunos, a leer la Biblia y un libro de Historia de Nicaragua que le llevó su mamá.