Rómulo Sánchez Leytón*[email protected]
BERLÍN.- El último libro de J. Stiglitz, Premio Nóbel de economía 2001, trata sobre la globalización, uno de los conceptos más utilizados y controversiales de los últimos años. Traducido como: “El malestar en la globalización”. Muestra la intrincada red económica mundial, el poder de las multinacionales, los bancos, los movimientos de capital, pero también la destrucción y el empobrecimiento de las economías del Sur.
La globalización es definida como el entrelazamiento de países y pueblos del mundo, a través de la reducción de los costos de transporte y comunicación, la superación de barreras artificiales, para el paso de las fronteras, de corrientes de bienes, servicios, capital, conocimiento y en grado reducido, el movimiento de personas. Fuerza motriz de este fenómeno, lo constituyen las transnacionales, quienes además movilizan tecnología.
Describe el rol de instituciones como el FMI, el BM y la OMC. Éstas maniobran de facto la mundialización y constituyen una especie de gobierno global. Existen otras, como la Organización de Naciones Unidas (ONU), la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la Organización Mundial de la Salud (OMS). Entre unas y otras, suceden divergencias, sobre todo, en la definición de los aspectos económicos de la globalización, así la OIT promueve condiciones dignas de trabajo a nivel mundial y la OMS se esfuerza por el mejoramiento de los suministros y la situación de la salud en el Tercer Mundo.
Es cuestionado de manera frontal el papel del FMI y se devela el fracaso, apadrinando los programas de ajustes estandarizados en muchos países en desarrollo. Algo aceptado es que las opiniones alternativas en el FMI, son tan extrañas, como altas temperaturas en Marte. Queda en evidencia, que no es suficiente dejar el destino de la economía mundial a los designios de las libres fuerzas del mercado, como ha sido la idea del Consenso de Washington y el FMI. El fundamentalismo de mercado es un manto encubridor, una máscara ideológica.
La fiebre privatizadora de los monopolios estatales, tiene sentido, cuando éstos la hacen más eficiente y si los consumidores se benefician de la reducción de precios. Eso no ha sucedido y la misma, se ha convertido en el peor atraco; donde han salido ganando, el contubernio entre el poder y los negocios oscuros. Se tomaron préstamos y crecieron las deudas nacionales. Las asimetrías del mercado han funcionado en beneficios de los grupos gangsteriles y monopolistas. Nicaragua es un ejemplo irrefutable.
La agenda del comercio mundial, es conducida desde el Norte. Si se analizan los términos de intercambio, se observará que los países en desarrollo subvencionan el consumo mundial. En Nicaragua se produce el azúcar a US$14 dólares el quintal y el mercado mundial lo paga a US$ 6. Mientras los nicaragüenses desembolsan en el mercado interno, US$ 25 dólares por quintal. La época en que se recuperaba más de los costos de producción, feneció. La brecha entre los costos de producción y el precio de mercado, ha hecho colapsar el modelo agroexportador.
Testigos incuestionables del fracaso de las fórmulas del FMI, lo constituyen países de Europa Oriental, Rusia. Se desregularon los mercados y las consecuencias fueron las crisis en Asia y sus repercusiones en otros países. Tailandia e Indonesia se encuentran todavía en una seria crisis. América Latina no fue la excepción, México y Brasil fueron impactados y Argentina sufre las consecuencias de la profunda crisis y se hunde cada día más. El otrora “modelo de lujo”, es el mejor ejemplo de los miserables resultados del dogma neoliberal, aumentado por gobiernos ineptos y la corrupción de la clase política.
Se juró que si los países liquidaran el sistema económico ineficiente, vendría la prosperidad. Llegó el mercado, pero huérfano de bienestar. A pesar de las promesas en los años noventa -señala Stilglitz- de reducir la indigencia, “se elevó el número de personas que viven en la pobreza en unos 100 millones. En el mismo período se incrementó la renta mundial, en promedio un 2.5 por ciento anual”. Mientras tanto más países cada día se hunden en la pobreza.
Se promueve un marco regulador y no la ciega desregulación del mercado. En la solución de problemas como la desigualdad, el desempleo, la contaminación ambiental; tiene el Estado un importante rol que jugar. Tampoco debe entenderse de manera ingenua, que el Estado soluciona todas deficiencias del mercado.
La divisa se convierte en “libre comercio es bueno, pero las importaciones son malas”. Cuando la era de Reagan terminó, 25 por ciento de la economía estaba celosamente protegida de las importaciones. Recientemente se aceptó en Estados Unidos, un programa gigantesco de subvenciones a la miel, la soya y el maíz. Para apoyar sus exportaciones, los productores recibirán entre 80 y 190 mil millones de dólares en los próximos diez años. Todos elogian el mercado libre, a excepción de la rama en que se está. Se rechazan las subvenciones, excepto cuando se retiran las que te benefician. No siempre “lo que es bueno para el ganso, es bueno para la gansa”.
Los tratados de libre comercio inundan de productos alimenticios originarios de las metrópolis, con precios devastadores. Nicaragua exporta fuerza de trabajo, pero estamos importando hasta el “gallo pinto”. La producción con semillas híbridas esteriliza la reproducción de granos básicos (la interrumpe) y nos sume en la dependencia de las provenientes de Estados Unidos y otros países que tienen las patentes de este tipo. Pronto estarán exportándonos frijol rojo made in USA, allá producen 32 quintales por manzana, en Nicaragua apenas 10. Similar es el caso de otros productos. Competir en esos términos, es más que ridículo; un disparate.
La mundialización puede y debe ser conducida de otra forma, si no se pone en peligro la misma civilización humana.
Los beneficios del desarrollo, deben distribuirse de una mejor manera y proporcionar más y mejores chances a los países en desarrollo. Debe propiciar una real integración de las economías, fortalecer la interdependencia y no la dependencia de las más débiles. La globalización no es mala per-se, no se pueden negar los beneficios, se puede lograr, que sus brillos, sus inmensos potenciales, iluminen más a nuestros países y que el área de las sombras y sus perversos efectos disminuyan.
Stiglitz es uno de los académicos más temidos, por los círculos políticos y económicos, que propagan el Consenso de Washington. A inicios de los 90 asesoró a Clinton y a finales de la misma década, jefe de los economistas del BM. Ni uno, ni el otro, darían empleo a un anticapitalista. Su experiencia “desde las entrañas” le hacen hablar con autoridad. Los defensores a ultranza de la mundialización, no pueden argumentar la trivialidad, que Stiglitz haya sido sometido a un lavado de cerebro.
El autor es Doctor en Economía.