- Los gobiernos de Corea del Sur y de Japón han invertido 4.500 millones de dólares
Carlos Arribas
MADRID.- El concepto es sencillo: el fútbol es espectáculo; el estadio debe ser un teatro y el césped el escenario. Entre los espectadores y los futbolistas se establece un formidable diálogo, y no sólo en forma de cacofonía de gritos, cánticos, insultos y jaleos. Y el espacio lo favorece: el espectador goza de visibilidad óptima, de comodidades sin fin. El propio estadio, el recinto, se convierte en espectáculo en sí mismo, en espectáculo arquitectónico, en exhibición tecnológica, que es uno de los objetivos de los organizadores: que la huella del Mundial se quede grabada y los campos de fútbol no se conviertan en ruinas abandonadas por el desuso, sino en referentes ante el mundo.
Serán estadios muy caros —sólo construir el Sapporo Dome, de 42,300 asientos, costó 330 millones de dólares— y no muy grandes, de entre 40,000 y 60,000 plazas, todas sentadas y todas, o casi, cubiertas.
Algunos estadios, incluso el de Niigata, llamado Gran Cisne, o el de Oita, Gran Ojo, ambos en Japón, pueden cubrir también el césped con una cubierta de teflón casi transparente: se podrá jugar a cubierto y con luz natural. En el de Sapporo, el terreno de juego entra y sale de una gran cúpula en forma de concha bajo la que se hallan las gradas. En los estadios de Corea del Sur se ha buscado construir cubiertas espectaculares y simbólicas.
Las del estadio de Seúl toman la forma de una cometa popular; las de Incheon están inspiradas en un Teu, una embarcación de pesca; el estadio de Daejeon, en el que España jugará contra Suráfrica el 12 de junio, simula el patio interior de las casas tradicionales surcoreanas y en sus entrañas también funcionan varios minicampos de golf cubiertos y un albergue de juventud.
El estadio de Jeonju, para el España-Paraguay del día 7, cuenta con cuatro cubiertas cóncavas, cada una sobre uno de los graderíos y suspendidas de 12 cables que simbolizan las 12 cuerdas del arpa de Gaya, un instrumento musical tradicional. Y el estadio de Gwangju (España-Eslovenia, 2 de junio) evoca las formas del monte Mudeung.
Aunque construidos especialmente para el Mundial, la mayoría de los estadios no están concebidos pensando sólo en fútbol. Algunos tienen pistas de atletismo escamoteables bajo las gradas; otros, como el de Sapporo, son principalmente campos de béisbol, deporte más popular en Japón que el fútbol.
Todos esconden hoteles, restaurantes y centros comerciales. En este sentido, destaca el de Seúl, de 64,677 asientos, el más grande de Asia entre los dedicados exclusivamente al fútbol.
Aparte de las habituales pantallas súper gigantes con la última tecnología de imagen, el edificio se propone como un atractivo turístico en sí —exhibe la fuente más alta del mundo, con un chorro que alcanza 210 metros— y también comercial y de ocio. En él se dan cita varios hipermercados, un multicine de diez salas, una sala de conciertos, piscinas cubiertas, gimnasio, campo de prácticas de golf…
El otro extremo, el punto contrario al exhibicionismo de Seúl, una ciudad de casi diez millones de habitantes, se puede encontrar en Japón, en la pequeña ciudad de Ibaraki, donde juegan los Kashima Antlers, club en el que actuó el brasileño Zico, que tiene una estatua en los alrededores. Allí, en un estadio de 42,000 asientos, el único que es sólo campo de fútbol, el mayor orgullo no es la arquitectura, sino la hierba.
AÉREO ESPACIALES
Se anuncian lluvias torrenciales en las islas de Japón y la península de Corea a partir del 15 de junio, pero que nadie tiemble: Todo está previsto: no se mojará nadie. Para ello, en un esfuerzo económico que dejará endeudados durante decenios a ciudades y gobiernos regionales, se han invertido 4.500 millones de dólares y construido 17 estadios y reformado otros tres. Y no de cualquier manera.