- Una violencia sangrienta y una oleada imparable de terrorismo son el contexto de las elecciones presidenciales del domingo
Eduardo Marenco (*) [email protected]
PRIMERA DE DOS ENTREGAS
BOGOTÁ.- En ocasiones toca verlos al salir del campus de la Pontificia Universidad Javeriana, en la acera de la carrera séptima con calle 46, uno en cada esquina empuñando la ametralladora M-16, con la culata apoyada sobre la cintura y la boca del fusil apuntando hacia el encapotado y gris cielo andino.
Visten de uniforme verde olivo, casco, guantes y botas blancas, siempre firmes y permanecen atentos a los ejecutivos encorbatados que caminan apresurados y a los vendedores de cigarrillos y chocolatinas que no arengan a nadie. Durante varias horas vigilan la avenida, aturdidos por el chirrido de los cambios de velocidad de las busetas y abrumados por la colmena de universitarios, desplazándose en el andén.
Están alertas pero sin mirar a nadie. Aparecen el día menos esperado, a primera hora de la mañana o cuando anochece. Recorriendo la ciudad en un autobús se les puede ver sobre la avenida de la carrera séptima, vigilantes del fragor de la urbe o al norte de Bogotá, reflejados en las vitrinas de las tiendas de lujo.
Cuando se les encuentra de frente a cuatro de ellos caminando en la acera, con la M-16 en alto, hay que apartarse pues tienen por orden no permitir que nadie intente pasar entre ellos, pues podría ser un “hombre-bomba”.
La presencia de efectivos de la Policía Militar en las calles de Bogotá impresiona a primera vista y es el recordatorio periódico de que el país está en guerra.
Aunque Bogotá no está militarizada ni la guerra se libra en esta ciudad, ni mucho menos, la Policía Militar es desplazada en ocasiones como elemento de persuasión frente a posibles atentados terroristas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP), pues el “Mono Jojoy”, miembro de su secretariado, amenazó con llevar la guerra a las ciudades.
Y vaya que han intentado cumplir con su advertencia. En las últimas semanas, varios petardos estallaron en el viejo centro de Bogotá, un coche bomba fue desactivado en las cercanías del diario El Tiempo y varios atentados a los autobuses de “Transmilenio” —el principal sistema de transporte de la ciudad— fueron frustrados oportunamente.
TERRORISMO AFECTA ESCENARIO ELECTORAL
Durante los últimos siete días, una ola de terror se ha desplazado sobre las principales ciudades de Colombia.
Un carro-bomba que estalló en el departamento de Antioquia interrumpió el servicio de Internet en todo el país el lunes pasado. Al día siguiente cuatro barrios pobres de Medellín se convirtieron en zonas de combates durante ocho horas con un saldo de nueve muertos incluyendo dos niñas; y el miércoles último, un artefacto explosivo estalló en pleno centro de Cali en las cercanías de la Plaza Caicedo.
Pero lo que horrorizó a la opinión pública fue la reciente masacre de 119 personas, quienes no salvaron su vida pese a refugiarse en la casa de Dios, en el remoto pueblo de Bojayá, departamento del Chocó, costa del pacífico colombiano.
La inseguridad ha recluido a la mayoría de colombianos dentro de las grandes y pequeñas ciudades. “Ya no se puede viajar con tranquilidad, estamos secuestrados por estos bandidos”, me dijo un transportista del Ibagué, Tolima, ciudad ubicada a varias horas al suroccidente de Colombia, un país diez veces más grande que Nicaragua en extensión territorial y dos veces más que América Central.
Sin embargo, cada cual puede viajar por tierra bajo su propio riesgo.
CIFRAS MACABRAS
La violencia está desangrando a Colombia. El año pasado murieron 3,685 hombres, mujeres y niños civiles a causa del conflicto armado. Según la revista Semana, en el mismo 2001 fueron desplazados a la fuerza 190,454 campesinos, asesinados 160 sindicalistas, “acallados a bala” 10 periodistas, secuestradas 3,041 personas y desaparecidas 259.
(*) Periodista de LA PRENSA y estudiante de la Maestría de Estudios Latinoamericanos de la Pontificia Universidad Javeriana, en Bogotá, Colombia.